sábado, 30 de junio de 2018

El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde


Siempre tengo miedo de preguntar; me parece una cosa del día del juicio. Se empieza con una pregunta, y es como mover una piedra: vos estáis tranquilo arriba en el monte y la piedra empieza a caer, desprendiendo otras, hasta que le pega en la cabeza, en el jardín de su casa, a un buen hombre (el último en el que habríais pensado), y la familia tiene que cambiar de apellido. No, señor, lo tengo por norma: cuanto más extraño me parece algo, menos pregunto.

Habría aclarado o quizás disuelto el misterio, como sucede a menudo cuando las cosas misteriosas se ven de cerca.

Una maldad suavizada por la hipocresía.

Ese maldito vínculo, nacido del mal, no podía llevar más que a otro mal.

¡Ah, no hay peor enemigo del sueño que la mala conciencia!

Mi vida ha sido sacudida desde las raíces.

Respecto a las obscenidades morales que ese hombre me reveló, no sabría recordarlas sin horrorizarme de nuevo.

Aunque ya no fuera joven, yo no había aún perdido mi aversión por una vida de estudio y de trabajo. A veces tenía ganas de divertirme. Pero, como mis diversiones eran, digamos así, poco honorables.

Así fue como empecé muy pronto a esconder mis gustos, y que cuando, llegados los años de la reflexión, puesto a considerar mis progresos y mi posición en el mundo; me encontré ya encaminado en una vida de profundo doble.

He nacido en 18…, heredero de una gran fortuna y dotado de excelentes cualidades. Inclinado por naturaleza a la laboriosidad, ambicioso sobre todo por conseguir la estima de los mejores, de los más sabios entre mis semejantes, todo parecía prometerme un futuro brillante y honrado. El peor de mis defectos era una cierta impaciente vivacidad, una inquieta alegría que muchos hubieran sido felices de poseer, pero que yo encontraba difícil de conciliar con mi prepotente deseo de ir siempre con la cabeza bien alta, exhibiendo en público un aspecto de particular seriedad.

Más que defectos graves, fueron por lo tanto mis aspiraciones excesivas a hacer de mí lo que he sido, y a separar en mí, más radicalmente que en otros, esas dos zonas del bien y del mal que dividen y componen la doble naturaleza del hombre.

Mi caso me ha llevado a reflexionar durante mucho tiempo y a fondo sobre esta dura ley de la vida, que está en el origen de la religión y también, sin duda, entre las mayores fuentes de infelicidad.

Por doble que fuera, no he sido nunca lo que se dice un hipócrita. Los dos lados de mi carácter estaban igualmente afirmados: cuando me abandonaba sin freno a mis placeres vergonzosos, era exactamente el mismo que cuando, a la luz del día, trabajaba por el progreso de la ciencia y el bien del prójimo.

El lado malo de mi naturaleza, al que había transferido el poder de plasmarme, era menos robusto y desarrollado que mi lado bueno, que poco antes había destronado. Mi vida, después de todo, se había desarrollado en nueve de sus diez partes bajo la influencia del segundo, y el primero había tenido raras ocasiones para ejercitarse y madurar. Así explico que Edward Hyde fuese más pequeño, más ágil y más joven que Henry Jekyll. Así como el bien transpiraba por los trazos de uno, el mal estaba escrito con letras muy claras en la cara del otro.

El mal además (que constituye la parte letal del hombre, por lo que debo creer aún) había impreso en ese cuerpo su marca de deformidad y corrupción. Sin embargo, cuando vi esa imagen espeluznante en el espejo, experimenté un sentido de alegría de alivio, no de repugnancia. También aquél era yo. Me parecí natural y humano. A mis ojos, incluso, esa encarnación de mi espíritu pareció más viva, más individual y desprendida, del imperfecto y ambiguo semblante que hasta ese día había llamado mío.

He observado que cuando asumía el aspecto de Hyde nadie podía acercárseme sin estremecerse visiblemente; y esto, sin duda, porque, mientras que cada uno de nosotros es una mezcla de bien y de mal, Edward Hyde, único en el género humano, estaba hecho sólo de mal.

Volviendo de prisa al laboratorio, preparé y bebí de nuevo la poción; de nuevo pasé por la agonía de la metamorfosis; y volviendo en mí me encontré con la cara, la estatura, la personalidad de Henry Jekyll.

Esa noche había llegado a una encrucijada fatal. Si me hubiera acercado a mi descubrimiento con un espíritu más noble, si hubiera arriesgado el experimento bajo el dominio de aspiraciones generosas o pías, todo habría ido de forma muy distinta. De esas agonías de muerte y resurrección habría podido renacer ángel, en lugar de demonio. La droga por sí misma no obraba en un sentido más que en otro, no era por sí ni divina ni diabólica; abrió las puertas que encarcelaban mis inclinaciones, y de allí, como los prisioneros de Filipos, salió corriendo quien quiso. Mis buenas inclinaciones entonces estaban adormecidas; pero las malas vigilaban, instigadas por la ambición, y se desencadenaron: la cosa proyectada fue Hyde. Así, de las dos personas en las que me dividí, una fue totalmente mala, mientras la otra se quedó en el antiguo Henry Jekyll, esa incongruente mezcla que no había conseguido reformar. El cambio, por tanto, fue completamente hacia peor.

La incongruencia de esa vida me pesaba cada día más. Principalmente por esto me tentaron mis nuevos poderes, y de esta manera quedé esclavo. Sólo tenía que beber la poción, abandonar el cuerpo del conocido profesor y vestirme, como con un nuevo traje, con el de Edward Hyde.

