jueves, 12 de abril de 2018

Job / Joseph Roth


Hace muchos años vivía en Zuchnow un hombre llamado Mendel Singer. Era piadoso, temeroso de Dios y muy sencillo: un judío común y corriente, que ejercía la modesta profesión de maestro. En su casa, que se reducía toda ella a una amplia cocina, enseñaba la Biblia a un grupo de niños. Lo hacía con verdadero celo, pero sin notables resultados. Antes que él, miles de hombres habían vivido y enseñado de la misma manera.

Parecía un hombre más bien falto de tiempo y lleno de quehaceres urgentes.

El gris cortejo de los días laborables, dispuestos como en una ronda de fatigas.

Comprendía todas las palabras que se escondían tras aquella única palabra.

Estaba viviendo algo así como un segundo matrimonio, pero esta vez con la fealdad, la amargura y la senilidad progresiva de su mujer. La sentía más próxima que nunca, casi como en su propio cuerpo, inseparable y eterna; pero insoportable, atormentadora y hasta un poco odiosa. De una mujer con la que sólo se unía en la oscuridad, se había transformado en una enfermedad unida a él día y noche, que le pertenecía totalmente, que ya no necesitaba compartir con el mundo y cuya fiel enemistad lo iba aniquilando.

Te has vuelto tonto a fuerza de enseñar a esos niños. Tú les pasas toda tu inteligencia y ellos te dejan su ignorancia.

Era de noche en su corazón y cada una de sus alegrías ocultaba una pena desde que nació Menuchim.

Incluso para los milagros hay que tener suerte.

Temblaba ya la despedida en ese amor.

Lanzó un grito sin enterarse siquiera: su corazón tenía boca propia, y de ella salió el grito. El carro se detuvo, y Deborah saltó a tierra con la agilidad de una joven. Menuchim seguía en el umbral. La madre se dejo caer a su lado. —¡Mamá! ¡Mamá! —balbuceó el niño. Ella no se movió.

Pero ¿quién podría expresar la tempestad de miedos y tribulaciones que el alma de Menuchim, escondida por Dios bajo el impenetrable velo de la estupidez, debía de estar sufriendo en esos días?

No tenía ya la fuerza necesaria para creer; poco a poco la iban abandonando también las que se necesitan para soportar la desesperanza.

Un judío no podía desear nada mejor que irse a América.

Su corazón se fue enfriando lentamente y empezó a latir como un mazo metálico contra una superficie helada.

Le habían dicho que América era el God’s own country, el país de Dios, como en otros tiempos lo fue Palestina, y que Nueva York era the wonder city, la ciudad de los milagros, como la antigua Jerusalén. La oración se llamaba service, lo mismo que la beneficencia.

Todo lo repentino es malo; lo bueno llega siempre lentamente.

Un golpe de suerte suele traer otro.

Ya era demasiado viejo para gozar de lo nuevo, y demasiado débil para celebrar triunfos.

El calor del amor ya no existía entre nosotros, sino sólo el hielo de la rutina, todo se fue muriendo a nuestro alrededor.

De mí no se compadece, porque soy un muerto y estoy vivo.

Se dio cuenta que en realidad estaba solo hacía muchos años. Estaba solo desde que entre él y su mujer cesó todo placer.

Se está infantilizando, ya es viejo.

Es la alegría que precede a la muerte

Y descansó del peso de la dicha y de la magnitud de los milagros.

domingo, 11 de marzo de 2018

Las mujeres que aman demasiado / Robin Norwood


Las mujeres que aman demasiado
Robin Norwood

Nos atraen los hombres que reproducen la lucha que soportamos con nuestros padres, cuando tratábamos de ser lo suficientemente dignas, útiles, buenas, cariñosas e inteligentes para ganarnos su amor, la atención y la aprobación de aquellos que no podían darnos lo que necesitábamos debido a sus propios problemas y preocupaciones. Ahora funcionamos como si el amor, la atención y la aprobación no tuvieran importancia a menos que tratáramos de obtenerlo de un hombre que también es incapaz de dárnoslo.

A menudo aquellas que provenimos de hogares disfuncionales tuvimos padres irresponsables, inmaduros y débiles. Crecimos con rapidez y nos convertimos en pseudo adultas mucho tiempo antes de estar listas para la carga que suponía ese papel. Pero también nos complacía el poder que nos conferían nuestra familia y los demás. Ahora, como adultas, creemos que depende de nosotras hacer que nuestras relaciones funcionen bien, y a menudo formamos equipo con hombres irresponsables que nos culpan y contribuyen a nuestra sensación de que todo realmente depende de nosotras. Somos expertas en llevar esa carga.

Cuando amamos demasiado vivimos en un mundo de fantasía, donde el hombre con quien somos tan infelices o estamos tan insatisfechas, se transforma en lo que estamos seguras de que puede llegar a ser, y en lo que se convertirá con nuestra ayuda. Dado que sabemos tan poco cómo es ser feliz en una relación y tenemos muy poca experiencia en el hecho de que alguien a quien queremos satisfaga nuestras necesidades emocionales, ese mundo de ensueño es lo máximo que nos atrevemos a acercarnos para tener lo que queremos. Si ya tuviéramos a un hombre que fuera todo lo que quisiéramos, ¿para qué nos necesitaría? Y todo ese talento (y compulsión) para ayudar no tendría dónde operar. Una parte importante de nuestra identidad estaría desempleada. Por eso elegimos un hombre que no es lo que queremos…y seguimos soñando.

El azúcar refinado es casi idéntico en su estructura molecular al alcohol etílico, muchas hijas de alcohólicos desarrollan una adicción a ella y adquieren una forma compulsiva de comer. El azúcar refinado no es una comida, sino una droga. No tiene valor alimenticio; sólo calorías vacías. Puede alterar en forma dramática la química cerebral y es una sustancia altamente adictiva para mucha gente.

Es tan distinto salir con alguien y realmente prestar atención respecto de si me gusta, si lo estoy pasando bien, si me parece una persona agradable. 

Siempre trataba de agradar a quienquiera que estuviese conmigo, de asegurarme que él lo pasara bien conmigo y pensara que yo era una persona agradable.

Cuando los esfuerzos por ayudar provienen de personas con antecedentes desdichados, o que están atravesando relaciones llenas de tensiones, siempre hay que sospechar la necesidad de controlar. Cuando hacemos por otro lo que él mismo puede hacer, cuando planeamos el futuro o las actividades diarias de otro, cuando sugerimos, aconsejamos, recordamos, advertimos o tratamos de persuadir con halagos a alguien que no es una criatura, cuando no podemos soportar
que esa persona enfrente las consecuencias de sus actos y por eso tratamos de cambiar sus actos o prevenir las consecuencias de los mismos: eso es controlar. Nuestra esperanza es que si podemos controlar a esa persona, entonces podemos controlar nuestros sentimientos en los aspectos en que nuestra vida se une a la suya. Y, por supuesto, cuanto más nos esforzamos por controlarlo, menos podemos hacerlo. Pero no podemos detenernos.

Cuando los esfuerzos por ayudar provienen de personas con antecedentes desdichados, o que están atravesando relaciones llenas de tensiones, siempre hay que sospechar la necesidad de controlar. Cuando hacemos por otro lo que él mismo puede hacer, cuando planeamos el futuro o las actividades diarias de otro, cuando sugerimos, aconsejamos, recordamos, advertimos o tratamos de persuadir con halagos a alguien que no es una criatura, cuando no podemos soportar que esa persona enfrente las consecuencias de sus actos y por eso tratamos de cambiar sus actos o prevenir las consecuencias de los mismos: eso es controlar. Nuestra esperanza es que si podemos controlar a esa persona, entonces podemos controlar nuestros sentimientos en los aspectos en que nuestra vida se une a la suya. Y, por supuesto, cuanto más nos esforzamos por controlarlo, menos podemos hacerlo. Pero no podemos detenernos.

