domingo, 10 de junio de 2018

La fórmula preferida del profesor


Vaya, vaya. Parece que aquí debajo hay un corazón bastante inteligente —había dicho el profesor mientras le acariciaba la cabeza sin preocuparse de que se le despeinara.

Sin embargo, por mucho que enumere estas cosas y otras más, no guardan proporción alguna con la intensidad de las horas que pasamos con él.

Tenía una concepción original sobre el «error correcto», de manera que era capaz de darnos de nuevo confianza precisamente cuando más apurados nos veíamos, sin poder encontrar la solución correcta.

Los números eran la mano derecha que tendía para estrechar la del prójimo y, al mismo tiempo, un abrigo para resguardarse de sí mismo. Un abrigo tan pesado que nadie conseguía que se lo quitara, tan recio que no permitía distinguir el contorno de su cuerpo, aunque se deslizara una mano por encima. Pero por el mero hecho de llevarlo puesto lograba proteger su propio espacio.

Aquella hojita era el comprobante de que había interrumpido su tiempo más preciado para pensar en mí.
Es igual de difícil expresar la belleza de las matemáticas que explicar por qué las estrellas son hermosas.

La suma de los divisores del 220 es igual a 284. Y la de los divisores de 284, igual a 220. Son números amigos. Son una combinación muy infrecuente, sabes. Fermat o Descartes sólo lograron descubrir un par, cada uno de ellos. Estos dos números están unidos por la gracia de un vínculo divino. ¿No te parece hermoso? ¡Que la fecha de tu cumpleaños y el número grabado en mi reloj de pulsera estén unidos por un lazo tan maravilloso!

Mi madre murió de una hemorragia cerebral, justo cuando la incomprensión mutua se estaba desvaneciendo y yo empezaba a sentirme respaldada con esa abuela cercana. Por ello me sentí tan feliz, más que el propio Root, cuando lo vi abrazado por el profesor.

Mi cumpleaños y el reloj del profesor se habían encontrado tras un gran esfuerzo en la inmensidad del mundo de los números; ambos cuidaban de su relación amistosa, apoyándose por completo el uno en el otro.

El único tema del que podíamos hablar sin ningún problema era las matemáticas

El sabía enseñar. Sus suspiros de admiración ante una fórmula, sus palabras alabando su belleza, el brillo de sus pupilas, eran muy significativos.

Dado que él olvidaba cuanto me había dicho, yo tenía la gran ventaja de poder hacerle la misma pregunta cuantas veces quisiera, sin reserva alguna. Mientras a un alumno normal le basta con una sola vez, yo, para comprender perfectamente algo, necesitaba cinco o diez explicaciones.

Aquellos brazos tenían toda la ternura necesaria para proteger al ser débil que estaba ante él. Me sentí feliz de ver a mi hijo abrazado por alguien de aquella manera.

Un niño debe estar ya en la cama a las ocho. Los adultos no tenemos ningún derecho a quitarle horas de sueño. Desde la aparición del ser humano, las criaturas siempre han crecido mientras dormían.

Así fue cómo un antiguo matemático, en los umbrales de la vejez, una asistenta y madre soltera que no llegaba todavía a los treinta y un muchachito de escuela primaria pudimos disfrutar de la cena sin sentirnos incómodos por el silencio. Y todo gracias al profesor.

Aunque a ambas nos unía el hecho de ser madres solteras, o precisamente por eso, no hubo modo de apaciguar el enfado de mi madre. Era una indignación transida por gritos de dolor y de pena. Su emoción era tan violenta que yo era prácticamente incapaz de saber cómo me sentía realmente. Pasada la vigésimo segunda semana de embarazo, me marché de casa. A partir de entonces, perdí todo contacto con ella.

Ahora estás en la época de acumular energía y, cuando explote, crecerás de golpe. Muy pronto podrás escuchar el sonido de los huesos que se estiran.

Mi madre sólo me hablaba de mi padre para decirme que era un hombre apuesto. Nunca me habló mal de él. Por lo visto era un hombre de negocios que tenía un restaurante, pero ella me escamoteaba la información concreta, y se limitaba a repetirme cosas agradables sobre su persona: que era alto y guapo, hablaba muy bien inglés, conocía a fondo la ópera, era un hombre orgulloso pero a la vez modesto, y su sonrisa cautivaba a cualquiera que se encontrara con él…
Los que inventan el problema conocen la solución. Resolver un problema del que tenemos garantía de que existe solución, es como ir de excursión por el monte, con un guía, hacia una cumbre que ya avistamos. La verdad última de las matemáticas está escondida al final del camino, entre los arbustos, sin que nadie sepa dónde. Además, ese lugar no tiene por qué ser la cima. Puede estar entre las rocas de un despeñadero o en el fondo de un valle.

Todos los problemas tienen un ritmo, ves. Es igual que la música. Si consigues encontrar el ritmo al enunciarlo, leyendo en voz alta, descubres la totalidad del problema e incluso puedes adivinar las partes sospechosas en las que puede haber una trampa escondida.

Sobre todo, tenía ganas de estar al lado de Root cuando alguien era amable con él.

Curioso maestro que se enfada, encima de que tenemos tanto cuidado en no equivocarnos, ¿verdad?
Cuando un niño llega a casa, la madre tiene que estar presente para salir a recibirlo. Venga, démonos prisa. No hay nada más maravilloso que escuchar a un niño decir «¡Ya estoy en casa!».

Los pétalos del cerezo cayeron trazando círculos en el aire, añadiendo nuevos dibujos al secreto del universo.
La tranquilidad que buscaba el profesor existía dentro del corazón, adonde no llega el sonido del mundo exterior.