Pero también en el impenetrable traje de Hyde estaba perfectamente al seguro. Si pensamos, ¡ni existía! Bastaba que, por la puerta de atrás, me escurriese en el laboratorio y engullese la poción (siempre preparada para esta eventualidad), porque Edward Hyde, hiciera lo que hiciera, desaparecía como desaparece de un espejo la marca del aliento; y porque en su lugar, inmerso tranquilamente en sus estudios al nocturno rayo de la vela, había uno que se podía reír de cualquier sospecha: Henry Jekyll.

Los placeres que me apresuré a encontrar bajo mi disfraz eran, como he dicho, poco decorosos (no creo que deba definirlos con mayor dureza); pero en las manos de Edward Hyde empezaron pronto a inclinarse hacia lo monstruoso. A menudo a la vuelta de estas excursiones, consideraba con consternado estupor mi depravación vicaria. Esa especie de familiar mío, que había sacado de mi alma y mandaba por ahí para su placer, era un ser intrínsecamente malo y perverso; en el centro de cada pensamiento suyo, de cada acto, estaba siempre y sólo él mismo. Bebía el propio placer, con avidez bestial, de los atroces sufrimientos de los demás. Tenía la crueldad de un hombre de piedra.

Henry Jekyll a veces se quedaba congelado con las acciones de Edward Hyde, pero la situación estaba tan fuera de toda norma, de toda ley ordinaria que debilitaba insidiosamente su conciencia. Hyde y sólo Hyde, después de todo, era culpable. Y Jekyll, cuando volvía en sí, no era peor que antes: se encontraba con todas sus buenas cualidades inalteradas; incluso procuraba, si era posible, remediar el mal causado por Hyde. Y así su conciencia podía dormir.

10. La confesión de Henry Jekyll
Me había dormido Jekyll y me había despertado Hyde.

Esa otra parte de mí, que tenía el poder de proyectar, había tenido tiempo de ejercitarse y afirmarse cada vez más; me había parecido, últimamente, que Hyde hubiera crecido, y en mis mismas venas (cuando tenía esa forma) había sentido que fluía la sangre más abundantemente. Percibí el peligro que me amenazaba. Si seguían así las cosas, el equilibrio de mi naturaleza habría terminado por trastocarse: no habría tenido ya el poder de cambiar y me habría quedado prisionero para siempre en la piel de Hyde.

Otras veces había sido obligado a doblar la dosis, y hasta en un caso a triplicarla, con un riesgo muy grave de la vida.

Si al principio la dificultad consistía en desembarazarme del cuerpo de Jekyll desde hace algún tiempo gradual pero decididamente el problema era al revés. O sea, todo indicaba que yo iba perdiendo poco a poco el control de la parte originaria y mejor de mí mismo, y poco a poco identificándome con la secundaria y peor.

Entonces sentí que tenía que escoger entre mis dos naturalezas. Estas tenían en común la memoria pero compartían en distinta medida el resto de las facultades. Jekyll, de naturaleza compuesta, participaba a veces con las más vivas aprensiones y a veces con ávido deseo en los placeres y aventuras de Hyde; pero Hyde no se preocupaba lo más mínimo de Jekyll, al máximo lo recordaba como el bandido de la sierra recuerda la cueva en la que encuentra refugio cuando lo persiguen. Jekyll era más interesado que un padre, Hyde más indiferente que un hijo.

Todo pecador tembloroso, en la hora de la tentación, se encuentra frente a las mismas adulaciones y a los mismos miedos, y luego éstos tiran los dados por él. Por otra parte, lo que me sucedió, como casi siempre sucede, fue que escogí el mejor camino, pero sin tener luego la fuerza de quedarme en él.

Sí, preferí al maduro médico insatisfecho e inquieto, pero rodeado de amigos y animado por honestas esperanzas; y di un decidido adiós a la libertad, a la relativa juventud, al paso ligero, a los fuertes impulsos y secretos placeres de los que gocé en la persona de Hyde.

Ser tentado, para mí, significaba caer

Mi demonio había estado encerrado mucho tiempo en la jaula y escapó rugiendo.

jueves, 28 de junio de 2018

Olor a Rosas Invisibles


Había despertado en él un hormigueo de tiempos idos que aplazaba la urgencia de los negocios del día, invitándolo a interrumpir esa implacable rutina de lugares comunes y gestos calculados que garantiza el diario bienestar de la gente como él.

Tuvo que hacer acopio de todo su poder de concentración para arrinconar al ratón hambriento que desde hacía un tiempo roía el queso blando de su memoria. Quería recomponer el escenario para ubicar esa voz de mujer: recuperar cada instante, cada olor, cada tonalidad del cielo…

Si pudiera rescatar al menos algún olor, un color siquiera.

No pudo acordarse de nada en concreto, pero sí, dichosamente, de todo en abstracto-

les pidió disculpas por el momentáneo aplazamiento: en ese instante de inspiración no podía atenderlos; le resultaba indispensable borrar toda interferencia.

Muchas veces me he preguntado por qué la llamaría justamente ese día, si hasta el anterior ni se le había pasado por la cabeza. Hacerlo. ¿Por qué de repente volvía a sentirla indispensable y cercana, si cuatro decenios de buen matrimonio con otra mujer admirable habían hecho que, hasta ahora, sólo en las veladas del Automático la recordara?

Juego agridulce de rememorar viejos amoríos

Importantes momentos vividos

Es entonces cuando interviene el destino para alterar el cuadro

La sonata Claro de Luna, el canon de Pachelbel y el Adagio de Albinoni hacían parte de su noción domesticada de felicidad.

Una suerte de pequeño ritual íntimo

Estuvo inquieto y ausente a lo largo de la semana, como si no se encontrara a gusto dentro de su propio pellejo, y ya empezaba a preocuparse por esa absurda e insistente comezón mental que le estorbaba en sus relaciones familiares y laborales, cuando cayó en cuenta de que sólo le pondría alivio si la llamaba de nuevo.