Mientras usted se concentre en cambiar a alguien sobre quien no tiene poder (y nadie tiene poder para cambiar a nadie más que a si mismo), no puede emplear sus energías para ayudarse a si misma. Lamentablemente el hecho de cambiar a alguien nos resulta mucho más atractivo que trabajar sobre nosotras mismas, de modo que hasta que abandonemos la noción anterior nunca podremos ponernos a trabajar en la segunda. La mayor parte de la locura y la desesperación que usted experimenta proviene directamente de sus intentos de dirigir y controlar lo que no puede. Piense en todos los intentos que ha hecho: los interminables sermones, los ruegos, las amenazas, extorsiones, tal vez incluso violencia, todos los caminos que se ha probado y que no han dado resultado. Y recuerde como se sintió después de cada intento fallido. Su autoestima se redujo aún más, y se volvió más ansiosa, más impotente, más furiosa. La única manera de salir de toso esto es abandonar los intentos de controlar lo que no puede: a él y su vida. Finalmente, es necesario dejar de hacerlo porque casi nunca cambiara ante esa presión por parte de usted. Lo que debiera ser problema de él empieza a parecer de usted, y, de alguna manera, usted termina atascada en ese problema a menos que deje de intentarlo. Aún cuando él trate de apaciguarla con alguna promesa de cambiar sus costumbres, es probable que vuelva a su viejo comportamiento, a menudo con mucho resentimiento hacia usted. Recuerde: si usted es la razón por la cual el abandona una conducta, también será la razón por la cual la reanude.

La mayoría de quienes amamos demasiado estamos atrapadas en el hábito de culpar a los otros por la infelicidad de nuestra vida, mientras negamos nuestras propias decisiones. Este es un enfoque canceroso de la vida, que debe extirparse de raíz y eliminarse, y la forma de hacerlo es examinarnos a fondo y con honestidad. Solo al ver nuestros problemas y fallas (también nuestros aspectos buenos y éxitos) como nuestros, en lugar de verlos como de alguna manera relacionada
con él, podemos tomar las medidas necesarias para cambiar aquello que hay que cambiar.

No esperar a que el cambie antes de seguir con la vida. Esto también significa no esperar el apoyo de él- en cuestiones financieras, emocionales o prácticas para iniciar o cambiar de carrera, retomar sus estudios o lo que usted desee hacer. En lugar de subordinar sus planes a la cooperación de él, actúe como si no tuviese en que quien más que apoyarse que usted misma. Cubra todas las contingencias – el cuidado de los hijos, dinero, tiempo, transporte – sin usarlo a él como recurso (ni como excusa!). Si, mientras lee esto usted está protestando que sin la colaboración de él son imposibles sus planes, considere sola o con una amiga, como lo haría si no lo conociera. Descubrirá que es muy posible hacer que la vida funcione bien para usted cuando deje de depender de la de él y haga uso de todas sus otras alternativas.

Cultivarse significa actuar en pro de sus intereses. Si usted ha estado demasiado ocupada con él por demasiado tiempo y no tiene vida propia, entonces comience por tomar muchos caminos distintos para averiguar que le atrae. Esto no es fácil para la mayoría de las mujeres que aman demasiado. Dado que ese hombre fue su proyecto durante tanto tiempo, se sienten incómodas al pasar a concentrarse en si mismas y analizar lo que es bueno para su crecimiento personal. Esté dispuesta a probar por lo menos una actividad nueva por semana. Vea la vida como si fuera una mesa de platos variados, y sírvase muchas experiencias distintas para poder descubrir que la atrae.

Cultivarse significa correr riesgos, conocer gente nueva, entrar a un aula por primera vez en años, hacer un viaje sola, buscar empleo...cualquier cosa que sepa Ud. que necesita hacer, pero no ha podido reunir el coraje suficiente para emprenderla. Este es el momento de zambullirse. En la vida no hay errores, sin solo lecciones, de modo que salga y permítase aprender algo de lo que la vida quiere enseñarle. Utilice su grupo de apoyo como fuente de aliento y retroalimentación. (No recurra a su relación ni a aquella familia disfuncional de origen en busca de aliento. Ellos necesitan que usted siga siendo la misma, para poder seguir siendo los mismos. No se sabotee usted misma ni a su crecimiento apoyándose en ellos.)

Cada día haga cosas que no desee hacer, a fin de flexibilizarse y expandir su idea de quien es usted y de que es capaz de hacer. Defiéndase cuando preferiría fingir que no le importa, o vuélvase sobre un punto insatisfactorio aunque prefiera hacerlo a un lado. Haga esa llamada telefónica que preferiría evitar. Aprenda a cuidarse mejor y a preocuparse menos por los demás en sus interacciones. Diga que no para complacerse, en lugar de decir sí para complacer a otro. Pida con claridad algo que desee, y arriésguese a que se lo nieguen.
Al comenzar a ponerse en primer lugar, usted debe aprender a tolerar la ira y la desaprobación de los demás. Son reacciones inevitables de aquellos cuyo bienestar usted había puesto hasta ahora antes que el propio. No discuta, no se disculpe ni trate de justificarse. Manténgase lo más serena y alegre que le sea posible y siga con sus actividades. Los cambios que usted está haciendo en su vida requieren que los que la rodean también cambien, y es natural que se resistan. Pero a menos que usted dé crédito a esa indignación, durará bastante poco. 

No es más que un intento por llevarla a su viejo comportamiento abnegado, a hacer por ellos lo que ellos pueden y deberían hacer solos. Usted debe escuchar con atención a su voz interior en cuanto a lo que es bueno o correcto para usted, luego hacerle caso. Así desarrolla un sano interés por usted misma: escuchando sus propios indicios. Es probable que, hasta ahora, usted ha tenido una capacidad casi psíquica para captar los indicios de los demás sobre la forma en que querían que usted se comportara. "Desconecte" esos indicios, o continuarán sofocando los suyos.

Finalmente volverse egoísta requiere que usted reconozca que su valor es grande, que sus talentos son dignos de expresión, que su realización personal es tan importante como la de cualquier persona, y que su mejor identidad personal es el mejor regalo que tiene usted para el mundo en general y, más especialmente, para quienes están más cerca de usted.

Permitir que te amen es mucho más difícil porque debe venir de un sitio muy privado, el sitio donde tú ya te amas.

Éstas son las características de una mujer que se ha recuperado de amar demasiado.
1. Se acepta por completo, aún cuando desea cambiar partes de sí misma. Hay un amor propio y una autoconsideración básicos, que ella alimenta con cuidado y expande con decisión.
2. Acepta a los demás tal como son, sin tratar de cambiarlos para satisfacer sus propias necesidades.
3. Está en contacto con sus sentimientos y actitudes en todos los aspectos de su vida, inclusive la sexualidad.
4. Atesora cada aspecto de sí misma: su personalidad, su apariencia, sus creencias y principios, su cuerpo, sus intereses y logros. Se auto aprueba, en lugar de buscar una relación que le otorgue una sensación de valor propio.
5. Su autoestima es lo suficientemente grande para que pueda disfrutar de la compañía de los demás, especialmente de los hombres, que le parecen bien tal como son. No necesita que la necesiten para sentirse digna.
6. Se permite ser abierta y confiada con la gente apropiada. No teme que la conozcan en un nivel personal profundo, pero tampoco se expone a la explotación de quienes no se interesan por su bienestar.
7. Se pregunta: “¿Esta relación es buena para mí? ¿Me permite llegar a ser todo lo que soy capaz de ser?”
8. Cuando una relación es destructiva, es capaz de renunciar a ella sin experimentar una depresión incapacitante. Tiene un círculo de amigos que la apoyan e intereses sanos que la ayudan a superar la crisis.
9. Valora su propia serenidad por sobre todas las cosas. Todas las luchas, el drama y el caso del pasado han perdido su atracción. Se protege a sí misma, su salud y su bienestar.
10. Sabe que una relación, para que funcione, debe darse entre dos personas que compartan objetivos, intereses y valores similares, y que tengan capacidad para la intimidad. Sabe también que ella es digna de lo mejor que le pueda ofrecer la vida.

A menos que tengamos autoaceptación y amor propio, no podemos tolerar que nos “conozcan”, porque sin esos sentimientos no podemos creer que somos dignas de ser amadas tal como somos. En cambio, tratamos de ganar amor dándolo a otra persona, siendo maternales y pacientes, sufriendo y sacrificándonos, proporcionando una vida sexual excitante o cocinando de maravillas, o lo que sea.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Una vida sin límites, Nick Vujicic


Una vida sin límites, Nick Vujicic 

Lo que más importa son aquellas vidas que tocas a lo largo del camino y la manera en que terminas tu viaje.