Lo que más aborrecía el profesor en este mundo era el gentío. Por eso no quería salir de casa. Los lugares donde se aglomera la gente, estaciones de trenes, grandes almacenes, cines, centros comerciales, le resultaban difíciles de soportar. El hecho de que diversos tipos de personas se unan por pura casualidad y se arremolinen rebullendo sin ningún orden, y, por otro lado, la belleza que requiere el sentido matemático, eran dos universos totalmente opuestos.

No era alegría ni libertad, sino calma lo que sentía al conseguir la solución correcta. Era la calma propia del que tiene la certeza que cada cosa está en su lugar, sin tener que añadir ni quitar una sola coma, y que las cosas van a quedarse así eternamente, como siempre había sido. Al profesor le encantaba aquello.

Esta vez, sin embargo, las lágrimas eran diferentes a las que yo conocía. Por mucho que le tendiera la mano, esta vez se derramaban en un sitio en donde yo no podía secarlas.

El dinero podía recuperarse después, y en cambio probablemente no habría muchas oportunidades para que un anciano y un niño disfrutaran juntos de un partido de béisbol.

Algunas de aquellas sencillas escenas que compartimos los tres no sólo no se han decolorado con el tiempo, sino que han ido emergiendo con más viveza y han reconfortado nuestros sentimientos.

Dios existe. Porque la matemática no tiene contradicción. Y el diablo también existe. Porque no es posible demostrarlo».
Necesitaba sentir que, en verdad, había un mundo invisible que sostenía al mundo visible. Una línea recta que se abriera paso con solemnidad entre las tinieblas, exenta de anchura y superficie, que se extendiera sin límite hasta el infinito. Esa línea recta me sumía en un sentimiento casi imperceptible de paz.

Eran platos poco originales pero apetitosos. Eran platos que podían aportar su dosis de felicidad al final de una jornada

El cumpleaños nos visita a todos una vez al año.

No había ningún contacto físico en ninguna parte, y sin embargo, daba la sensación de que entre ellos existía algún afecto.

El hecho de poder sentir el aliento de los otros muy cerca, y presenciar el proceso de ir acabando poco a poco las modestas tareas, nos aportó una alegría inesperada.

La conducta del profesor me hizo pensar nuevamente lo importante que había sido el día que nació Root.

Carta a una desconocida


Desde que sentí esa tierna y suave mirada, quedé a tu merced.

Creí que esa ternura sólo era para mí, para mí sola.

No hay nada más terrible que estar sola cuando estás rodeada de gente.

Todas las vías de desprecio, de frialdad, de indiferencia, todas me las había representado

No me reconociste, ni entonces ni en ningún otro momento, nunca me has reconocido. ¿Cómo te puedo describir, querido, la decepción

La expectativa era paralizante.

Porque a ti, ciertamente, sólo te gustan las cosas fáciles, juguetonas, nada pesadas, tienes miedo de inmiscuirte en un destino ajeno.

Pero tu bondad es peculiar, está abierta a cualquiera para darle todo lo que le quepa en las manos, tu bondad es grande, infinitamente grande, pero es —discúlpame— indolente.

Ayudas cuando te llaman, ayudas por vergüenza, por debilidad, no por placer. Déjame que te lo diga sinceramente: te gusta más un compañero en la fortuna que un pobre necesitado. Y a las personas que son como tú, aunque sean muy buenas, cuesta pedirles cualquier favor.

Nunca he conocido a ningún hombre que se entregue en esos momentos con tanta ternura, que ofrezca su profunda intimidad con tanto altruismo y que después lo diluya todo en un olvido infinito, casi inhumano.

Entonces su mirada se posó en el jarrón azul que tenía ante él, encima del escritorio. Estaba vacío, por primera vez desde hacía años estaba vacío en el día de su cumpleaños, y se asustó: fue como si, de repente, se hubiese abierto una puerta invisible y un golpe de aire frío hubiera penetrado desde el más allá en su tranquila habitación. Sintió a la muerte y sintió un amor inmortal: algo le atravesó el alma y pensó en aquella mujer invisible, etérea y apasionada como el recuerdo de una lejana melodía.

miércoles, 6 de junio de 2018

De la Brevedad de la vida


Solo el sabio es el único capaz de disfrutar íntegramente de la vida.

La mayor pérdida de vida es la dilación: elimina el día actual, escamotea el presente mientras promete lo por venir. El obstáculo mayor para vivir es la espera, que depende del día de mañana, desperdicia el de hoy. Dispones de lo que está puesto en manos de la suerte, desechas lo que está en las tuyas. ¿Adónde miras? ¿Adónde te alargas? Todo lo que ha de venir está en entredicho: vive al día. Así clama el mayor de los vates y, como inspirado por una boca divina, canta un canto saludable: Todos los días mejores de vida a los míseros hombres huyen primero.

No tenemos escaso tiempo, sino que perdemos mucho. Nuestra vida es suficientemente larga y se nos ha dado en abundancia para la realización de las más altas empresas, si se invierte bien toda entera; pero en cuanto se disipa a través del lujo y la apatía, en cuanto no se dedica a nada bueno.

Reclama nuestro último trance nos percatamos de que ya ha transcurrido la vida que no comprendimos que corría. Así es: no recibimos una vida corta, sino que nos la hacemos, y no somos indigentes de ella, sino dilapidadores. 

Salvo muy pocos, a los demás la vida les deja plantados en los propios preparativos de su vida.

Nuestra vida resulta muy extensa para quien se la organiza bien.