Es obvio que durante todos estos meses Escuchar a Eloísa se le había convertido a Luicé en un bálsamo contra los peculiares atropellos que a un hombre de su condición le impone el ingreso a la vejez

Pero de ahí a arriesgar lo que había construido durante toda una vida por irse a recorrer el Nilo con una antigua novia, había un abismo que ni remotamente estaba dispuesto a franquear.

Fronteriza edad

Darse el gusto de ser irresponsable.

Debió pasar horas devanándose los sesos en busca de la manera más amable de negársele a Eloísa, sin ofenderla ni parecer patán, y en cambio tardó sólo dos minutos improvisando ante su esposa la primera gran mentira
de su vida conyugal.

Ciertamente Solita, Florence Nightingale de todos sus achaques, no era personaje que él pudiera deslumbrar con renovados trucos de seducción y magia. Para eso eran indispensables un escenario de estreno, una función de gala y una mujer bella y extraña que alumbrara el instante y que desapareciera sin dejar rastro antes de que se rompiera el hechizo, al sonar las doce campanadas.

La ineludible cadena de consecuencias que se desprenden de un acto equivocado; había cometido un error al tomar ese avión, o quizá meses antes, al llamar a Eloísa por primera vez, y era demasiado viejo para no conocer cierta ley de la realidad según la cual todo camino recorrido requiere tantos pasos de ida como de vuelta.

El pequeño Triángulo de las Bermudas que se había formado en ese brutal cruce de pasado y presente devoraba todas las identidades: la señora del pelo rojo no era Eloísa, como tampoco era él este señor que caminaba entre sus propios zapatos, ni era suya esta voz que le devolvía un eco ajeno, ni las palabras que le salían directamente de la lengua, sin pasar antes por su inteligencia.

Eloísa —esta Eloísa apócrifa de ahora— lo abrumaba con explicaciones no pedidas sin intuir siquiera hasta qué punto era irracional y oscuro, e independiente de ella, el verdadero motivo por el cual él había venido: buscar una prórroga para el plazo de sus días. No creo que ni él mismo lo supiera a ciencia cierta, pero era por eso que estaba aquí, por recuperar juventud, por ganar tiempo, y ella le estaba fallando aparatosamente. Eloísa, sagrada e inmutable depositaria de un pasado idílico, se le presentaba en cambio, como por obra de un maleficio, convertida en fiel espejo del paso de los años.

Dos personas que sólo tenían en común el recuerdo de un recuerdo.

Yo, que siempre encontré más real el olor a rosas invisibles que las rosas mismas; yo, que no supe matar de amor a ninguna panadera, ni hacer gritar de placer a las putas de Magangué: yo sí hubiera adivinado en la Eloísa joven A la mujer espléndida que con los años sería, y hubiera amado en la Eloísa vieja a la joven que fue.

Eloísa la chilena, quien durante una semana logró escabullirse de las tripas golosas de ese pasado que con sus ácidos gástricos nos va digiriendo y convirtiendo en sobras. Eloísa, preferida mía, que supo colarse en la contundencia del hoy, tanto más vital y real que Luicé o que yo, encarnada en todo el esplendor y el desatino de su pelo pintado de rojo y su vestido de seda lila.

Pero intuyo que logró salirse con la suya, al redondear según su soberana voluntad de mujer resuelta un viejo capítulo que había quedado en punta por imposición familiar. Esta segunda vez, el desenlace no fue forzado ni teatral como entonces; se desgajó por su propio peso y cayó amortizado por un cierto aplomo de viejos actores que saben que los papeles principales ya no les corresponden. Lo que Eloísa y Luicé no podían prometerse el uno al otro lo tramaron en el penúltimo atardecer de neón de la Florida, medio en sueños medio en juegos, para sus hijos Alejandra y Juan Emilio, de quienes conversaron obsesivamente, ingeniando situaciones hipotéticas para presentarlos, trucos para deshacerse de Nikos, pretextos para que Juan Emilio viajara a Suiza; fantasiosas estratagemas, en fin, para cederles esos días futuros de los cuales ellos mismos no podían disponer para sí.

Cerrar una despedida que se sabía para siempre.

Burlándose del gusto de él y desoyendo sus sugerencias, Eloísa escogió, después de probarse más de diez, una costosa y discreta de color blanco perlado con sutiles arabescos en un blanco mate, de corte clásico y manga larga, que hizo envolver en papel fino y colocar entre una caja.

Era demasiado viejo para no conocer cierta ley de la realidad según la cual todo camino recorrido requiere tantos pasos de ida como de vuelta.

Es la primera vez en toda tu vida que me traes de un viaje un regalo que me guste, que se adecué a mi edad y que me quede bien al cuerpo. Yo misma no la habría comprado distinta. Si no tuviera una confianza ciega en ti, juraría que esta blusa la escogió otra mujer. Él sonrió entre las cobijas, arropándose en la tibieza de una paz indulgente. Un poco más tarde, antes de caer dormido, mientras acompasaba su corazón a los hondos latidos del Adagio, supo que Albinoni le hacía señas y lo invitaba a cruzar, liviano ya de reticencias y temores, el umbral que conduce a las mansas praderas de la vejez. —El Adagio es tuyo, viejo Albinoni —debió pensar, con clara convicción—. Tuyo y de nadie más.

domingo, 10 de junio de 2018

La fórmula preferida del profesor


Vaya, vaya. Parece que aquí debajo hay un corazón bastante inteligente —había dicho el profesor mientras le acariciaba la cabeza sin preocuparse de que se le despeinara.

Sin embargo, por mucho que enumere estas cosas y otras más, no guardan proporción alguna con la intensidad de las horas que pasamos con él.

Tenía una concepción original sobre el «error correcto», de manera que era capaz de darnos de nuevo confianza precisamente cuando más apurados nos veíamos, sin poder encontrar la solución correcta.