SI NO PUEDES OBTENER UN MILAGRO, CONVIÉRTETE EN ÉL

Tu frustración es prueba de que deseas en la vida algo más de lo que tienes ahora y eso es bueno. Con mucha frecuencia los retos de la vida son los que nos muestran quiénes deberíamos ser en realidad.

Si confiamos totalmente en Dios, la felicidad puede llegar en cualquier circunstancia.


Algunas heridas se curan más rápido si te mantienes en movimiento.

No todo el tiempo puedes controlar lo que te sucede; siempre pasa algo en la vida que no es tu culpa o que no está en tus manos evitar. Pero tienes la opción de darte por vencido o de seguir luchando por una mejor vida. Mi consejo es que tengas en mente que todo sucede por alguna razón y que, al final, siempre habrá un resultado favorable.

Cuando encuentras algo que te mueve por completo, que harías durante todo el día aunque no te pagaran, entonces estás en el camino correcto. Cuando encuentras a alguien que está dispuesto a pagarte por hacerlo, entonces ya también tienes una carrera.

No nos es posible ver lo que nos espera. Ésas son la buena y la mala noticia. Yo te puedo animar diciéndote que lo que te espera adelante es mucho mejor de lo que hayas podido imaginar, pero, es tu responsabilidad sobreponerte, levantarte y ¡presentarte ahí!

Esa es tu realidad y tienes que trabajar con ella. La vida no es una carrera corta, es un maratón. El deseo que tienes de obtener más significado es un símbolo de que estás creciendo, de que te mueves más allá de tus límites y de que estás desarrollando tus talentos. Es muy sano que, de vez en cuando, te fijes en dónde estás y te preguntes si tus acciones y prioridades están dirigidas hacia tu propósito más alto.

Te debes mover más allá de la búsqueda de la satisfacción personal y alcanzar aquella búsqueda más madura, la búsqueda de significado y plenitud.

Las mayores recompensas llegan cuando te entregas a ti mismo. Se trata de mejorar la vida de otros, de ser parte de algo más grande que tú mismo. Se trata de hacer una diferencia positiva.

Estoy seguro de que Dios no comete errores, sino milagros. Yo soy uno de ellos. Y tú, también.

Tú y yo, somos solamente humanos, no podemos ver el futuro. En lugar de eso podemos imaginar las posibilidades. Sólo Dios sabe lo que nos depara la vida, y la esperanza es el regalo que nos ha brindado. Es una ventana por la que podemos mirar. No es posible conocer el futuro que Dios nos ha designado, pero debes confiar en Él, mantener la esperanza en tu corazón, incluso cuando te enfrentes a lo peor, debes hacer lo necesario y ¡prepararte siempre para lo mejor!

Una de las mejores maneras que he encontrado para mantener mi fe cuando nuestras oraciones no reciben respuesta es acercarme a otros. Si tu sufrimiento se convierte en una carga, trata de acercarte a alguien y de aligerar su carga, trata de darle esperanza. Anímalo y bríndale consuelo, hazle saber que no está solo. Ofrece compasión cuando tú la necesites, ofrece amistad cuando te sientas solo. Regala esperanza cuando a ti más falta te haga.

Si dices que no tienes esperanza, significa que tienes cero posibilidades de que vuelva a suceder algo bueno en tu vida.

La esperanza, con la fe y el amor, es uno de los pilares de la espiritualidad. Sin importar cuáles sean tus creencias, nunca debes dejar que la esperanza te abandone porque todo lo bueno de la vida comienza gracias a ella. Si no tuvieras esperanza, ¿acaso te atreverías a planear una familia? Sin esperanza, ¿tratarías de aprender algo nuevo? La esperanza es el trampolín para casi todos los pasos que damos; la esperanza que yo tengo al escribir este libro es que tú encuentres una vida mejor, una vida sin límites.

Mantente en movimiento porque la actividad produce inercia y, a su vez, esta inercia provoca oportunidades inesperadas.

Debes creer que Dios te proveerá aquello que te hace falta.

Tienes que confiar en Dios y recordar que estás aquí por alguna razón, tienes que dedicarte a llenar ese propósito.

Necesitamos responsabilizarnos de nuestra propia felicidad y éxito. Puede ser que tus amigos y tu familia vean por ti en momentos de necesidad y eso lo debes agradecer. Debes agradecer su esfuerzo, pero tú debes seguir insistiendo por ti mismo. Entre más esfuerzo inviertas, más oportunidades crearás.

A veces, aquellos problemas que sentimos que nos detienen, en realidad nos están fortaleciendo. Tienes que mantenerte abierto a la posibilidad de que la discapacidad de hoy se pueda convertir en la ventaja del mañana.

Creo que en realidad quedé discapacitado en el momento en que perdí la fe. Créeme, perder la fe es mucho peor que no tener extremidades.

Debemos confiar en ciertas realidades invisibles. ¿Por qué? Porque todos enfrentamos dificultades: tú las tienes y yo las tengo. Hay momentos en la vida en que no encontramos el camino para salir, pero es justo ahí en donde aparece la fe.

¿Por qué a mí?, lo único que podemos hacer es confiar en que el plan que Dios tiene para nosotros será revelado a su tiempo. Hasta ese momento, debemos guiarnos por la fe.

La mayoría del tiempo me mantengo tranquilo porque sé que Dios me cuida.

No olvides eso: Todo es posible. Cuando te sientas que te ha tumbado un problema enorme, confía en que todo es posible. Al principio tal vez no encuentres la salida, pero debes creer que las circunstancias pueden variar, que pueden llegar soluciones y que la ayuda te llegará de lugares inesperados. Entonces, ¡todo es posible!

Tu objetivo siempre debe ser un final feliz. ¿Por qué no intentarlo?

Es fundamental tener paciencia porque estás plantando semillas, porque tienes que soportar el mal tiempo y esperar la cosecha. Pero, si encuentras un obstáculo, lo más importante es que no cometas ninguna tontería. No estrellas tu cabeza contra el problema y no das la vuelta para alejarte: buscas una solución y confías en que todos los obstáculos tienen un propósito.

Sin importar lo difícil, cruel e implacable que sea tu vida, debes mantenerte firme.

La adversidad y la desilusión no son divertidas, no tienes que fingir que las disfrutas, pero debes creer en que se avecinan mejores días, que la vida será plena y llena de propósito.

Quizás, ahora no puedes ver el camino, pero eso no significa que no esté ahí. Ten fe, tu historia te está esperando y ¡yo sé que será increíble!

Te sientes feliz contigo porque logras hacer felices a los que te rodean.
No sirve de nada lograr que alguien te ame si no te amas tú mismo.

La belleza, en realidad, se encuentra en los ojos de quien la contempla.

Tiene que haber una mejor manera de celebrar tu individualidad que seguir las mismas modas y tendencias.

He decidido que mi belleza radica en mis diferencias, en el hecho de que soy distinto a todos los demás. Tengo unicidad. Nunca, nadie, podrá decir que soy “promedio” o “sólo un tipo más”. Tal vez no soy el más alto entre la multitud, pero, ciertamente, destaco.

En lugar de regodearte en la compasión, trata de aligerar el dolor de alguien más.

Si no puedes resolver tus propios problemas, trata de ser la solución para alguien más. Después de todo, es mejor dar que recibir, ¿no? Si no te amas a ti mismo, entonces, entrégate. Te sorprenderá lo valioso que te sentirás si lo haces.

La única cura segura para la compasión es amarse y aceptarse a sí mismo. Las drogas, el alcohol y la promiscuidad, sólo ofrecen alivio temporal. Tarde o temprano siempre te traerán más dolor.

El mejor consejo que tengo para encontrar la felicidad interior es tratar de ver más allá de ti mismo y usa tus talentos, tu inteligencia y tu personalidad para que la vida de alguien más, pueda ser mejor.