Cien o más años te agobian: venga pues, llama a tu vida para echar cuentas. Saca cuánto de ese tiempo se ha llevado tu acreedor, cuánto tu amiga, cuánto tu rey, cuánto tu cliente, cuánto las peleas con tu esposa, cuánto las reprimendas a tus esclavos, cuánto tus oficiosas caminatas por la ciudad; añade las enfermedades que cogemos por culpa nuestra, añade también el tiempo que ha pasado sin provecho: verás que tienes menos años de los que calculas. Haz memoria de cuándo te has mostrado firme contigo mismo en tus propósitos, de cuántos de tus días han terminado como tú habías previsto, de cuándo has tenido provecho de ti mismo, cuándo una expresión natural, cuándo un espíritu intrépido, qué obras tuyas quedan hechas en tan largo tiempo, cuántos te han robado la vida sin que tú te percataras de lo que perdías, cuánto se han llevado el dolor inútil, la alegría necia, la codicia ansiosa, la conversación huera, qué poco te han dejado de lo tuyo: comprenderás 4que mueres prematuramente».

Todo lo teméis como mortales, todo lo queréis como inmortales.

Deplora el tiempo pasado y se queja del presente y desconfía del futuro.

Verás cómo no los dejan respirar, ya sean sus males, ya sean sus bienes.

Un hombre obsesionado no puede ejercer ningún oficio, ni la elocuencia ni las profesiones liberales, ya que su espíritu distraído no deja recalar.

A vivir hay que aprender durante toda la vida y, cosa que quizá te extrañe más, durante toda la vida hay que aprender a morir. Tantos grandísimos hombres, abandonando toda impedimenta, una vez que habían renunciado a las riquezas, a los cargos, a los placeres, hasta sus últimos instantes sólo hicieron esto: ir sabiendo vivir; los más de ellos, sin embargo, se marcharon de la vida tras reconocer que aún no sabían: cuánto menos sabrán ésos.

Es propio del hombre eminente y que está por encima de los extravíos humanos no dejar que le quiten nada de su tiempo, y su vida resulta larguísima precisamente porque todo cuanto se ha prolongado ha quedado enteramente libre para él.

Todo el mundo acelera su vida y se esfuerza por su ansia del futuro, por su hastío del presente.

Resulta tolerable la pérdida de algo cuya merma es invisible. Nadie te restituirá tus años, nadie te devolverá de nuevo a ti mismo. La vida irá por donde empezó y no invertirá ni detendrá su marcha; en absoluto hará alboroto, en absoluto nos advertirá de su velocidad: se deslizará queda. No por mandato de un rey ni por favoritismo a un pueblo se prolongará: tal como desde el primer día se puso en marcha correrá, jamás se desviará, jamás se entretendrá. ¿Qué va a pasar? Que tú estás distraído, la vida se apresura; entre tanto, se presentará la muerte, para la que, quieras o no quieras, hay que tener tiempo.

La vida de los atareados es la más corta.

Contra la fugacidad del tiempo hay que competir con la celeridad en emplearlo, y hay que 3sorberlo como de un torrente rápido y que no va a correr siempre.

Todo lo que nos toca por casualidad es inestable y cuanto más alto se remonta, más expuesto está a la caída.

En tres etapas se divide la vida: la que ha sido, la que es, la que va a ser. De ellas, la que estamos pasando es breve, la que vamos a pasar, incierta, la que hemos pasado, segura.

Para mucha gente la causa de su muerte ha sido enterarse de su enfermedad.

miércoles, 30 de mayo de 2018

El ardor de la sangre


No conozco casa más agradable y acogedora, hogar más íntimo, cálido y alegre que el suyo.

Para mí no hay nada comparable a una noche como ésta: la soledad es absoluta; mi criada, que vive en el pueblo, acaba de encerrar las gallinas y se va. Oigo el ruido de sus zuecos en el camino. Me quedo con mi pipa, mi perro entre los pies, el rumor de los ratones en el granero, el crepitar del fuego, y sin periódicos ni libros: sólo una botella de Juliénas que se calienta despacio junto al morillo.

Tiene lo que yo más apreciaba en las mujeres cuando era joven: fuego.

Cuando eres joven, eres tan impaciente… Cada día que pasa y que has perdido para el amor es una tragedia.

Ahora. ¡Y qué hermosas locuras, las del amor! Además, casi siempre se pagan tan caras que no hay que juzgarlas con mezquindad, ni en uno mismo ni en los demás. Sí, siempre se pagan, y a veces las más pequeñas al precio de las grandes. Da igual que te cuelguen por un borrego que por un cordero, como dice el proverbio. Desde luego, era una locura recibir a un hombre bajo el techo conyugal, pero, por otro lado, ¡qué placer, esa noche, en brazos del amante, mientras el río corre y el miedo a que te sorprendan te acelera el corazón! ¿A quién esperaría?

Nada me satisfacía. Creía estar buscando fortuna; en realidad, me empujaba el ardor de mi joven sangre. Pero, como ahora su fuego se ha extinguido, ya no me entiendo. Pienso que he hecho mucho camino inútil para volver al punto de partida. Lo único de lo que estoy contento es de no haberme casado; pero no debería haber corrido tanto mundo.

Todo lo que contenía ese instante…

Si supiéramos lo que recogeremos por adelantado, ¿quién sembraría su campo?

La vida, que parece encogerse para ofrecer al exterior la menor superficie posible, y las largas horas pasadas frente al fuego, sin hacer nada, sin leer, sin beber, sin siquiera

No sé si el ser humano construye su vida, pero lo cierto es que la vida que ha vivido acaba transformándolo; una existencia tranquila y hermosa da a un rostro una especie de suavidad, de dignidad, un tono cálido y suave que es casi una pátina, como la de un retrato. Pero la suavidad y la serenidad de aquellas facciones, se ha borrado de repente, y lo que se ve debajo es un alma triste y angustiada. Pobrecillos… Hay un momento de perfección en que todas las promesas maduran.