Los números eran la mano derecha que tendía para estrechar la del prójimo y, al mismo tiempo, un abrigo para resguardarse de sí mismo. Un abrigo tan pesado que nadie conseguía que se lo quitara, tan recio que no permitía distinguir el contorno de su cuerpo, aunque se deslizara una mano por encima. Pero por el mero hecho de llevarlo puesto lograba proteger su propio espacio.

Aquella hojita era el comprobante de que había interrumpido su tiempo más preciado para pensar en mí.
Es igual de difícil expresar la belleza de las matemáticas que explicar por qué las estrellas son hermosas.

La suma de los divisores del 220 es igual a 284. Y la de los divisores de 284, igual a 220. Son números amigos. Son una combinación muy infrecuente, sabes. Fermat o Descartes sólo lograron descubrir un par, cada uno de ellos. Estos dos números están unidos por la gracia de un vínculo divino. ¿No te parece hermoso? ¡Que la fecha de tu cumpleaños y el número grabado en mi reloj de pulsera estén unidos por un lazo tan maravilloso!

Mi madre murió de una hemorragia cerebral, justo cuando la incomprensión mutua se estaba desvaneciendo y yo empezaba a sentirme respaldada con esa abuela cercana. Por ello me sentí tan feliz, más que el propio Root, cuando lo vi abrazado por el profesor.

Mi cumpleaños y el reloj del profesor se habían encontrado tras un gran esfuerzo en la inmensidad del mundo de los números; ambos cuidaban de su relación amistosa, apoyándose por completo el uno en el otro.

El único tema del que podíamos hablar sin ningún problema era las matemáticas

El sabía enseñar. Sus suspiros de admiración ante una fórmula, sus palabras alabando su belleza, el brillo de sus pupilas, eran muy significativos.

Dado que él olvidaba cuanto me había dicho, yo tenía la gran ventaja de poder hacerle la misma pregunta cuantas veces quisiera, sin reserva alguna. Mientras a un alumno normal le basta con una sola vez, yo, para comprender perfectamente algo, necesitaba cinco o diez explicaciones.

Aquellos brazos tenían toda la ternura necesaria para proteger al ser débil que estaba ante él. Me sentí feliz de ver a mi hijo abrazado por alguien de aquella manera.

Un niño debe estar ya en la cama a las ocho. Los adultos no tenemos ningún derecho a quitarle horas de sueño. Desde la aparición del ser humano, las criaturas siempre han crecido mientras dormían.

Así fue cómo un antiguo matemático, en los umbrales de la vejez, una asistenta y madre soltera que no llegaba todavía a los treinta y un muchachito de escuela primaria pudimos disfrutar de la cena sin sentirnos incómodos por el silencio. Y todo gracias al profesor.

Aunque a ambas nos unía el hecho de ser madres solteras, o precisamente por eso, no hubo modo de apaciguar el enfado de mi madre. Era una indignación transida por gritos de dolor y de pena. Su emoción era tan violenta que yo era prácticamente incapaz de saber cómo me sentía realmente. Pasada la vigésimo segunda semana de embarazo, me marché de casa. A partir de entonces, perdí todo contacto con ella.

Ahora estás en la época de acumular energía y, cuando explote, crecerás de golpe. Muy pronto podrás escuchar el sonido de los huesos que se estiran.

Mi madre sólo me hablaba de mi padre para decirme que era un hombre apuesto. Nunca me habló mal de él. Por lo visto era un hombre de negocios que tenía un restaurante, pero ella me escamoteaba la información concreta, y se limitaba a repetirme cosas agradables sobre su persona: que era alto y guapo, hablaba muy bien inglés, conocía a fondo la ópera, era un hombre orgulloso pero a la vez modesto, y su sonrisa cautivaba a cualquiera que se encontrara con él…
Los que inventan el problema conocen la solución. Resolver un problema del que tenemos garantía de que existe solución, es como ir de excursión por el monte, con un guía, hacia una cumbre que ya avistamos. La verdad última de las matemáticas está escondida al final del camino, entre los arbustos, sin que nadie sepa dónde. Además, ese lugar no tiene por qué ser la cima. Puede estar entre las rocas de un despeñadero o en el fondo de un valle.

Todos los problemas tienen un ritmo, ves. Es igual que la música. Si consigues encontrar el ritmo al enunciarlo, leyendo en voz alta, descubres la totalidad del problema e incluso puedes adivinar las partes sospechosas en las que puede haber una trampa escondida.

Sobre todo, tenía ganas de estar al lado de Root cuando alguien era amable con él.

Curioso maestro que se enfada, encima de que tenemos tanto cuidado en no equivocarnos, ¿verdad?
Cuando un niño llega a casa, la madre tiene que estar presente para salir a recibirlo. Venga, démonos prisa. No hay nada más maravilloso que escuchar a un niño decir «¡Ya estoy en casa!».

Los pétalos del cerezo cayeron trazando círculos en el aire, añadiendo nuevos dibujos al secreto del universo.
La tranquilidad que buscaba el profesor existía dentro del corazón, adonde no llega el sonido del mundo exterior.

Lo que más aborrecía el profesor en este mundo era el gentío. Por eso no quería salir de casa. Los lugares donde se aglomera la gente, estaciones de trenes, grandes almacenes, cines, centros comerciales, le resultaban difíciles de soportar. El hecho de que diversos tipos de personas se unan por pura casualidad y se arremolinen rebullendo sin ningún orden, y, por otro lado, la belleza que requiere el sentido matemático, eran dos universos totalmente opuestos.

No era alegría ni libertad, sino calma lo que sentía al conseguir la solución correcta. Era la calma propia del que tiene la certeza que cada cosa está en su lugar, sin tener que añadir ni quitar una sola coma, y que las cosas van a quedarse así eternamente, como siempre había sido. Al profesor le encantaba aquello.

Esta vez, sin embargo, las lágrimas eran diferentes a las que yo conocía. Por mucho que le tendiera la mano, esta vez se derramaban en un sitio en donde yo no podía secarlas.