Hay un gran poder que proviene del control de tu actitud, de ajustar tu carácter y deshacerte de comportamientos que puedan amenazar la capacidad que tienes de vivir sin límites.

Si lo que has hecho hasta el momento no ha funcionado, entonces tienes en tus manos el poder de ajustar tu actitud y cambiar tu vida.

Es perfectamente normal que al sufrir una tragedia o atravesar una crisis personal, pases las etapas de miedo, enojo y tristeza. Pero en algún momento todos tenemos que decir: “Sigo aquí.

¿Quiero pasar el resto de mi vida revolcándome en la miseria, o quiero superar lo que sucedió y seguir tratando de alcanzar mis sueños?”
Si elegimos la actitud correcta, nos podemos sobreponer a todos los imprevistos que debemos afrontar.

Lo más probable es que no tengas control sobre el próximo obstáculo que aparezca en tu vida. Imagina que un huracán llega a tu casa, un conductor ebrio choca contra tu auto, tu jefe te corre, tu pareja te dice “necesito tiempo”. En fin, todos recibimos eso de vez en cuando. Así que puedes sentirte triste y mal, pero luego, levántate y pregunta: ¿Qué sigue? Después de un rato de sollozar, de quejarte o de derramar todas las lágrimas en tu pecera, levántate y efectúa un ajuste en tu actitud.

Cuando permites que las circunstancias que están más allá de tu control determinen tu actitud y tus acciones, te arriesgas a caer en una espiral sin fondo de decisiones apresuradas y juicios subjetivos. Te arriesgas a exagerar, a rendirte demasiado pronto y a perder esas maravillosas oportunidades que siempre, la verdad, siempre surgen cuando crees que la vida no podría empeorar.

Si nos sentimos merecedores de una buena vida, en cuanto algo terrible sucede, tenemos la sensación de que alguien nos ha robado y ofendido. Tratamos de buscar culpables y exigir una compensación para nuestra desgracia, cualquiera que ésta sea. En ese estado mental de ensimismamiento, es muy fácil convertirse en víctima profesional. Además, las fiestas para celebrar la autocompasión son las más aburridas, improductivas e inútiles que hay. Lo único que se escucha es: “Pobre, pobre de mí” y, tarde o temprano, querrás jalarte los pelos y salir corriendo de ahí.

“Vive un día a la vez con la fortaleza de Dios y te convertirás en algo más grande que un conquistador»”

Ella descubrió que jugar a la víctima la arrastraría hasta el fondo, mucho más debajo del sitio adonde su parálisis la había llevado. Se dio cuenta de que agradecer las bendiciones que tienes y que vendrán es lo que te levanta.

A veces el mejor método para salir de un bache o para sortear un obstáculo, es tratar de mejorar tu existencia o la de otros. Sócrates dijo: “Aquel que quiera mover el mundo, deberá moverse a sí mismo primero”. Cuando parece que la vida no te da tregua, trata de darle tregua a alguien. Cuando algo te golpea y te tira, algo como una pérdida o una tragedia abrumadora, date tiempo para llorar y luego actúa para sacar algo bueno de la tragedia.

Adoptar una actitud de acción te ayuda a crear inercia positiva. Los primeros pasos son los más difíciles, sin duda alguna. Al principio, hasta levantarte de la cama te parecerá imposible, pero en cuanto te hayas levantado, podrás moverte hacia delante y, mientras te mantengas mirando al frente, estarás en el camino que te aleja del pasado y te acerca al futuro.

Adoptar actitudes de acción.

Cuando afrontas tribulaciones, tragedias o Desafíos, en lugar de mirar hacia adentro, mira a tu alrededor. En lugar de sentirte lastimado y buscar compasión, encuentra a alguien que tenga heridas más grandes y ayúdale a curarlas. Tu dolor y tu pena son legítimos, pero sufrir es parte de ser humano y, tratar de conectarse con otros es una forma de sanar al tiempo que ayudas a que otros sanen.

Mientras yo siguiera culpando a otros por mi falta de brazos y piernas, no tendría necesidad de hacerme responsable de mi futuro. Cuando tomé la decisión consciente de perdonar a Dios y a mis doctores, y continuar con mi vida, me sentí mucho mejor física y emocionalmente. Además, sentí que había llegado el momento de responsabilizarme por el resto de mi vida.

La actitud de perdón es lo que me liberó porque, verás, cuando te aferras a antiguas heridas, lo único que logras es concederle poder y control a quienes te lastimaron. En cambio, cuando los perdonas, cortas los vínculos que tienes con esas personas, así ya no formarán parte de tu cadena. 

Tampoco insistas en pensar que les estás haciendo un favor al perdonarlas, en todo caso, hazlo por ti mismo.

Cuando tienes una actitud de perdón, echas a andar todo tipo de energías. Y recuerda que esta actitud también te ayuda a perdonarte a ti mismo.

El miedo es sólo un estado de ánimo, una sensación, ¡no es real!

Usar el miedo como una herramienta motivacional que nos sirva para perseguir nuestros sueños y lograr la vida que queremos.

Necesito hacer más por mí mismo.

Encuentra la energía que generan tu miedo, fracaso, rechazo o sentimientos similares y utilízala para darle impulso a todas esas acciones positivas que te acercan a tu sueño.

AL CAER NO ECHES RAÍCES EN EL SUELO

Algunas de nuestras mayores experiencias, el crecimiento y las recompensas nos llegan como resultado de un cambio de lugar, de empleo, de materia de estudios o de pareja.

Si estás escalando o pensando en tomar un nuevo camino en la vida, el reto es dejar esa tenue sensación de seguridad. Tienes que dejar tu base anterior y aferrarte a la nueva.

No puedes continuar creciendo si no enfrentas cambios; aunque el proceso puede ser muy estresante y doloroso en el aspecto emocional y físico, por lo general, el crecimiento vale la pena.

La construcción de una amistad es como tener una cuenta de ahorros: no puedes esperar sacar algo si no has depositado.

Reconocer que nadie logra tener éxito si no se beneficia de la sabiduría, la gentileza o la mano amiga de otras personas.

Es posible vivir una vida sin límites, pero no se puede vivir una vida que no incluya tener amistades
Confiables.

Creo que el verdadero secreto del carisma es lograr que cada persona que conoces tenga la sensación de que, cuando hablan contigo, captan tu atención por completo.

No sólo debes enfocarte en tu trabajo y tratar de tener éxito, significa que debes ayudar a otros a realizar su trabajo y apoyarlos para que puedan triunfar. Sintonízate con los demás.

Para alcanzar tus sueños debes ponerte en acción, moverte o morir, actuar o ser manipulado. Si no tienes lo que deseas, tienes que comenzar a considerar crearlo tú mismo.

GENERA TUS PROPIOS LOGROS

Sé sensible, desarrolla estándares altos y criterios estrictos para evaluar la forma en que inviertes tu tiempo y energía. No bases tus elecciones en lo que se siente bien en ese momento, sino en lo que te sirve para alcanzar tus propósitos. Mídelas de acuerdo con tus valores y principios. Yo siempre uso la regla del abuelo Nick: ¿ Van a estar mis nietos orgullosos de esta decisión o pensarán que su abuelito se hizo senil estando aún muy joven?

Si tienes mucho o poco que ofrecer, sólo recuerda que los pequeños actos de gentileza son tan valiosos como las grandes donaciones. Si logras hacer la diferencia para una sola persona, ya con eso habrás logrado algo importante.

Todo aquello que deseas para ti, hazlo por otros. Si los pequeños actos de compasión los conviertes en parte de todos los días, te sentirás más poderoso y te liberarás de tus heridas y desilusiones.

martes, 20 de febrero de 2018

DIOS MIO, HAZME VIUDA, POR FAVOR


DIOS MIO, HAZME VIUDA, POR FAVOR; JOSEFINA VAZQUEZ MOTA

Anulamos tres cuartas partes de nosotras mismas, con el fin de complacer a los demás.

Cuando no nos amamos, somos vulnerables y eso significa capaces de ser heridos.

