martes, 7 de julio de 2009

Educación del espíritu

La regla de oro de la educación del espíritu es la repetición. Como cada acción deja su huella, el repetir una misma acción muchas veces deja finalmente una huella muy profunda….Hay un pequeño caso que afecta a una parte importante de la humanidad y que nos ofrece un buen ejemplo: la hora de levantarse de la cama: Casi todos los hombres tenemos la experiencia de lo que supone en ese momento dejarse llevar por la pereza….Si al sonar el despertador, uno se levanta, va creando la costumbre de levantarse, y, salvo que suceda algo como un cansancio anormal, resulta cada vez más fácil levantarse. En cambio, si un día se espera unos minutos antes de dejar la cama. Al día siguiente costará más esfuerzo; y si se cede, todavía más al siguiente. Así hasta llegar a no oir el despertador....

Tanto el bien como el mal obrar forman costumbres e inclinaciones en el espíritu. A los buenos se les llama virtudes; y a los malos, vicios. Un hábito bueno del espíritu es, por ejemplo, saber decidir sin precipitación y considerando bien las circunstancias. Un vicio en cambio, en el mismo campo, es el atonlondramiento, que lleva a decidir sin pensar y a modificar muchas veces y sin motivo las decisiones tomadas. Algo tan importante como lo que llamamos “fuerza de voluntad” no es otra cosa que un conjunto de hábitos buenos conseguidos después de haber repetido muchos actos en la misma dirección....

Los hábitos buenos consiguen que se vaya estableciendo el predominio de la inteligencia en la vida del espíritu. Los vicios dispersan las fuerzas del hombre, mientras que las virtudes las concentran y las pone al servicio del espíritu. La persona que es perezosa, puede fijarse, quizá, propósitos estupendos, pero es incapaz de cumplirlos: su espíritu resulta derrotado por la pereza, por la resistencia del cuerpo a moverse…..Sorprendentemente, no basta proponerse una cosa para ser capaz de vivirla: ¡qué difícil es dejar de fumar o guardar una dieta! No basta una primera decisión....

Sólo con esfuerzo – repitiendo muchas veces actos que cuestan un poco – se consigue el dominio necesario sobre uno mismo. La persona que tiene virtudes es capaz, por ejemplo, de no comer algo que no le conviene, aunque le apetezca mucho, o de trabajar cuando está muy cansado, o de no enfadarse por una minucia; logra que en su actuación, predomine la racionalidad: es capaz de guiarse – al menos hasta cierto punto – por lo que ve que debe hacer. Quién no tiene virtudes, en cambio, es incapaz de hacer lo que quiere. Decide, pero no cumple: no consigue llevar a cabo lo que se propone.....

Así resulta que la persona que tiene virtudes es mucho más libre que la que no tiene. Es capaz de hacer lo que quiere – lo que decide – mientras que la otra es incapaz. Quién no tiene virtudes no decide por sí mismo, sino que algo decide por él: Las ganas. Pero “la gana” no es lo mismo que la libertad….El perezoso puede tener la impresión de que no realiza su trabajo porque “no le apetece” o “no le da la gana” y hacer de esto un gesto de libertad, pero en realidad es una esclavitud. Si no trabaja en ese momento, no es por ejercitar su libertad, sino precisamente porque “no es capaz” de trabajar.Y la prueba de esto es que las ganas se orientan con una sorprendente constancia siempre en el mismo sentido. A la persona que se ha acostumbrado a comer demasiado, “sus ganas” le inclinan una y otra vez, un día tras otro, a comer más de lo debido, pero raramente a guardar un día de ayuno. Y al que es perezoso, le llevan a abandonar un día tras otro su trabajo, pero raramente a realizar un sacrificio extraordinario.
Juan Luis Lorda; Para ser cristiano (1991), Ediciones Rialp, 7ª edición, 2000, Madrid, p. 20-21.
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