El dinero podía recuperarse después, y en cambio probablemente no habría muchas oportunidades para que un anciano y un niño disfrutaran juntos de un partido de béisbol.

Algunas de aquellas sencillas escenas que compartimos los tres no sólo no se han decolorado con el tiempo, sino que han ido emergiendo con más viveza y han reconfortado nuestros sentimientos.

Dios existe. Porque la matemática no tiene contradicción. Y el diablo también existe. Porque no es posible demostrarlo».
Necesitaba sentir que, en verdad, había un mundo invisible que sostenía al mundo visible. Una línea recta que se abriera paso con solemnidad entre las tinieblas, exenta de anchura y superficie, que se extendiera sin límite hasta el infinito. Esa línea recta me sumía en un sentimiento casi imperceptible de paz.

Eran platos poco originales pero apetitosos. Eran platos que podían aportar su dosis de felicidad al final de una jornada

El cumpleaños nos visita a todos una vez al año.

No había ningún contacto físico en ninguna parte, y sin embargo, daba la sensación de que entre ellos existía algún afecto.

El hecho de poder sentir el aliento de los otros muy cerca, y presenciar el proceso de ir acabando poco a poco las modestas tareas, nos aportó una alegría inesperada.

La conducta del profesor me hizo pensar nuevamente lo importante que había sido el día que nació Root.

Carta a una desconocida


Desde que sentí esa tierna y suave mirada, quedé a tu merced.

Creí que esa ternura sólo era para mí, para mí sola.

No hay nada más terrible que estar sola cuando estás rodeada de gente.

Todas las vías de desprecio, de frialdad, de indiferencia, todas me las había representado

No me reconociste, ni entonces ni en ningún otro momento, nunca me has reconocido. ¿Cómo te puedo describir, querido, la decepción

La expectativa era paralizante.

Porque a ti, ciertamente, sólo te gustan las cosas fáciles, juguetonas, nada pesadas, tienes miedo de inmiscuirte en un destino ajeno.

Pero tu bondad es peculiar, está abierta a cualquiera para darle todo lo que le quepa en las manos, tu bondad es grande, infinitamente grande, pero es —discúlpame— indolente.

Ayudas cuando te llaman, ayudas por vergüenza, por debilidad, no por placer. Déjame que te lo diga sinceramente: te gusta más un compañero en la fortuna que un pobre necesitado. Y a las personas que son como tú, aunque sean muy buenas, cuesta pedirles cualquier favor.

Nunca he conocido a ningún hombre que se entregue en esos momentos con tanta ternura, que ofrezca su profunda intimidad con tanto altruismo y que después lo diluya todo en un olvido infinito, casi inhumano.

Entonces su mirada se posó en el jarrón azul que tenía ante él, encima del escritorio. Estaba vacío, por primera vez desde hacía años estaba vacío en el día de su cumpleaños, y se asustó: fue como si, de repente, se hubiese abierto una puerta invisible y un golpe de aire frío hubiera penetrado desde el más allá en su tranquila habitación. Sintió a la muerte y sintió un amor inmortal: algo le atravesó el alma y pensó en aquella mujer invisible, etérea y apasionada como el recuerdo de una lejana melodía.

miércoles, 6 de junio de 2018

De la Brevedad de la vida


Solo el sabio es el único capaz de disfrutar íntegramente de la vida.

La mayor pérdida de vida es la dilación: elimina el día actual, escamotea el presente mientras promete lo por venir. El obstáculo mayor para vivir es la espera, que depende del día de mañana, desperdicia el de hoy. Dispones de lo que está puesto en manos de la suerte, desechas lo que está en las tuyas. ¿Adónde miras? ¿Adónde te alargas? Todo lo que ha de venir está en entredicho: vive al día. Así clama el mayor de los vates y, como inspirado por una boca divina, canta un canto saludable: Todos los días mejores de vida a los míseros hombres huyen primero.

No tenemos escaso tiempo, sino que perdemos mucho. Nuestra vida es suficientemente larga y se nos ha dado en abundancia para la realización de las más altas empresas, si se invierte bien toda entera; pero en cuanto se disipa a través del lujo y la apatía, en cuanto no se dedica a nada bueno.

Reclama nuestro último trance nos percatamos de que ya ha transcurrido la vida que no comprendimos que corría. Así es: no recibimos una vida corta, sino que nos la hacemos, y no somos indigentes de ella, sino dilapidadores. 

Salvo muy pocos, a los demás la vida les deja plantados en los propios preparativos de su vida.

Nuestra vida resulta muy extensa para quien se la organiza bien.

Cien o más años te agobian: venga pues, llama a tu vida para echar cuentas. Saca cuánto de ese tiempo se ha llevado tu acreedor, cuánto tu amiga, cuánto tu rey, cuánto tu cliente, cuánto las peleas con tu esposa, cuánto las reprimendas a tus esclavos, cuánto tus oficiosas caminatas por la ciudad; añade las enfermedades que cogemos por culpa nuestra, añade también el tiempo que ha pasado sin provecho: verás que tienes menos años de los que calculas. Haz memoria de cuándo te has mostrado firme contigo mismo en tus propósitos, de cuántos de tus días han terminado como tú habías previsto, de cuándo has tenido provecho de ti mismo, cuándo una expresión natural, cuándo un espíritu intrépido, qué obras tuyas quedan hechas en tan largo tiempo, cuántos te han robado la vida sin que tú te percataras de lo que perdías, cuánto se han llevado el dolor inútil, la alegría necia, la codicia ansiosa, la conversación huera, qué poco te han dejado de lo tuyo: comprenderás 4que mueres prematuramente».

Todo lo teméis como mortales, todo lo queréis como inmortales.

Deplora el tiempo pasado y se queja del presente y desconfía del futuro.