Mujeres aburridas cuando hay tanto por ser, por hacer, por querer, por compartir, por darnos más allá de un satisfactor material. Mujeres en cuyos años de más energía decidieron hacer de la cafetería cercana al colegio de sus hijos su segundo hogar, y mientras los mandaban a estudiar a unos, y a trabajar a otros para deshacerse de ellos, las horas parecían interminables comentando la vida de los demás. Elegir esta opción es respetable, pero los resultados suelen ser pobres porque vamos perdiendo la pasión y alegría por vivir. La vida se lleva al terreno vegetativo, sin desarrollar lo que tenemos dentro.

Cuando no sabemos ni queremos elegir, dejamos que otros lo hagan por nosotras y después nos andamos quejando de por vida porque nos casamos con lo que sea, trabajamos en lo que sea, comemos lo que sea, tenemos una familia como lo que sea.

Si basamos nuestra autoestima sólo en lo externo corremos el riesgo de vaciarnos por dentro.

Cuando lo mejor de nosotras lo tenemos fuera, resulta insuficiente para vivir y ser felices.

Gustarse es abrir los horizontes afectivos, es arriesgarse y aumentar nuestras probabilidades de conocer a otros. La verdad es que nadie puede dejar de gustarse si se observa con cuidado y con afecto.

Si te tratas mal y eres irrespetuosa con tu persona, tu diálogo obrará como un freno. Elimina de tus respuestas y juicios el no soy capaz, porque cada vez que te lo repites confirmas tu inseguridad y afianzas tus temores.
En el cuento de Alicia en el País de las Maravillas hay una escena en donde Alicia se extravía y al encontrarse frente a diversos caminos pregunta a un gato sabio:
—¿Qué camino debo seguir?
—¿A dónde quieres ir, Alicia?
—La verdad, no lo sé, responde ella.
—Entonces, Alicia, no importa qué camino tomes, de todas formas te llevará a ninguna parte.

El dolor absorbe todas nuestras energías y, hasta que lo manejamos con éxito o ya no podemos soportarlo, somos capaces de andar por nuevos caminos, de volver a amarnos a nosotras mismas y a los demás.
DESDE FRASES tan trilladas y reveladoras como: es que mi marido no me saca los domingos, como si fuéramos mascotas y no personas, hasta toda una serie de expresiones que utilizamos para justificar los múltiples "porqués" de nuestros fracasos y debilidades, son características de la mujer víctima de las circunstancias.

Detrás de una víctima solemos encontrar un ser humano con miedo de enfrentar su realidad. Las víctimas, para existir, deben tener un victimario, un chivo expiatorio, y cuantos más sean pues mejor, porque así tendrán más recursos para esconder temores y fracasos. Los victimarios más comunes se encuentran entre aquéllos más cercanos a nosotras, son aquéllos a quienes decimos amar y hacer la razón de nuestra existencia, y al mismo tiempo los convertimos en causantes de nuestras pesadas cargas. Sin nuestros victimarios la vida perdería sentido porque los actos frecuentemente "heroicos" de una víctima no encontrarían sustento ni justificación alguna.

Las víctimas viven muchas facetas y su vida es una permanente actuación, un actuar en contra de sí mismas y también de los demás. Una actuación que termina por confundirías, pues a la larga será muy difícil distinguir a la verdadera persona de entre tantas máscaras que ha fabricado.

Las víctimas desarrollan consciente o inconscientemente armas poderosas y altamente dañinas que esgrimen contra aquéllos a los que han tenido que dedicar toda su vida. La manipulación, el chantaje, los llantos incontenibles, los reclamos por más atención y tiempo, que pueden ser verbales y directos, o manifestarse por múltiples enfermedades o mensajes manipuladores cuya intensidad y gravedad dependerán del propósito que la víctima se proponga conseguir.

Aceptar toda la responsabilidad de nuestros actos, incluyendo nuestras respuestas emocionales y de comportamiento ante todas las situaciones de nuestra vida, es el paso definitivo a la madurez humana.

Aceptar toda la responsabilidad de nuestros actos, incluyendo nuestras respuestas emocionales y de comportamiento ante todas las situaciones de nuestra vida, es el paso definitivo a la madurez humana.

Rezaba un niño antes de dormir: "Dios mío, haz a los malos buenos y a los buenos, divertidos".

El dolor no es inaguantable, lo inaguantable es tener el cuerpo aquí y la mente en el pasado y el futuro. ANTHONY DE MELLO

EL PASADO no puede cambiarse, por muy bueno o doloroso que haya sido. Lo que sí podemos hacer es cambiar nuestra actitud respecto al pasado y tomar de éste aquello que nos haga más fuertes. Vivir atrapados en el pasado es elegir morir en el presente y negarnos la posibilidad de un mejor futuro. Cuando creemos que todo era mejor ayer, o bien cuando no superamos lo vivido, arrastramos cadenas que terminarán por hundirnos. Cada cosa que hacemos deja huella en nosotros, por eso puede decirse que el hombre es rehén de su historia. El pasado debe enlatarse y debemos fugarnos hacia el futuro.

Los rencores, la venganza, el dolor, los remordimientos y una interminable lista de culpas lograrán hacernos esclavas de lo irremediable.

Si el pasado lastima, será mejor cerrar la página y seguir adelante. Por el contrario, si los sucesos vividos nos dan alegría y fortaleza, hay que construir sobre ellos el presente y hacer la elección del futuro que queremos.

Renunciar a ciertas ideas viejas es indispensable para crecer. Debo aprender cómo desprenderme de la imagen fija de quien creo que soy. Si quiero crecer, debo desengancharme de mi pasado. La adicción es lo contrario a la libertad. ...es cualquier cosa que mantenga el control de nuestras vidas y es progresiva y mortal...

La adicción es un proceso que se usa para evitar o eliminar cualquier realidad que sea para nosotros intolerable o dolorosa.

El dar ejemplo está siendo uno de los grandes ausentes en la vida familiar.

La mejor definición de matrimonio que he encontrado es aquella que establece que un matrimonio es de tres: Tú, con todo lo que eres, sientes, amas, anhelas. Yo, con todo mi ser y sentir. Nosotros, con un proyecto de vida en común. En este tipo de relaciones: "yo"puedo ser"yo", tú"puedes ser"tú"y "nosotros" podemos ser "nosotros".

Es así que le damos al otro la misma libertad que nosotros queremos tener y lo aceptamos tal cual es. No utilizamos nuestro amor para cambiarlo, sino para afirmarlo.
 

sábado, 10 de febrero de 2018

Cómo perdonar / Jean Monbourquette

Cómo Perdonar;  Jean Monbourquette

En el perdón no debemos conformamos con no vengarnos, sino que tenemos que atrevernos a llegar hasta la raíz de las tendencias agresivas desviadas para extirparlas de nosotros mismos y detener sus efectos devastadores antes de que sea demasiado tarde.

Sólo el perdón puede romper estas reacciones en cadena y detener los gestos repetitivos de venganza para transformarlos en gestos creadores de vida.

Quien ha sido dominado y humillado en su infancia determinará no dejarse maltratar nunca más, por lo que estará siempre sobre aviso. Además, tendrá propensión a inventar historias de complots o de posibles ataques contra él. Esta situación interior de tensión sólo podrá solucionarla la curación en profundidad que opera el perdón.

El resentimiento, cólera disfrazada que supura de una herida mal curada.

El estrés creado por el resentimiento puede llegar a afectar al sistema inmunitario, el cual, siempre en estado de alerta, ya no sabe descubrir al enemigo, ya no reconoce los agentes patógenos y llega incluso a atacar órganos sanos, a pesar de estar destinado a protegerlos. Así se explica la génesis de diversas enfermedades, tales como la artritis, la ateroesclerosis, la esclerosis en placas, las enfermedades cardiovasculares, la diabetes...

La persona que no quiere o no puede perdonar difícilmente logra vivir el momento presente. Se aferra con obstinación al pasado y, por eso mismo, se condena a malograr su presente, además de bloquear su futuro.

Al ofensor supone reconocer que el sufrimiento posee un alcance mágico que dista mucho de tener. No cabe duda de que la imagen del ofensor humillado y sufriendo proporciona al vengador un gozo narcisista; extiende un bálsamo temporal sobre su sufrimiento personal y su humillación;  da al ofendido la sensación de ya no estar solo en la desgracia. Pero ¿a qué precio? Es una mínima satisfacción, que no es auténticamente gratificante y carece de creatividad relacional.

