jueves, 22 de julio de 2010

Mirarnos como somos

Humildad, porque ésa es la virtud que nos ayuda a conocer, simultáneamente, nuestra miseria y nuestra grandeza.
San Josemaría Escrivá de Balaguer; Amigos de Dios, Humildad, 94.

Humildad es mirarnos como somos, sin paliativos, con la verdad. Y al comprender que apenas valemos algo, nos abrimos a la grandeza de Dios: ésta es nuestra grandeza.
San Josemaría Escrivá de Balaguer; Amigos de Dios, Humildad, 96.

Dios únicamente desea nuestra humildad, que nos vaciemos de nosotros mismos, para poder llenarnos; pretende que no le pongamos obstáculos, para que —hablando al modo humano— quepa más gracia suya en nuestro pobre corazón.
San Josemaría Escrivá de Balaguer; Amigos de Dios, Humildad, 98.

La soberbia es el peor de los pecados y el más ridículo.
San Josemaría Escrivá de Balaguer; Amigos de Dios, Humildad, 98.

La mayor parte de los conflictos, que se plantean en la vida interior de muchas gentes, los fabrica la imaginación: que si han dicho, que si pensarán, que si me consideran... Y esa pobre alma sufre, por su triste fatuidad, con sospechas que no son reales. En esa aventura desgraciada, su amargura es continua y procura producir desasosiego en los demás: porque no sabe ser humilde, porque no ha aprendido a olvidarse de sí misma para darse, generosamente, al servicio de los otros por amor de Dios.
San Josemaría Escrivá de Balaguer; Amigos de Dios, Humildad, 101.

¿Por qué nos entristecemos los hombres? Porque la vida en la tierra no se desarrolla como nosotros personalmente esperábamos, porque surgen obstáculos que impiden o dificultan seguir adelante en la satisfacción de lo que pretendemos.
San Josemaría Escrivá de Balaguer; Amigos de Dios, Humildad, 108.

Que estén tristes los que se empeñan en no reconocerse hijos de Dios.
San Josemaría Escrivá de Balaguer; Amigos de Dios, Humildad, 108.

martes, 20 de julio de 2010

Magnanimidad: ánimo grande, alma amplia

Comenzar es de muchos; acabar, de pocos, y entre estos pocos hemos de estar los que procuramos comportarnos como hijos de Dios.
San Josemaría Escrivá de Balaguer; Amigos de Dios, Trabajo de Dios; 55.

Y quizá sobre tu mesa, o en un lugar discreto que no llame la atención, pero que a ti te sirva como despertador del espíritu contemplativo, colocas el crucifijo, que ya es para tu alma y para tu mente el manual donde aprendes las lecciones de servicio.
San Josemaría Escrivá de Balaguer; Amigos de Dios, Trabajo de Dios; 55.

Vivir es enfrentarse con dificultades, sentir en el corazón alegrías y sinsabores; y en esta fragua el hombre puede adquirir fortaleza, paciencia, magnanimidad, serenidad.
San Josemaría Escrivá de Balaguer; Amigos de Dios, Virtudes humanas, 77.

Magnanimidad: ánimo grande, alma amplia en la que caben muchos. Es la fuerza que nos dispone a salir de nosotros mismos, para prepararnos a emprender obras valiosas, en beneficio de todos. No anida la estrechez en el magnánimo; no media la cicatería, ni el cálculo egoísta, ni la trapisonda interesada. El magnánimo dedica sin reservas sus fuerzas a lo que vale la pena; por eso es capaz de entregarse él mismo. No se conforma con dar: se da. Y logra entender entonces la mayor muestra de magnanimidad: darse a Dios.
San Josemaría Escrivá de Balaguer; Amigos de Dios, Virtudes humanas, 77.

El que es laborioso aprovecha el tiempo, que no sólo es oro, ¡es gloria de Dios! Hace lo que debe y está en lo que hace, no por rutina, ni por ocupar las horas, sino como fruto de una reflexión atenta y ponderada.
San Josemaría Escrivá de Balaguer; Amigos de Dios, Virtudes humanas, 81.

La templanza cría al alma sobria, modesta, comprensiva; le facilita un natural recato que es siempre atractivo, porque se nota en la conducta el señorío de la inteligencia. La templanza no supone limitación, sino grandeza. Hay mucha más privación en la destemplanza, en la que el corazón abdica de sí mismo, para servir al primero que le presente el pobre sonido de unos cencerros de lata.
San Josemaría Escrivá de Balaguer; Amigos de Dios, Virtudes humanas, 84.