Verás cómo no los dejan respirar, ya sean sus males, ya sean sus bienes.

Un hombre obsesionado no puede ejercer ningún oficio, ni la elocuencia ni las profesiones liberales, ya que su espíritu distraído no deja recalar.

A vivir hay que aprender durante toda la vida y, cosa que quizá te extrañe más, durante toda la vida hay que aprender a morir. Tantos grandísimos hombres, abandonando toda impedimenta, una vez que habían renunciado a las riquezas, a los cargos, a los placeres, hasta sus últimos instantes sólo hicieron esto: ir sabiendo vivir; los más de ellos, sin embargo, se marcharon de la vida tras reconocer que aún no sabían: cuánto menos sabrán ésos.

Es propio del hombre eminente y que está por encima de los extravíos humanos no dejar que le quiten nada de su tiempo, y su vida resulta larguísima precisamente porque todo cuanto se ha prolongado ha quedado enteramente libre para él.

Todo el mundo acelera su vida y se esfuerza por su ansia del futuro, por su hastío del presente.

Resulta tolerable la pérdida de algo cuya merma es invisible. Nadie te restituirá tus años, nadie te devolverá de nuevo a ti mismo. La vida irá por donde empezó y no invertirá ni detendrá su marcha; en absoluto hará alboroto, en absoluto nos advertirá de su velocidad: se deslizará queda. No por mandato de un rey ni por favoritismo a un pueblo se prolongará: tal como desde el primer día se puso en marcha correrá, jamás se desviará, jamás se entretendrá. ¿Qué va a pasar? Que tú estás distraído, la vida se apresura; entre tanto, se presentará la muerte, para la que, quieras o no quieras, hay que tener tiempo.

La vida de los atareados es la más corta.

Contra la fugacidad del tiempo hay que competir con la celeridad en emplearlo, y hay que 3sorberlo como de un torrente rápido y que no va a correr siempre.

Todo lo que nos toca por casualidad es inestable y cuanto más alto se remonta, más expuesto está a la caída.

En tres etapas se divide la vida: la que ha sido, la que es, la que va a ser. De ellas, la que estamos pasando es breve, la que vamos a pasar, incierta, la que hemos pasado, segura.

Para mucha gente la causa de su muerte ha sido enterarse de su enfermedad.

miércoles, 30 de mayo de 2018

El ardor de la sangre


No conozco casa más agradable y acogedora, hogar más íntimo, cálido y alegre que el suyo.

Para mí no hay nada comparable a una noche como ésta: la soledad es absoluta; mi criada, que vive en el pueblo, acaba de encerrar las gallinas y se va. Oigo el ruido de sus zuecos en el camino. Me quedo con mi pipa, mi perro entre los pies, el rumor de los ratones en el granero, el crepitar del fuego, y sin periódicos ni libros: sólo una botella de Juliénas que se calienta despacio junto al morillo.

Tiene lo que yo más apreciaba en las mujeres cuando era joven: fuego.

Cuando eres joven, eres tan impaciente… Cada día que pasa y que has perdido para el amor es una tragedia.

Ahora. ¡Y qué hermosas locuras, las del amor! Además, casi siempre se pagan tan caras que no hay que juzgarlas con mezquindad, ni en uno mismo ni en los demás. Sí, siempre se pagan, y a veces las más pequeñas al precio de las grandes. Da igual que te cuelguen por un borrego que por un cordero, como dice el proverbio. Desde luego, era una locura recibir a un hombre bajo el techo conyugal, pero, por otro lado, ¡qué placer, esa noche, en brazos del amante, mientras el río corre y el miedo a que te sorprendan te acelera el corazón! ¿A quién esperaría?

Nada me satisfacía. Creía estar buscando fortuna; en realidad, me empujaba el ardor de mi joven sangre. Pero, como ahora su fuego se ha extinguido, ya no me entiendo. Pienso que he hecho mucho camino inútil para volver al punto de partida. Lo único de lo que estoy contento es de no haberme casado; pero no debería haber corrido tanto mundo.

Todo lo que contenía ese instante…

Si supiéramos lo que recogeremos por adelantado, ¿quién sembraría su campo?

La vida, que parece encogerse para ofrecer al exterior la menor superficie posible, y las largas horas pasadas frente al fuego, sin hacer nada, sin leer, sin beber, sin siquiera

No sé si el ser humano construye su vida, pero lo cierto es que la vida que ha vivido acaba transformándolo; una existencia tranquila y hermosa da a un rostro una especie de suavidad, de dignidad, un tono cálido y suave que es casi una pátina, como la de un retrato. Pero la suavidad y la serenidad de aquellas facciones, se ha borrado de repente, y lo que se ve debajo es un alma triste y angustiada. Pobrecillos… Hay un momento de perfección en que todas las promesas maduran.

El final del verano, pero no tarda en dejar atrás; entonces empiezan las lluvias del otoño. Con las personas ocurre igual.

Sentir las miradas de los demás constituye un sufrimiento moral insoportable.

¿Quién no ha visto su vida extrañamente deformada y torcida por ese fuego en un sentido contrario a su naturaleza profunda?

La muerte ha nivelado las cosas.

La juventud sólo se ve a sí misma. ¿Qué somos para ella? Pálidas sombras.

La forma en que un hombre bebe en compañía no tiene ningún significado; pero cuando lo hace a solas revela, sin que él lo sepa, el fondo mismo de su alma. Hay un modo de hacer girar el vaso entre los dedos, una manera de inclinar la botella y mirar cómo cae el vino, de llevarse el vaso a los labios, de sobresaltarse y dejarlo bruscamente en la mesa cuando te llaman, de volver a cogerlo con una tosecilla afectada, de apurarlo cerrando los ojos, como si se bebiera olvido a tragos, que es la de un hombre intranquilo, agobiado por las preocupaciones o por un terrible problema.

