martes, 1 de septiembre de 2009

Demuéstrame con tu vida que Cristo vive.

¡ El mundo nos urge, porque amenaza ruina! Quiero que abras los ojos para que puedas apreciar esa vida incolora y aburrida que llevas.
Jesús Urteaga; El Valor Divino de lo Humano (1948), Rialp, 38ª edición, Madrid, 2000, p.19.

Llevas dentro de ti el germen de una vida humana maravillosa, en la que se asentará esa sobrenaturalaza – que es la Gracia -, y que hará de ti, no un hombre más, sino un hijo de Dios.
Jesús Urteaga; El Valor Divino de lo Humano (1948), Rialp, 38ª edición, Madrid, 2000, p.20.

Capital importancia del factor hombre en el santo. Jesús Urteaga; El Valor Divino de lo Humano (1948), Rialp, 38ª edición, Madrid, 2000, p.22.

¿Puede seguir progresando en tu mente la idea de que la vida ha de ser para nosotros los cristianos una pasión inútil?
Jesús Urteaga; El Valor Divino de lo Humano (1948), Rialp, 38ª edición, Madrid, 2000, p.23.

la vida es un juego maravilloso en el que siempre ganan los enamorados, los afanosos, los ambiciosos. No hay nada inútil en la vida. Las contrariedades, los obstáculos, las dificultades, esos acontecimientos que según el sentir general de las gentes llevarían un signo – en la lucha por la vida, los podemos convertir en signos + trazando fuertemente la vertical en nuestro deseo.
Jesús Urteaga; El Valor Divino de lo Humano (1948), Rialp, 38ª edición, Madrid, 2000, p.23.

Aquel que no tenga la valentía de vivir como hombre, ése jamás podrá ser Santo. Los santos no nos traen la consigna dada para realizar una empresa más o menos buena. Son portadores de un mensaje divino. Y Dios lo quiere todo, todo.
Jesús Urteaga; El Valor Divino de lo Humano (1948), Rialp, 38ª edición, Madrid, 2000, p.25.

¡Demostradnos con vuestras vidas que Cristo Vive!
Jesús Urteaga; El Valor Divino de lo Humano (1948), Rialp, 38ª edición, Madrid, 2000, p.27.

El santo tiene deseos de Dios…el beato deseos de santidad.
Bruckberger, en Jesús Urteaga; El Valor Divino de lo Humano (1948), Rialp, 38ª edición, Madrid, 2000, p.33.

Queremos recristianizar la sociedad, pero es preciso, en primer lugar, que nos recristianicemos nosotros mismos.
Jesús Urteaga; El Valor Divino de lo Humano (1948), Rialp, 38ª edición, Madrid, 2000, p.30.


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