El perdón ayuda a la memoria a sanar; con él, el recuerdo de la herida pierde virulencia. El suceso desgraciado está cada vez menos presente y es menos obsesivo; la herida va poco a poco  cicatrizando; el recuerdo de la ofensa ya no inflige dolor. Por eso la memoria curada se libera y puede emplearse en actividades distintas del recuerdo deprimente de la ofensa.
Reducir el perdón, como cualquier otra práctica espiritual, a una obligación moral es contraproducente, porque, al hacerlo, el perdón pierde su carácter gratuito y espontáneo.

Una amiga me confesaba su preferencia por la fórmula siguiente: «Perdona nuestras ofensas para que podamos perdonar a los que nos han ofendido».

Perdonar no significa sentirse como antes de la ofensa.

Con frecuencia confundimos perdón y reconciliación, como si el acto de perdonar consistiese en restablecer unas relaciones idénticas a las que teníamos antes de la ofensa. En las relaciones íntimas de parentesco, de vida común y de trabajo, la reconciliación debería ser la consecuencia normal del perdón. Pero el perdón en sí mismo no es sinónimo de reconciliación, porque puede tener su razón de ser sin que ésta exista. Pero es un error pensar que una vez concedido el perdón es posible relacionarse como antes con el ofensor. ¿Se pueden recuperar los huevos después de haber hecho
una tortilla?; ¿se puede recobrar la harina una vez cocido el pan? Es imposible volver al pasado después de haber sufrido una ofensa.

El perdón que no combate la injusticia, lejos de ser un signo de fuerza y de valor, lo es de debilidad y de falsa tolerancia, lo que incita a la perpetuación del crimen. Es lo que algunos obispos no han entendido y, después de haber sido informados de que algún miembro del clero había cometido abusos sexuales, no han intervenido a tiempo y con firmeza.

«Le perdono, no es culpa suya». Esta frase refleja otro concepto erróneo del perdón. Erróneo porque perdonar no equivale a disculpar al otro, es decir, descargarle de cualquier responsabilidad moral. No faltan los pretextos para justificar esta postura: la influencia de la herencia, de la educación, de la cultura ambiente... En tal caso, nadie sería responsable de sus actos, porque nadie gozaría de suficiente libertad. ¿No se interpreta también con frecuencia de modo equivocado el refrán popular que dice: «Comprender es perdonar», equiparándole a decidir pasar la esponja sobre todos los crímenes?

Por tanto, lejos de ser una manifestación de poder, el verdadero perdón es, en primer término, un gesto de fuerza interior. En efecto, se necesita mucha firmeza interior para reconocer y aceptar la propia vulnerabilidad y no tratar de camuflarla con aires de falsa magnanimidad. Es posible que al principio el móvil sea la necesidad de mostrarse superior al perdonar; por eso, en el curso del proceso de perdón, el perdonador habrá de estar atento a purificar los motivos que podrían viciar todos sus generosos esfuerzos.

El perdón comienza por la decisión de no vengarse.

Como una patada a un hormiguero, la ofensa provoca confusión y pánico. La apacible armonía de la persona herida se ve trastornada; su tranquilidad, perturbada; su integridad interior, amenazada. Sus deficiencias personales, hasta entonces camufladas, afloran de repente; sus ideales, por no decir sus ilusiones de tolerancia y de generosidad, se ponen a prueba; la sombra de su personalidad emerge; las emociones, que se creían bien controladas, enloquecen y se desencadenan. Ante esta confusión, la persona se siente impotente y humillada. Y las viejas heridas mal curadas suman sus voces discordantes a esta cacofonía.

Para Christian Duquoc, el perdón es una «invitación a la imaginación». Aunque parezca extraño, no se puede definir mejor, pues, en efecto, la imaginación representa un papel esencial en el proceso del perdón.

En ese momento habrá aprendido a dejar de mirar con los «malos ojos» del resentimiento y comenzará a ver con ojos nuevos. En psicoterapia esto se denomina «reenfoque». Como la palabra indica, se trata de ver el suceso infortunado en un marco más amplio. Hasta ese momento, se estaba aferrado a la herida, incapaz de ver otra cosa, con el corazón lleno de resentimiento. Y ahora se levanta la cabeza para juzgarlo todo desde una perspectiva más justa y más amplia. La visión se dilata, se extiende sobre una realidad mayor y hace retroceder los límites del horizonte. La ofensa, que había ido invadiendo cada vez más espacio, empieza a perder importancia ante las nuevas posibilidades de ser y de actuar. Pero el trabajo no termina aquí. El agresor nos parecerá un ser malvado al que condenaremos. Pero una vez lograda la curación, puede que se modifique nuestra imagen perversa del otro. Detrás del monstruo descubriremos un ser frágil y débil como nosotros mismos, un ser capaz de cambiar y evolucionar.

Perdonar no sólo supone liberarse del peso del dolor, sino también liberar al otro del juicio malintencionado y severo que de él nos hemos forjado; es rehabilitarlo a sus ojos en su dignidad humana. Jean Delumeau ha encontrado unas palabras muy adecuadas para expresarlo:
«El perdón es liberación, emancipación y recreación. Nos renueva. [...] Devuelve la alegría y la libertad a quienes estaban oprimidos por el peso de su culpabilidad. Perdonar [...] es un gesto de confianza hacia un ser humano; es un 'sí' a nuestro hermano» 

En el mismo sentido, Jon Sobrino ve en el perdón un acto de amor al enemigo capaz de convertir a ese mismo enemigo: «Perdonar a quien nos ofende es un acto de amor hacia el pecador a quien queremos liberar de su infortunio personal y al que no queremos cerrar definitivamente el futuro»

El verdadero perdón exige vencer el miedo a ser humillado una vez más. Esto hace escribir a Jean Marie Pohier: «Por eso es duro el perdón, porque se tiene miedo»

Perdonamos en la medida en que amamos . (HONORÉ DE BALZAC)

El perdón sólo puede practicarse en los casos de ofensas injustificadas, que es lo que habría ocurrido si, en las mismas circunstancias, el policía me hubiera puesto de vuelta y media, el croupier hubiera hecho trampas o el jefe me hubiera humillado en público.

Los casos de expectativas desmesuradas son abundantes. Los niños idealizan a sus padres y exigen de ellos una tolerancia y un amor incondicionales. En contrapartida, la mayoría de los padres esperan que sus hijos se plieguen por completo á su disciplina y realicen en su lugar los sueños que ellos no han podido plasmar en su propia vida. Del mismo modo, el amor pasional está lleno de sueños no realistas. Los cónyuges y los enamorados esperan que sus deseos sean siempre adivinados sin tener que expresarlos. Querrían ser siempre comprendidos, amados, apreciados y tranquilizados por la presencia constante de su pareja. Voy a dispensar al lector de la lista de las expectativas y esperanzas implícitas mantenidas por los enamorados, los padres, los hijos, las hermanas, los hermanos y los amigos. En este aspecto, lo importante es percatarse de que el perdón representa un papel indispensable en las relaciones íntimas, por su intensidad y por las numerosas ocasiones de divergencia a que dan lugar.

Los hombres no pueden vivir juntos si no se perdonan unos a otros el no ser más que lo que son (FRANCOIS VARILLON)

Dios, lejos de querer o incluso de permitir el mal en el mundo, es su primera víctima, si estamos hablando del Dios de Jesucristo.

Pero ¿qué tengo que perdonarme?: Haberme puesto en una situación en la que he permitido que me hirieran. No haber sabido qué hacer ni qué decir. Haberme enamorado sin reflexionar. Haberme menospreciado con las palabras del que me ha insultado. Haberme hecho reproches y haberme puesto de parte de mi ofensor. Haber soportado demasiado tiempo una mala relación. Sentirme vulnerable y desear seguir amando. Mi carácter perfeccionista que no permite ningún error.