El final del verano, pero no tarda en dejar atrás; entonces empiezan las lluvias del otoño. Con las personas ocurre igual.

Sentir las miradas de los demás constituye un sufrimiento moral insoportable.

¿Quién no ha visto su vida extrañamente deformada y torcida por ese fuego en un sentido contrario a su naturaleza profunda?

La muerte ha nivelado las cosas.

La juventud sólo se ve a sí misma. ¿Qué somos para ella? Pálidas sombras.

La forma en que un hombre bebe en compañía no tiene ningún significado; pero cuando lo hace a solas revela, sin que él lo sepa, el fondo mismo de su alma. Hay un modo de hacer girar el vaso entre los dedos, una manera de inclinar la botella y mirar cómo cae el vino, de llevarse el vaso a los labios, de sobresaltarse y dejarlo bruscamente en la mesa cuando te llaman, de volver a cogerlo con una tosecilla afectada, de apurarlo cerrando los ojos, como si se bebiera olvido a tragos, que es la de un hombre intranquilo, agobiado por las preocupaciones o por un terrible problema.

En las cosas más insignificantes, podía reconocer una malevolencia asombrosamente activa, siempre alerta, calculada para hacerme la vida imposible y obligarme a marcharme lejos de aquí.

¿En qué hombre lo convertirás si lo educas en el temor? Mi pobre Colette, no podemos vivir en lugar de nuestros hijos, aunque a veces nos gustaría.

Cada cual debe vivir y sufrir por sí mismo.

El mejor favor que les podemos hacer es dejar que ignoren nuestra propia experiencia.

Yo me quedé mirándola mientras se alejaba atravesando el jardín, todavía grácil y hermosa pese a sus cabellos grises. Es asombroso que haya conservado hasta la edad madura ese paso leve y lleno de seguridad.

Sí, lleno de seguridad; el de una mujer que nunca se ha extraviado por el mal camino, que nunca ha corrido jadeante a una cita, que nunca se ha detenido, agobiada bajo el peso de un secreto culpable…

Pero ¿cómo es posible que no lo entienda? Usted, que sabe cómo ha sido su vida, lo maravillosamente que se entienden, la idea tan elevada que tienen del amor conyugal, ¿cómo quiere que yo, su hija, les confiese que engañé a mi marido de un modo innoble, que recibía a otro hombre en mi casa cuando él no estaba y, por si fuera poco, que mi amante lo mató? Para ellos sería un golpe terrible. ¿No tengo ya bastante con una desgracia sobre la conciencia? 

A mi edad, la sangre se ha apagado; lo que se siente es frío.

Cerraré la verja. Echaré el cerrojo a las puertas. Le daré cuerda al reloj. Cogeré las cartas y haré un par de solitarios. Tomaré un vaso de vino. No pensaré en nada. Me acostaré. Dormiré poco. Soñaré despierto. Volveré a ver cosas y gente de otros tiempos. Y tú regresarás a casa, te desesperarás, llorarás, le pedirás perdón a la foto del pobre Jean, lamentarás el pasado, temblarás por el futuro… No sé quién de los dos pasará mejor noche.

Todo mi pasado volvía a la vida. Tenía la sensación de haber dormido veinte años y haber despertado para reanudar la lectura en el punto que la había dejado. Sin darme cuenta, llegué al banco que hay bajo la ventana del despacho, desde donde podía oír todo lo que decían. Durante mucho rato no oí nada. Luego, él la llamó:

¡Miente! A la verdadera mujer encerrada en ella, la mujer ardiente, alegre, atrevida, ávida de placer, fui yo quien la conoció, ¡yo, sólo yo!

Las personas mienten, pero las flores, los libros, los retratos, las lámparas, la suave pátina que el uso deposita en todos los objetos, son más sinceros que los rostros.

François dejó que me fuera sin responder a mi adiós. No se había movido; de pronto parecía muy viejo, y esa especie de fragilidad que tienen sus facciones se había hecho aún más acusada; parecía un hombre herido de muerte.

Acto seguido me reí de mi propia emoción. En definitiva, ¿cuál es la cuestión? ¿Quién conoce a la verdadera mujer? ¿El amante o el marido? ¿Son realmente tan distintas la una de la otra? ¿O están tan sutilmente mezcladas que resultan inseparables? ¿Están hechas de dos sustancias que una vez combinadas forman una tercera que ya no se parece a las otras dos? Lo que sería tanto como decir que a la verdadera mujer no la conocen ni el marido ni el amante. Sin embargo, se trata de la mujer más sencilla del mundo. Pero he vivido lo bastante para saber que no hay corazón sencillo.

El recuerdo de los años pasados nos visitaría más a menudo si nos volviéramos hacia él, hacia su suprema dulzura. Pero dejamos que duerma en nosotros y, aún peor, que muera, que se corrompa; de tal modo que a los generosos impulsos del alma que nos elevan a los veinte años, más tarde los llamamos ingenuidad, estupidez… Nuestros puros y apasionados amores adquieren la degradante apariencia de los placeres más viles. Lo que esa noche se reencontraba con el pasado no era sólo mi memoria, sino también mi corazón. Reconocía esa rabia, esa impaciencia, ese desesperado apetito de felicidad. Sin embargo, quien me esperaba no era una mujer viva, sino una sombra, hecha de la misma materia que mis sueños. Un recuerdo. No algo palpable, caliente.

¡Vuelve, juventud mía, vuelve! Habla por mi boca. Dile a esa Hélène tan sensata, tan virtuosa, que miente. Dile que su amante no está muerto, que se ha dado demasiada prisa en enterrarme, que estoy bien vivo, que me acuerdo de todo.

