miércoles, 6 de junio de 2007

Jacques Philippe / En la Escuela del Espíritu Santo

La voluntad de Dios jamás se opone a lo que hay en mí de bueno: la aspiración a la verdad, a la vida, a la felicidad, a la plenitud del amor, etc. La sumisión a Dios poda cosas en mí, pero nunca ahoga lo mejor de mi mismo: las profundas aspiraciones positivas que me habitan. Por el contrario, las despierta, las fortalece, las orienta y las libera de los obstáculos para su realización.
Jacques Philippe; En la Escuela del Espíritu Santo, San Pablo, Buenos Aires, 2006, p.91.

El que camina con el señor y se deja conducir por él, experimenta paulatinamente un sentimiento de libertad; su corazón no se reduce, no se ahoga, sino, por el contrario, se dilata y respira continuamente más. Dios es el amor infinito, y en él no hay nada de estrecho ni reducido, sino que todo es ancho y amplio. El alma que camina con Dios se siente libre, siente que no tiene nada que temer, sino que por el contrario, todo le está sometido porque todo concurre a su bien, tanto las circunstancias favorables como las desfavorables, tanto el bien como el mal.
Jacques Philippe; En la Escuela del Espíritu Santo, San Pablo, Buenos Aires, 2006, p.91.

El adolescente está descontento de depender de sus padres, pues esta dependencia le pesa: preferiría ser autónomo y no necesitar a nadie. Pero el niño (en quién nos tenemos que convertir según el Evangelio) no sufre por depender totalmente de sus padres, en realidad lo que recibe es amor, al que responde amando, con una forma de amar que es precisamente la alegría de recibir y de devolver en amor lo que recibe.
Jacques Philippe; En la Escuela del Espíritu Santo, San Pablo, Buenos Aires, 2006, p.92.
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