En las cosas más insignificantes, podía reconocer una malevolencia asombrosamente activa, siempre alerta, calculada para hacerme la vida imposible y obligarme a marcharme lejos de aquí.

¿En qué hombre lo convertirás si lo educas en el temor? Mi pobre Colette, no podemos vivir en lugar de nuestros hijos, aunque a veces nos gustaría.

Cada cual debe vivir y sufrir por sí mismo.

El mejor favor que les podemos hacer es dejar que ignoren nuestra propia experiencia.

Yo me quedé mirándola mientras se alejaba atravesando el jardín, todavía grácil y hermosa pese a sus cabellos grises. Es asombroso que haya conservado hasta la edad madura ese paso leve y lleno de seguridad.

Sí, lleno de seguridad; el de una mujer que nunca se ha extraviado por el mal camino, que nunca ha corrido jadeante a una cita, que nunca se ha detenido, agobiada bajo el peso de un secreto culpable…

Pero ¿cómo es posible que no lo entienda? Usted, que sabe cómo ha sido su vida, lo maravillosamente que se entienden, la idea tan elevada que tienen del amor conyugal, ¿cómo quiere que yo, su hija, les confiese que engañé a mi marido de un modo innoble, que recibía a otro hombre en mi casa cuando él no estaba y, por si fuera poco, que mi amante lo mató? Para ellos sería un golpe terrible. ¿No tengo ya bastante con una desgracia sobre la conciencia? 

A mi edad, la sangre se ha apagado; lo que se siente es frío.

Cerraré la verja. Echaré el cerrojo a las puertas. Le daré cuerda al reloj. Cogeré las cartas y haré un par de solitarios. Tomaré un vaso de vino. No pensaré en nada. Me acostaré. Dormiré poco. Soñaré despierto. Volveré a ver cosas y gente de otros tiempos. Y tú regresarás a casa, te desesperarás, llorarás, le pedirás perdón a la foto del pobre Jean, lamentarás el pasado, temblarás por el futuro… No sé quién de los dos pasará mejor noche.

Todo mi pasado volvía a la vida. Tenía la sensación de haber dormido veinte años y haber despertado para reanudar la lectura en el punto que la había dejado. Sin darme cuenta, llegué al banco que hay bajo la ventana del despacho, desde donde podía oír todo lo que decían. Durante mucho rato no oí nada. Luego, él la llamó:

¡Miente! A la verdadera mujer encerrada en ella, la mujer ardiente, alegre, atrevida, ávida de placer, fui yo quien la conoció, ¡yo, sólo yo!

Las personas mienten, pero las flores, los libros, los retratos, las lámparas, la suave pátina que el uso deposita en todos los objetos, son más sinceros que los rostros.

François dejó que me fuera sin responder a mi adiós. No se había movido; de pronto parecía muy viejo, y esa especie de fragilidad que tienen sus facciones se había hecho aún más acusada; parecía un hombre herido de muerte.

Acto seguido me reí de mi propia emoción. En definitiva, ¿cuál es la cuestión? ¿Quién conoce a la verdadera mujer? ¿El amante o el marido? ¿Son realmente tan distintas la una de la otra? ¿O están tan sutilmente mezcladas que resultan inseparables? ¿Están hechas de dos sustancias que una vez combinadas forman una tercera que ya no se parece a las otras dos? Lo que sería tanto como decir que a la verdadera mujer no la conocen ni el marido ni el amante. Sin embargo, se trata de la mujer más sencilla del mundo. Pero he vivido lo bastante para saber que no hay corazón sencillo.

El recuerdo de los años pasados nos visitaría más a menudo si nos volviéramos hacia él, hacia su suprema dulzura. Pero dejamos que duerma en nosotros y, aún peor, que muera, que se corrompa; de tal modo que a los generosos impulsos del alma que nos elevan a los veinte años, más tarde los llamamos ingenuidad, estupidez… Nuestros puros y apasionados amores adquieren la degradante apariencia de los placeres más viles. Lo que esa noche se reencontraba con el pasado no era sólo mi memoria, sino también mi corazón. Reconocía esa rabia, esa impaciencia, ese desesperado apetito de felicidad. Sin embargo, quien me esperaba no era una mujer viva, sino una sombra, hecha de la misma materia que mis sueños. Un recuerdo. No algo palpable, caliente.

¡Vuelve, juventud mía, vuelve! Habla por mi boca. Dile a esa Hélène tan sensata, tan virtuosa, que miente. Dile que su amante no está muerto, que se ha dado demasiada prisa en enterrarme, que estoy bien vivo, que me acuerdo de todo.

Lo mismo ocurre con el amor. Le haces un gesto, le trazas un camino. Llega la ola, tan distinta de lo que imaginabas, tan salada y tan fría, y estalla contra tu corazón.

La carne se conforma con poco. Pero el corazón es insaciable; el corazón necesita amar, desesperarse, arder en cualquier fuego… Eso era lo que queríamos. Arder, consumirnos, devorar nuestros días como el fuego devora los bosques.


lunes, 28 de mayo de 2018

El Arbol


«No voy a luchar más, es inútil. Déjenla. Si no quiere estudiar, que no estudie. Si le gusta pasarse en la cocina, oyendo cuentos de ánimas, allá ella. Si le gustan las muñecas a los dieciséis años, que juegue». Y Brígida había conservado sus muñecas y permanecido totalmente ignorante.

Por eso se había casado con él. Porque al lado de aquel hombre solemne y taciturno no se sentía culpable de ser tal cual era: tonta, juguetona y perezosa. Sí, ahora que han pasado tantos años comprende que no se había casado con Luis por amor; sin embargo, no atina a comprender por qué, por qué se marchó ella un día, de pronto…

Trataba de vivir bajo su aliento, como una planta encerrada y sedienta que alarga sus ramas en busca de un clima propicio.