Lo mismo ocurre con el amor. Le haces un gesto, le trazas un camino. Llega la ola, tan distinta de lo que imaginabas, tan salada y tan fría, y estalla contra tu corazón.

La carne se conforma con poco. Pero el corazón es insaciable; el corazón necesita amar, desesperarse, arder en cualquier fuego… Eso era lo que queríamos. Arder, consumirnos, devorar nuestros días como el fuego devora los bosques.


lunes, 28 de mayo de 2018

El Arbol


«No voy a luchar más, es inútil. Déjenla. Si no quiere estudiar, que no estudie. Si le gusta pasarse en la cocina, oyendo cuentos de ánimas, allá ella. Si le gustan las muñecas a los dieciséis años, que juegue». Y Brígida había conservado sus muñecas y permanecido totalmente ignorante.

Por eso se había casado con él. Porque al lado de aquel hombre solemne y taciturno no se sentía culpable de ser tal cual era: tonta, juguetona y perezosa. Sí, ahora que han pasado tantos años comprende que no se había casado con Luis por amor; sin embargo, no atina a comprender por qué, por qué se marchó ella un día, de pronto…

Trataba de vivir bajo su aliento, como una planta encerrada y sedienta que alarga sus ramas en busca de un clima propicio.

Soy un hombre muy ocupado. Se llega a mi edad hecho un esclavo de mil compromisos.

Caían páginas luminosas y enceguecedoras como espadas de oro, y páginas de una humedad malsana como el aliento de los pantanos; caían páginas de furiosa y breve tormenta, y páginas de viento caluroso, del viento que trae el «clavel del aire» y lo cuelga del inmenso gomero.

Brígida era la menor de seis niñas, todas diferentes de carácter. Cuando el padre llegaba por fin a su sexta hija, lo hacía tan perplejo y agotado por las cinco primeras que prefería simplificarse el día
declarándola retardada. "No voy a luchar más, es inútil. Déjenla. Si no quiere estudiar, que no estudie. Si le gusta pasarse en la cocina, oyendo cuentos de ánimas, allá ella. Si le gustan las muñecas a los dieciséis años, que juegue". Y Brígida había conservado sus muñecas y permanecido totalmente ignorante.

Él la alzaba y ella le rodeaba el cuello con los brazos, entre risas que eran como pequeños gorjeos y besos que le disparaba aturdidamente sobre los ojos, la frente y el pelo ya entonces canoso (¿es que nunca había sido joven?) como una lluvia desordenada. "Eres un collar —le decía Luis—. Eres como un collar de pájaros".

Sí, ahora que han pasado tantos años comprende  que no se había casado con Luis por amor; sin embargo, no atina a comprender por qué, por qué se marchó ella un día, de pronto...

—No tienes corazón, no tienes corazón —solía decirle a Luis. Latía tan adentro el corazón de su marido que no pudo oírlo sino rara vez y de modo inesperado—. Nunca estás conmigo cuando estás a mi lado — protestaba en la alcoba, cuando antes de dormirse él abría ritualmente
los periódicos de la tarde—. ¿Por qué te has casado conmigo?

Inconscientemente él se apartaba de ella para dormir, y ella inconscientemente, durante la noche entera, perseguía el hombro de su marido, buscaba su aliento, trataba de vivir bajo su aliento, como una planta encerrada y sedienta que alarga sus ramas en busca de un clima propicio.
—Estoy ocupado. No puedo acompañarte... Tengo mucho que hacer, no alcanzo a llegar para el almuerzo... Hola, sí estoy en el club. Un compromiso. Come y acuéstate... No. No sé. Más vale que no me esperes, Brígida.  —¡Si tuviera amigas! —suspiraba ella. Pero todo el mundo se aburría con ella. ¡Si tratara de ser un poco menos tonta! ¿Pero cómo
ganar de un tirón tanto terreno perdido? Para ser inteligente hay que empezar desde chica, ¿no es verdad?

Y de noche ¡qué cansado se acostaba siempre! Nunca la escuchaba del todo. Le sonreía, eso sí, le sonreía con una sonrisa que ella sabía maquinal. La colmaba de caricias de las que él estaba ausente. ¿Por qué se había casado con ella? Para continuar una costumbre, tal vez para estrechar la vieja relación de amistad con su padre.

Tal vez la vida consistía para los hombres en una serie de costumbres consentidas y continuas. Si alguna llegaba a quebrarse, probablemente se producía el desbarajuste, el fracaso. Y los hombres empezaban entonces a errar por las calles de la ciudad, a sentarse en los bancos de las plazas, cada día peor vestidos y con la barba más crecida. La vida de Luis, por lo tanto, consistía en llenar con una ocupación cada minuto del día. ¡Cómo no haberlo comprendido antes! Su padre tenía razón al declararla retardada.

En ella los impulsos se abatieron tan bruscamente como se habían precipitado. ¡A qué exaltarse inútilmente! Luis la quería con ternura y medida; si alguna vez llegara a odiarla, la odiaría con justicia y prudencia. Y eso era la vida. Se acercó a la ventana, apoyó la frente contra el vidrio glacial, Allí estaba el gomero recibiendo serenamente la lluvia que lo golpeaba, tranquilo y regular. El cuarto se inmovilizaba en la penumbra, ordenado y silencioso. Todo parecía detenerse, eterno y muy noble. Eso era la vida. Y había cierta grandeza en aceptarla así, mediocre, como algo definitivo, irremediable. Mientras del fondo de las cosas parecía brotar y subir una melodía de palabras graves y lentas que ella se quedó escuchando: "Siempre". "Nunca"...