Leer un libro sobre el perdón puede ser de gran utilidad, pero nada sustituye a la experiencia. Para prepararte, te propongo una vivencia en forma de meditación. En el perdón, al igual que en todas las demás prácticas espirituales como la meditación o la oración, no se improvisa. No sé de dónde ha salido la idea de que se puede perdonar de inmediato, sin haberse preparado antes.

Descubrirás que para ti la ofensa ha concluido, ha quedado zanjada, que ya no influye en ti.

Luego, con tu bendición, déjale marcharse como una persona liberada, transformada, rejuvenecida por tu perdón. Déjale seguir su camino, deseándole la mayor felicidad posible. Date tiempo para saborear la curación. Agradece a Dios que te haya concedido esta gracia.
Por tanto, ésta es la lista de las tareas que es preciso realizar para llegar a un perdón auténtico:
1. Decidir no vengarse y hacer que cesen los gestos ofensivos.
2. Reconocer la herida y la propia pobreza interior.
3. Compartir la herida con alguien.
4. Identificar la pérdida para hacerle el duelo.
5. Aceptar la propia cólera y el deseo de venganza.
6. Perdonarse a sí mismo.
7. Empezar a comprender al ofensor.
8. Encontrar el sentido de esa ofensa en la propia vida.
9. Saberse digno de perdón y ya perdonado.
10. Dejar de obstinarse en perdonar.
11. Abrirse a la gracia de perdonar.
12. Decidir acabar con la relación o renovarla.

La decepción es aún más aguda cuando la humillación procede de la misma persona de la que se esperaba afecto y estima.

Cuando cuentas tu historia a alguien que acepta representar el papel de confidente, ya no estás solo; hay otra persona compartiendo no sólo tu secreto, sino también el peso de tu sufrimiento.

Pregúntate que parte de ti se ha visto afectada. ¿Qué has perdido?; ¿en qué valores te has sentido atacado o engañado?;¿qué expectativas o qué sueños se han visto súbitamente aniquilados? He aquí algunos de los valores que han podido sufrir daños: tu autoestima, tu reputación, tu confianza en ti mismo, tu fe en el otro, tu apego a tus familiares, tu ideal, tu sueño de felicidad, tus bienes físicos, tu salud, tu belleza, tu imagen social, tus expectativas frente a la autoridad, tu necesidad de discreción respecto a tus secretos, tu admiración por los que amas, tu honestidad...
Después de haber puesto al descubierto y nombrado tu pérdida, toma conciencia de que no se ha visto afectado todo tu ser, sino sólo una parte de ti. Te resultará beneficioso repetir: «No se ha visto afectado todo mi ser, sino sólo mi reputación (por ejemplo)». Hace algún tiempo, escuché en televisión el testimonio de una mujer que había sido víctima de una violación y afirmaba: «I was raped but not violated» («He sido violada, pero no envilecida»); en otras palabras: «La esencia de mi ser sigue sana e íntegra; a pesar de la violación, no he perdido la capacidad de sanar».
Hay una diferencia enorme en la percepción de la ofensa. Cuando digo: «Tengo una herida», doy a entender que hay una distancia entre la herida y yo, lo que me permite reaccionar y curarme. Pero, cuando afirmo: «Estoy herido», me identifico por completo con la herida y, como consecuencia, pierdo la capacidad de reacción.

En lugar de atormentarte ante un fracaso, intenta descubrir la lección que puedes sacar de él. Muchos fracasos han sido la causa de experiencias enriquecedoras, de nuevos comienzos y de éxito en la vida. Y, finalmente, hay otro aspecto positivo de tus errores: te harán mucho más tolerante con los demás.

La vida en común comporta, junto a alegrías, una parte de frustraciones, y cómo la acumulación de frustraciones después de pequeñas disputas, junto con las exasperaciones posteriores, constituyen, en mi opinión, uno de los principales obstáculos a la buena comunicación en la pareja.

Por eso aconsejaba a los esposos que no dejasen pudrirse en su interior sus pequeñas cóleras, sino que las expresasen de la manera más constructiva posible. Porque, en mi opinión, lo que destruye el amor no es la cólera, sino el miedo a sincerarse y la indiferencia.

El resentimiento se implanta en el corazón humano como un cáncer y camufla una cólera sorda y tenaz, que sólo se aplaca cuando el ofensor es castigado o humillado. Puede revestir diversas formas: sarcasmo, odio duradero, actitudes despectivas, hostilidad sistemática, crítica reprobatoria y pasividad agresiva que mata cualquier posible alegría en las relaciones. En tanto no se quiera reconocer la cólera y sacar de ella el mayor provecho posible, se correrá el riesgo de que se pudra en el interior y se transforme en resentimiento y odio.

Perdonarse a sí mismo es, en mi opinión, el momento decisivo del proceso del perdón. El perdón a Dios y al prójimo habrá de pasar por el perdón que tú te concedas. Quien quiere perdonar pero no logra perdonarse a sí mismo se parece a un nadador al que la resaca lleva constantemente mar adentro, lejos de la orilla. Todos los esfuerzos que despliegues para perdonar al otro se verán neutralizados por tu odio hacia ti mismo. Aun en el caso de no haber sufrido una ofensa o un insulto concreto, el perdonarse a sí mismo es una de las grandes prácticas psicoespirituales de curación.

Cuando estás profundamente herido, no puedes dudar en perdonarte: te sientes obligado a ello. El duro golpe recibido, sobre todo si procede de una persona querida, habrá hecho añicos tu armonía interior, y entonces se desencadenarán en ti unas fuerzas antagónicas. Sólo el humilde
perdón que te otorgues logrará restablecer la paz y la armonía en tu interior y hará posible que te abras al perdón al otro.

Perdonarme a mi misma por “por haberme casado con un hombre tan desquiciado” por haber elegido mal, Por haberme dejado llevar de las apariencias físicas y materiales, por haber sido tan confiada de su status, por haber confiado tanto en él, Por no reparar en el nefasto grupo de amigos que tenía. Por no haberme fijado en los malos hábitos del suegro. Por el intenso deseo de casarme, por creer que era lo mejorcito, por eclipsarme el hecho de que estudiara medicina. Estoy enfadado conmigo mismo por haber creído tanto en el, en su probidad y creencias católicas, por haberse hecho pasar por un hombre de bien, por no haber captado para nada su doble vida.
Por haber sido tan ingenua, tan pava, por no haberle achuntado a lo más importante de mi vida.

Las personas, bajo el efecto de una gran decepción, tienden a culparse a sí mismas. No se perdonan el haberse expuesto a esas desgracias, y la ofensa que han sufrido exhibe a plena luz sus deficiencias y sus debilidades. Además de estar humilladas, se sienten llenas de vergüenza y de culpabilidad, mezcladas con un sinfín de humillaciones del pasado.

La génesis del desprecio a sí mismo: Se pueden identificar tres fuentes básicas de desprecio a sí mismo: primero, la decepción por no haber estado a la altura del ideal soñado; a continuación, los mensajes negativos recibidos de los padres y de las personas importantes para uno; y, finalmente, los ataques de la sombra personal, formada en gran parte por el potencial humano y espiritual reprimido y, por tanto, no desarrollado.

«Humildad». Esta virtud ayuda a valorarse con precisión y permite perdonarse, no sólo el ser limitado y falible, sino también haberse creído omnipotente, omnisciente, irreprochable y perfecto en todos los aspectos.

El precio que se paga por la falta de aceptación y de autoestima es muy alto. En el hombre descubriendo su alma, el gran psicólogo Carl Jung sostiene que la neurosis provoca falta de aceptación y de autoestima: «La neurosis es un estado de guerra consigo mismo —afirma—. Todo cuanto acentúa la división que hay en él empeora el estado del paciente, y todo cuanto reduce dicha división contribuye a sanarlo»

Hasdai Ben Ha-Melekh: «Si alguien es cruel consigo mismo, ¿cómo se puede esperar de él compasión por los demás?

