sábado, 12 de enero de 2008

La Sal de la Tierra / Joseph Ratzinger

El hombre es un ser moral, responsable de sí mismo y de toda la humanidad, y un ser que para poder seguir adelante, necesita recibir ayuda de Dios.
Joseph Ratzinger; La Sal de la Tierra, Una conversación con Peter Seewald, (1997), Palabra, décima edición, Madrid, 2007, p.41.

Mi vida no consiste en meras casualidades, sino que hay alguién que me precede y ha previsto todo para mí, que piensa y dispone mi vida. Yo puedo rehusarlo – por supuesto – pero también puedo aceptarlo, y entonces es cuando soy consciente de que, en efecto, hay una luz “providente” que me dirige.
Joseph Ratzinger; La Sal de la Tierra, Una conversación con Peter Seewald, (1997), Palabra, décima edición, Madrid, 2007, p.46.

La música de Mozart encierra toda la tragedia de la existencia humana.
Joseph Ratzinger; La Sal de la Tierra, Una conversación con Peter Seewald, (1997), Palabra, décima edición, Madrid, 2007, p.52.

La fe da al cristiano luz.
Joseph Ratzinger;La Sal de la Tierra, Una conversación con Peter Seewald, (1997), Palabra, décima edición, Madrid, 2007, p.59.

Si el hombre no reconoce la verdad, se degrada.
Joseph Ratzinger; La Sal de la Tierra, Una conversación con Peter Seewald, (1997), Palabra, décima edición, Madrid, 2007, p.73.

La libertad del hombre es siempre una libertad compartida. Es una libertad vivida entre todos y eso exige servir.
Joseph Ratzinger; La Sal de la Tierra, Una conversación con Peter Seewald, (1997), Palabra, décima edición, Madrid, 2007, p.87.

Nosotros somos servidores de la Iglesia, y no los que decidimos lo que es la Iglesia.
Joseph Ratzinger; La Sal de la Tierra, Una conversación con Peter Seewald, (1997), Palabra, décima edición, Madrid, 2007, p.87.

La espera en un mundo mejor no sirve para nadie, porque cada uno debe encontrar una solución en su propio mundo, en su momento presente.
Joseph Ratzinger; La Sal de la Tierra, Una conversación con Peter Seewald, (1997), Palabra, décima edición, Madrid, 2007, p.126.

El juicio es alegría, porque nos da la seguridad de que el mundo es justo, y siempre vence el bien. Joseph Ratzinger; La Sal de la Tierra, Una conversación con Peter Seewald, (1997), Palabra, décima edición, Madrid, 2007, p.200.