Y noche a noche dormitaba junto a su marido, sufriendo por rachas. Pero cuando su dolor se condensaba hasta herirla como un puntazo, cuando la asediaba un deseo demasiado imperioso de despertar a Luis para pegarle o acariciarlo, se escurría de puntillas hacia el cuarto de vestir y abría la ventana.

Echada sobre el diván, ella esperaba pacientemente la hora de la cena, la llegada improbable de Luis. Había vuelto a hablarle, había vuelto a ser su mujer, sin entusiasmo y sin ira. Ya no lo quería. Pero ya no sufría. Por el contrario, se había apoderado de ella una inesperada sensación de plenitud, de placidez. Ya nadie ni nada podría herirla. Puede que la verdadera felicidad esté en la convicción de que se ha perdido irremediablemente la felicidad. Entonces empezamos a movernos por la vida sin esperanzas ni miedos, capaces de gozar por fin todos los pequeños goces, que son los más perdurables.  

Desnuda junto a un marido viejo que le volvía la espalda para dormir, que no le había dado hijos. No comprende cómo hasta entonces no había deseado tener hijos, cómo había llegado a conformarse a la idea de que iba a vivir sin hijos toda su vida.

No comprende cómo pudo soportar durante un año esa risa de Luis, esa risa demasiado jovial, esa risa postiza de hombre que se ha adiestrado en la risa porque es necesario reír en determinadas ocasiones. ¡Mentira! Eran mentiras su resignación y su serenidad; quería amor, sí, amor, y viajes y locuras, y amor, amor. . .


viernes, 11 de mayo de 2018

La Carne

La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir. Y el momento justo de la acción es tan confuso, tan resbaladizo y tan efímero que lo desperdicias mirando con aturdimiento alrededor.

Demasiada ira es como demasiado alcohol, produce una intoxicación que te hace perder lucidez y criterio.

Iba a cumplir sesenta años. Redondos y pesados como una sentencia.

A los triunfadores de clase media siempre les encantaban las niñas ricas.

Ser maldito es saber que tu discurso no puede tener eco, porque no hay oídos que lleguen a entenderte. En esto se parece a la locura —soltó de repente Soledad—. Ser maldito es no coincidir con tu tiempo, con tu clase, con tu entorno, con tu lengua, con la cultura a la que se supone que perteneces. Ser maldito es desear ser como los demás pero no poder. Y querer que te quieran pero sólo producir miedo o quizá risa. Ser maldito es no soportar la vida y sobre todo no soportarte a ti mismo.

La vejez y el deterioro se agazapaban de manera insidiosa y a menudo el interesado era el último en enterarse, como los cornudos del teatro clásico.

Te dabas cuenta de que esas nimiedades eran la tarjeta de visita del asesino, del silencioso criminal que te iba a ejecutar.

Como si algo chirriara levemente.

Poseía muchas cosas pero no le servían de nada, porque sus carencias pesaban mucho más.

Mientras el miedo engordaba dentro de ella

La vejez era cara.

¿Cuándo se cerró su destino de ese modo?

Con el tiempo había empezado a encenderse en su cabeza la locura del amor, del deseo de amor. Sin eso, sin esa llama iluminando los días, su vida le parecía vacía, tediosa e insensata.

Una de las cosas más ridículas que la edad conlleva es la cantidad de trucos, potingues y ortopedias con los que intentamos combatir el deterioro: el cuerpo se nos va llenando de alifafes y la vida, de complicaciones.

la existencia misma es un viaje, así que no hace falta tener que coger un coche o un avión ni trasladarse a otra ciudad para ser rehén de toda esa parafernalia protésica.

A cierta edad, plantearse hacer el amor con alguien exigía una planificación

A veces le había tenido bebiendo sus palabras

Si tan sólo fuera un poco menos cobarde y se atreviera a escribir un libro…

Según Freud, lo siniestro es la irrupción del horror en lo cotidiano.

Las coincidencias eran siempre inquietantes

Había tenido el tiempo y la oportunidad de ser madre

Conseguir integrarte en tu edad

Ella quería mucho más, quería cariño y cotidianidad y compañía y pareja,

Una incómoda distancia de extraños se había instalado entre ellos: como si, más allá del sexo, todo fuera un desierto.

Uno no debe plantear cuestiones cuya respuesta tema conocer.

Era como si, al perder la ilusión embellecedora de la pasión, quedara al descubierto la acongojante realidad. Las roñosas bambalinas tras el decorado.

Si ella hubiese sido menos ansiosa; si hubiera dejado que la relación creciera naturalmente, quizá habrían terminado haciéndose novios, casándose, teniendo hijos. Ah, esas otras infinitas vidas posibles que se abrían como la cola de un pavo real en torno a nuestra existencia, todas esas modificaciones de nuestro destino que podrían haber tenido lugar con tan sólo variar un pequeño detalle. De hecho, tal vez hubiera ocurrido así en otro mundo, tal ve

Uno de los espejismos más extendidos es el de pensar que nosotros no vamos a ser como los otros viejos, que nosotros seremos diferentes. Pero luego la edad siempre te atrapa y terminas igual de tembloroso, de inestable y babeante.

El tiempo tictaqueaba inexorable..



lunes, 7 de mayo de 2018

La Delicadeza


La Delicadeza
David Foenkinos

No podría reconciliarme con las cosas, ni aunque cada instante tuviera que arrancarse al tiempo para besarme. Ciorana

Le gustaba reír, y también leer. Dos ocupaciones que rara vez podía simultanear, pues prefería las historias tristes.