El perdón lleva a suspender todo juicio sobre el ofensor y a descubrir el verdadero Yo, que es creador y un destello de divinidad. (JOAN BORYSENKO)

La humillación y el dolor causados por la ofensa influyen en la percepción del ofensor y pueden falsearla. Se está predispuesto a ver en él a un ser execrable, engañoso, agresivo, infiel, peligroso, amenazador, odioso, irresponsable... El recuerdo obsesivo de la afrenta condiciona la mirada del ofendido, hasta el punto de que el ofensor deja de ser una persona capaz de evolucionar, ya que está marcado para siempre por su delito. Con frecuencia es la malevolencia y la maldad personificadas.
No juzgar en el proceso del perdón lleva, de algún modo, a una reconciliación con el ofensor, pero sobre todo a una reconciliación con el lado oscuro y tenebroso de uno mismo, que puede revelarse como un inmensa fuente de recursos personales.

«Dios lo perdona todo, porque lo comprende todo», dice un viejo adagio. Se trata de una profunda verdad que es importante tener presente para superar esta etapa. Es obvio que una mejor comprensión de los antecedentes familiares, sociales y culturales de una persona ayudará a perdonarla. Y aunque esos condicionamientos no justifiquen su conducta agresiva, al menos la explicarán en parte.

Comprender es buscar la intención positiva del ofensor. Aunque se quiera saber todo sobre el ofensor, nunca se podrá descubrir por completo el secreto que encierra su persona, ni siquiera todas las razones de sus actos; razones que con frecuencia él mismo ignora. Nos encontramos ante el misterio de una persona viva, de manera que comprender al ofensor es aceptar que no se comprende todo.

Por ejemplo, después de haber dicho: «Odio su agresividad», piensa: «Yo también soy agresivo». Quizá descubras, bajo el defecto que le reprochas, una parte mal amada de ti.

Te invito a ir más allá del punto de vista puramente psicológico para descubrir el sentido positivo de la ofensa recibida o para dárselo. ¿Qué te enseñará esta injuria, esta ofensa, esta traición o esta infidelidad?; ¿cómo piensas utilizarla para crecer y realizarte en profundidad? Te pido que descubras los posibles efectos positivos que la ofensa haya producido en tu vida. ¿Cómo vas a beneficiarte de ese fracaso?

Encontrar el sentido positivo del fracaso consiste en descubrir su fecundidad oculta. Que no te detengan los que dicen: «De una desgracia no se puede esperar nada bueno». Yo puedo asegurarte lo contrario, es decir, que tu herida puede ser fuente de crecimiento. ¡Cuántas personas han dado un nuevo rumbo a sus vidas y han alcanzado su plenitud tras una gran prueba...!

El primer efecto de la ofensa sobre la víctima es un «shock» y una profunda perturbación. Se siente duramente sacudida; todo se tambalea: sus ideas preconcebidas, sus opiniones más firmes, sus convicciones, sus prejuicios y sus planteamientos vitales. Ahora bien, por lamentable que sea
la situación, no deja de ser prometedora de vida. Puede resultar un momento precioso de lucidez y una ocasión propicia para salir de la miopía habitual.

El «shock» de la ofensa es saludable. Libera al ofendido de sus anteojeras y hace que abandone sus posturas inflexibles. Y esto es aún más verdadero en el caso de una ofensa causada por un ser querido; porque el ofendido, al ver frustradas sus expectativas irreales, tendrá que rectificarlas para llegar a apreciar y amar a ese familiar o amigo por lo que realmente es.

Invito a mis oyentes a reflexionar sobre lo que les ha aportado la experiencia de haber sido injuriados, insultados o víctimas de una infidelidad o una injusticia. Les hago interrogarse del siguiente modo: «¿Qué has aprendido de esa experiencia?; ¿cómo te ha hecho crecer esa prueba?; ¿hasta qué punto ha tomado tu vida un nuevo rumbo?». Éstos son algunos ejemplos de las respuestas: «Me conozco mucho mejor». «He adquirido mayor libertad interior». «Me ha hecho descubrir mis valores. Después de mi divorcio, me di cuenta de que podía ser más yo misma y vivir según mis valores». «Mi pena de amor me ha enseñado a conocerme mejor. Ahora, en lugar de depender del amor ajeno, he empezado a dármelo a mí mismo». «Se acabó: no volveré a dejarme herir por los demás. Voy a aprender a protegerme mejor». «He aprendido a decir 'no' cuando algo no está de acuerdo con mis valores». «Cuando mi mujer me dejó, me dije: 'No me queda más remedio: tengo que poner en orden mi vida'. Entonces, a pesar de mi orgullo, pedí ayuda por primera vez». «Mi prueba me ha forjado un corazón amante». «Soy mucho más compasivo y comprensivo con los demás». «He dejado de correr detrás de maridos alcohólicos para salvarlos. Me he dado cuenta de que quien necesitaba ayuda era yo». «En mi angustia he encontrado el amor y la fidelidad del Señor, después de haber estado muy enfadado con él».

Cuando pregunto a distintas personas sobre los nuevos rumbos que han tomado sus vidas después de una ofensa, siempre me asombran la variedad y la calidad de las respuestas. A veces, el efecto positivo de la ofensa y de la injusticia de que han sido víctimas se manifestó espontáneamente. Otras veces, el descubrimiento de las aportaciones positivas y la profundización en ellas les ha llevado varias semanas o incluso meses. Al principio, estas personas veían su vida como un «puzzle» indescifrable; pero, después de descubrir el sentido de la ofensa, se formó y configuró una nueva visión de su vida.

Nadie, sino uno mismo, puede conseguir encontrarle un sentido a la pérdida que acaba de sufrir, aunque esto no signifique que no se necesite de alguien que impulse a hacerlo. Pero, desgraciadamente, son escasos los guías que saben llevar a un mayor conocimiento personal y abrir a las posibilidades de crecimiento que ofrece la desgracia.

La reorganización de la vida de cara a un nuevo comienzo.
— ¿Qué he aprendido de la ofensa sufrida?
— ¿Qué nuevos conocimientos sobre mí mismo he adquirido?
— ¿Qué limitaciones o debilidades he descubierto en mí?
— ¿Me he vuelto más humano?
— ¿Qué nuevos recursos y fuerzas vitales he descubierto en mí?
— ¿Qué nuevo grado de madurez he alcanzado?
— ¿En qué me ha iniciado esta prueba?
— ¿Qué nuevas razones para vivir me he dado?
— ¿Hasta qué punto ha hecho la herida emerger el fondo de mi alma?
— ¿En qué medida he dedidido modificar mis relaciones con los demás, y especialmente con Dios?
— ¿Cómo voy a proseguir ahora el curso de mi vida?
— ¿Con qué gran personaje actual, histórico o mítico me lleva a identificarme la ofensa sufrida?

El perdón se revela como una tarea humana por la actividad psicológica que tú despliegas, y como un don por la gracia divina que compensa tus carencias.

«Jesús, me siento incapaz de perdonar a este hombre. Perdóname».

Date la oportunidad de recibir y acoger todo lo que hoy te ofrece la vida en forma de sensaciones agradables: el olor del asado, el aroma del café, el calor del sol, la visión de un hermoso paisaje, las formas de un árbol, los colores del otoño, la sensación de estar vivo, la audición de una buena pieza musical... Deja que estas sensaciones inunden todo tu ser, aunque no sea más que unos minutos cada día.

Adopta una postura cómoda; luego, recuerda las atenciones que has recibido durante el día: saludos, cumplidos, rostros felices de verte, signos de reconocimiento, la alegre acogida de tu gato o de tu perro, la carta de un amigo... ¿Cómo has acogido estos dones banales de la vida?; ¿te diste tiempo para que penetrase en ti la alegría de recibir, con el fin de que arraigase en tu afectividad y pudieras celebrarla?
El perdón implica la conversión del corazón y la opción por un estilo de vida que concuerda con la conducta divina.

Las amistades renovadas exigen más cuidados que las que nunca se han roto. (LA ROCHEFOUCAULD)

Después de una ofensa grave, no se puede reemprender la relación del pasado, por la sencilla razón de que ya no existe y no puede existir. Todo lo más, se puede pensar en profundizarla o en darle otro carácter.

Lo que no se celebra tiene tendencia a atenuarse y desvanecerse sin dejar rastro (ANÓNIMO)

Hablar del perdón supone más que disertar simplemente sobre el amor; es hablar de un amor muy particular, de un amor dispuesto a superarse hasta llegar a recrear un nuevo universo de relaciones.