Soy un hombre muy ocupado. Se llega a mi edad hecho un esclavo de mil compromisos.

Caían páginas luminosas y enceguecedoras como espadas de oro, y páginas de una humedad malsana como el aliento de los pantanos; caían páginas de furiosa y breve tormenta, y páginas de viento caluroso, del viento que trae el «clavel del aire» y lo cuelga del inmenso gomero.

Brígida era la menor de seis niñas, todas diferentes de carácter. Cuando el padre llegaba por fin a su sexta hija, lo hacía tan perplejo y agotado por las cinco primeras que prefería simplificarse el día
declarándola retardada. "No voy a luchar más, es inútil. Déjenla. Si no quiere estudiar, que no estudie. Si le gusta pasarse en la cocina, oyendo cuentos de ánimas, allá ella. Si le gustan las muñecas a los dieciséis años, que juegue". Y Brígida había conservado sus muñecas y permanecido totalmente ignorante.

Él la alzaba y ella le rodeaba el cuello con los brazos, entre risas que eran como pequeños gorjeos y besos que le disparaba aturdidamente sobre los ojos, la frente y el pelo ya entonces canoso (¿es que nunca había sido joven?) como una lluvia desordenada. "Eres un collar —le decía Luis—. Eres como un collar de pájaros".

Sí, ahora que han pasado tantos años comprende  que no se había casado con Luis por amor; sin embargo, no atina a comprender por qué, por qué se marchó ella un día, de pronto...

—No tienes corazón, no tienes corazón —solía decirle a Luis. Latía tan adentro el corazón de su marido que no pudo oírlo sino rara vez y de modo inesperado—. Nunca estás conmigo cuando estás a mi lado — protestaba en la alcoba, cuando antes de dormirse él abría ritualmente
los periódicos de la tarde—. ¿Por qué te has casado conmigo?

Inconscientemente él se apartaba de ella para dormir, y ella inconscientemente, durante la noche entera, perseguía el hombro de su marido, buscaba su aliento, trataba de vivir bajo su aliento, como una planta encerrada y sedienta que alarga sus ramas en busca de un clima propicio.
—Estoy ocupado. No puedo acompañarte... Tengo mucho que hacer, no alcanzo a llegar para el almuerzo... Hola, sí estoy en el club. Un compromiso. Come y acuéstate... No. No sé. Más vale que no me esperes, Brígida.  —¡Si tuviera amigas! —suspiraba ella. Pero todo el mundo se aburría con ella. ¡Si tratara de ser un poco menos tonta! ¿Pero cómo
ganar de un tirón tanto terreno perdido? Para ser inteligente hay que empezar desde chica, ¿no es verdad?

Y de noche ¡qué cansado se acostaba siempre! Nunca la escuchaba del todo. Le sonreía, eso sí, le sonreía con una sonrisa que ella sabía maquinal. La colmaba de caricias de las que él estaba ausente. ¿Por qué se había casado con ella? Para continuar una costumbre, tal vez para estrechar la vieja relación de amistad con su padre.

Tal vez la vida consistía para los hombres en una serie de costumbres consentidas y continuas. Si alguna llegaba a quebrarse, probablemente se producía el desbarajuste, el fracaso. Y los hombres empezaban entonces a errar por las calles de la ciudad, a sentarse en los bancos de las plazas, cada día peor vestidos y con la barba más crecida. La vida de Luis, por lo tanto, consistía en llenar con una ocupación cada minuto del día. ¡Cómo no haberlo comprendido antes! Su padre tenía razón al declararla retardada.

En ella los impulsos se abatieron tan bruscamente como se habían precipitado. ¡A qué exaltarse inútilmente! Luis la quería con ternura y medida; si alguna vez llegara a odiarla, la odiaría con justicia y prudencia. Y eso era la vida. Se acercó a la ventana, apoyó la frente contra el vidrio glacial, Allí estaba el gomero recibiendo serenamente la lluvia que lo golpeaba, tranquilo y regular. El cuarto se inmovilizaba en la penumbra, ordenado y silencioso. Todo parecía detenerse, eterno y muy noble. Eso era la vida. Y había cierta grandeza en aceptarla así, mediocre, como algo definitivo, irremediable. Mientras del fondo de las cosas parecía brotar y subir una melodía de palabras graves y lentas que ella se quedó escuchando: "Siempre". "Nunca"...

Y noche a noche dormitaba junto a su marido, sufriendo por rachas. Pero cuando su dolor se condensaba hasta herirla como un puntazo, cuando la asediaba un deseo demasiado imperioso de despertar a Luis para pegarle o acariciarlo, se escurría de puntillas hacia el cuarto de vestir y abría la ventana.

Echada sobre el diván, ella esperaba pacientemente la hora de la cena, la llegada improbable de Luis. Había vuelto a hablarle, había vuelto a ser su mujer, sin entusiasmo y sin ira. Ya no lo quería. Pero ya no sufría. Por el contrario, se había apoderado de ella una inesperada sensación de plenitud, de placidez. Ya nadie ni nada podría herirla. Puede que la verdadera felicidad esté en la convicción de que se ha perdido irremediablemente la felicidad. Entonces empezamos a movernos por la vida sin esperanzas ni miedos, capaces de gozar por fin todos los pequeños goces, que son los más perdurables.  

Desnuda junto a un marido viejo que le volvía la espalda para dormir, que no le había dado hijos. No comprende cómo hasta entonces no había deseado tener hijos, cómo había llegado a conformarse a la idea de que iba a vivir sin hijos toda su vida.

No comprende cómo pudo soportar durante un año esa risa de Luis, esa risa demasiado jovial, esa risa postiza de hombre que se ha adiestrado en la risa porque es necesario reír en determinadas ocasiones. ¡Mentira! Eran mentiras su resignación y su serenidad; quería amor, sí, amor, y viajes y locuras, y amor, amor. . .