Había atravesado la adolescencia sin tropiezos, respetando los pasos de cebra. A los veinte años, el porvenir era para ella una promesa.

Una entrada en materia muy clásica, que a menudo determina el punto de partida de algo que, por lo general, con el tiempo deja de ser tan clásico.

Aunque sometido a la dictadura de la sensualidad, no dejaba de ser un hombre romántico, que pensaba que el mundo de las mujeres podía resumirse a una sola.

La literatura estaba allí, en ese momento, entre ellos.

Los tres libros preferidos de Nathalie: Bella del señor, de Albert Cohen,  El amante, de Marguerite Duras, La separación, de Dan Franck

Quizá haya una dictadura de lo concreto que contraría siempre las vocaciones.

Era de esa clase de hombres que abordan a una mujer una sola vez en la vida, y van y aciertan.

Con François, el tiempo transcurría a velocidad de vértigo. Era como si tuviera la capacidad de saltarse días, de crear extrañas semanas sin jueves. Acababan de conocerse y ya estaban celebrando su segundo aniversario de noviazgo. Dos años sin el más mínimo nubarrón, su relación habría dejado pasmados a todos los especialistas en tirarse los trastos a la cabeza.

Ese puzzle parecía distinto a los demás. No se veía ningún dibujo, no había castillos ni personajes. Se trataba de un fondo blanco sobre el que destacaban líneas curvas de color rojo. Líneas que resultaron ser letras. Era un mensaje en forma de puzzle. Nathalie dejó el libro que acababa de abrir para observar el progreso del puzzle. De vez en cuando, François volvía la cabeza hacia ella. El espectáculo de la revelación avanzaba hacia su desenlace. Sólo quedaban unas pocas piezas, y ya Nathalie acertaba a adivinar el mensaje, un mensaje construido con meticulosidad, mediante cientos de piezas. Sí, ahora ya podía leer lo que ponía: «¿Quieres casarte conmigo?»

Como no podía ser de otra manera, la boda fue preciosa

Había una botella de champán para cada invitado, lo cual resultaba de lo más práctico.

Hay una jerarquía en la obligación de la alegría, y las bodas están en la cúspide de la pirámide.

Felicidad absoluta

A François le encantaba John Lennon. De hecho, en su honor, se casó vestido de blanco de los pies a la cabeza. Así, cuando los novios bailaban, la blancura de uno se perdía en la del otro.

Amputado esos momentos de aire libre.

En la felicidad siempre llega un momento en que uno está solo entre la multitud.

Organizar una boda es como formar gobierno después de una guerra

Nadie podía imaginar que a veces esa felicidad le daba miedo, Nathalie temía que pudiera llevar intrínseca la amenaza de la desgracia.

Por primera vez, vivían la vida en su densidad única y total: la del momento presente.

La familia y los amigos presentes el día de su boda formaban lo que podría llamarse el primer círculo de presión social. Presión que pedía la venida al mundo de un niño. ¿Tanto se aburrían en su vida como para que les interesara hasta ese punto la de los demás

Vivimos sometidos a la tiranía de los deseos ajenos.

Frases que se le antojan sublimes

Nathalie vivía en la extraña bruma de la monogamia. Perdón, del amor.

Así fueron pasando los años, y todo parecía tan sencillo, mientras que para los demás todo se hacía más cuesta arriba. Nathalie no comprendía esta expresión: «La relación de pareja hay que trabajarla todos los días.» Según ella, las cosas eran sencillas o no. Resulta muy fácil pensar eso cuando todo va como la seda, cuando nunca hay oleaje. Bueno, sí, alguna vez. Pero cabe preguntarse si no se peleaban simplemente por el placer de reconciliarse. ¿Entonces? Que todo les fuera tan bien ya casi resultaba inquietante. El tiempo pasaba sobre esa facilidad, sobre esa rara habilidad que tienen los vivos.

La contemplación cotidiana de esa feminidad inaccesible le resultaba agotadora.

Quizá fuera ésa su mejor cualidad: la de saber esconder sus flaquezas.

Un segundo después, su vida ya no era la misma.

Letanía alucinatoria

Por la mañana todavía era una mujer. Y ahora se dormía como una niña.

¿Cómo podía tanta felicidad hacerse pedazos de esa manera?

Unos años después, volvemos a reunirnos, y algunos seguramente van igual vestidos que entonces. Habrán sacado del armario su único traje oscuro, que lo mismo vale para la felicidad que para la desgracia. Única diferencia: el tiempo.

Recorría el salón, y todo estaba ahí. Exactamente igual que antes. No se había movido nada. La manta seguía sobre el sofá. También la tetera, sobre la mesa baja, con el libro que estaba leyendo. Le impresionó especialmente ver el señalador. El libro quedaba así dividido en dos; la primera parte la había leído mientras aún vivía François. Y, en la página 321, François había muerto. ¿Qué hay que hacer en esos casos?

¿Puede alguien proseguir la lectura de un libro interrumpido por la muerte de su marido?

Nadie escucha a los que dicen querer estar solos

La voluntad de soledad sólo puede ser una pulsión patológica. Por mucho que Nathalie se esforzara por tranquilizar a todo el mundo, la gente se empeñaba en ir a visitarla.

Le costaba entender que se pudiera tener fe después de haber vivido una tragedia.

Qué difícil mantener la fe después de una tragedia....

Para que el trauma no gangrenara su inconsciente.

Entonces se arrodillaba, y era como una santa con un demonio en el corazón.

Algo, en el movimiento de los días, se había roto de manera brutal.

Recuperar así una especie de soltura nocturna.

Desdoblada así, observaba pasmada la mujer que ya no era,

Estaba sumido en lo que él mismo llamaba «la vida de ca(n)sado».

La velada había seguido la misma línea que el Titanic. Una velada festiva al principio, que al final terminaba en un naufragio. A menudo la verdad se parecía mucho a un iceberg. Nathalie seguía en su campo visual, y quería verla alejarse lo más rápido posible. Incluso el puntito que era ahora se le antojaba desmesuradamente insoportable.

Hay en el duelo una fuerza contradictoria, una fuerza absoluta que lo propulsa a uno tanto hacia la necesidad de cambio como hacia la tentación morbosa de la fidelidad al pasado.

Es que bastaba cambiar de ambiente para cambiar de humor

Una bulimia del trabajo.

Sólo buscaba ahogarse en trabajo y más trabajo

Quizá el dolor sea eso: una forma permanente de estar desarraigado de lo inmediato.

Si supieras lo que tengo en la cabeza, tengo algo tan bonito que borra todos los datos inútiles...

Repasaba en su cabeza una y otra vez la escena del beso. Era ya una película de culto en su memoria.

Silogismos de la amargura, de Cioran.

Permite ver en El beso la realización postrera de la búsqueda humana de la felicidad.

Tres aforismos de Cioran leídos por Markus en el tren de cercanías: El arte de amar consiste en saber unir a un temperamento de vampiro la discreción de una anémona. * En el corazón de cada deseo se enfrentan un monje y un carnicero. * El espermatozoide es un bandido en estado puro.

La pena de amores: no sabes cuándo se te pasará. En el momento más crudo del dolor, piensas que la herida siempre estará abierta. Y, de pronto, una mañana te extrañas de no sentir ya ese peso terrible.
Qué sorpresa darse cuenta de que el dolor ya no está. ¿Por qué ese día? ¿Por qué no más tarde, o antes? Es la decisión totalitaria de nuestro cuerpo. Para ese impulso del beso, Markus no debía buscar una explicación concreta. Había aparecido en el momento adecuado. La mayoría de las relaciones se resumen de hecho a esa simple cuestión del momento adecuado.

Markus, que se había perdido tantas cosas en la vida, acababa de descubrir su capacidad de aparecer en el momento ideal en el campo visual de una mujer.

Hay gente fantástica a la que se conoce en mal momento. Y hay gente que es fantástica porque se la conoce en el momento adecuado.

Lágrimas imprevisibles

Utilizaría el sábado y el domingo como dos gruesas mantas.

Su primera decisión fue muy simple: la reciprocidad. Si ella lo había besado sin pedirle su opinión, no veía por qué no podría él hacer lo mismo.

Entonces es que no sabe usted nada de la sensualidad. Un beso suyo, y luego nada... Pues claro que es un crimen. En el reino de los corazones secos sería usted condenada.

Se daban por fin todas las condiciones para una velada indolora.

El vacío sideral del después

La vida son sobre todo momentos de borrador, tachones y espacios en blanco.

La belleza estaba ahí, delante de él, mirándolo fijamente a los ojos, como una anticipación de lo trágico.

Sentía que todo lo que sabía del amor había sido saqueado.

Tienen una manera de no hablarse de lo más elocuente

Y Markus se dijo: ¿cómo he podido pensar que podía no verla más? Le sonrió, y Nathalie contestó a su sonrisa con otra sonrisa. Habían vuelto las sonrisas. Es curioso cómo a veces uno decide algo muy en serio, se dice que todo será así a partir de ahora, y basta un ínfimo gesto de los labios para quebrar la seguridad de una certeza que parecía casi eterna. Toda la voluntad de Markus acababa de derrumbarse ante una evidencia, la del rostro de Nathalie. Un rostro cansado, un rostro apenado por la incomprensión, pero no dejaba de ser el rostro de Nathalie. Sin hablar, abandonaron discretamente la fiesta para reunirse en el despacho de Markus.

Agarrarse al blanco; a la inmensidad del blanco

Se quedaron un momento así, un momento que dura todavía

Uno nunca debería tratar de evitarse un dolor potencial.

Tenía ganas de partir hacia un destino desconocido. Nada era trágico. Sabía que existían transbordadores entre la isla del dolor, la del olvido y aquélla, más lejana todavía, de la esperanza.

En una historia de amor, el alcohol acompaña dos momentos opuestos: cuando se descubre al otro y hay que narrarse uno mismo, y cuando ya no hay nada que decirse.

Las veladas pueden ser extraordinarias, las noches, inolvidables, y, sin embargo, todas desembocan siempre en mañanas normales y corrientes.

Quizá no haya nada tan extenuante como vivir bajo la tiranía sensual de una belleza fija, detenida en el tiempo.

Era la encarnación violenta de la feminidad.

Ello había originado incluso en su vida, por lo absurdo del mecanismo sensual, un renacer con su mujer. Durante semanas, no habían dejado de hacer el amor, de reencontrarse a través del cuerpo. Se podía hablar incluso de una época magnífica. A veces es mucho más emocionante recuperar un viejo amor que descubrir uno nuevo. Y luego la agonía se había reanudado despacio, como una risa malévola: ¿cómo habían podido creer que volvían a quererse? Aquello había sido una transición, un paréntesis en forma de desesperación disfrazada, una ligera llanura entre dos montañas patéticas.

Una posición frágil, a la espera

Pensó enseguida: esa sonrisa es un crimen.

Un pasado que no termina nunca de pasar.

En Suecia, las carreteras son rectas; llevan a un destino que se ve.

Era la oscuridad más luminosa de su vida

Redescubrir juntos el manual de instrucciones de la ternura.

La vida podía avanzar, la vida podía arrasarlo todo, pero allí nada se movía: era la esfera de lo inmutable.

Instantes robados a la perfección