viernes, 5 de julio de 2013

La fe es luz en nuestras tinieblas

Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, 1.
El joven Nietzsche invitaba a su hermana Elisabeth a arriesgarse, a « emprender nuevos caminos… con la inseguridad de quien procede autónomamente ». Y añadía: « Aquí se dividen los caminos del hombre; si quieres alcanzar paz en el alma y felicidad, cree; pero si quieres ser discípulo de la verdad, indaga »[3]. Con lo que creer sería lo contrario de buscar. A partir de aquí, Nietzsche critica al cristianismo por haber rebajado la existencia humana, quitando novedad y aventura a la vida. La fe sería entonces como un espejismo que nos impide avanzar como hombres libres hacia el futuro. ……..De esta manera, la fe ha acabado por ser asociada a la oscuridad Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, 2-3.
La fe se ha visto así como un salto que damos en el vacío, por falta de luz, movidos por un sentimiento ciego; o como una luz subjetiva, capaz quizá de enardecer el corazón, de dar consuelo privado, pero que no se puede proponer a los demás como luz objetiva y común para alumbrar el camino. Poco a poco, sin embargo, se ha visto que la luz de la razón autónoma no logra iluminar suficientemente el futuro; al final, éste queda en la oscuridad, y deja al hombre con el miedo a lo desconocido. De este modo, el hombre ha renunciado a la búsqueda de una luz grande, de una verdad grande, y se ha contentado con pequeñas luces que alumbran el instante fugaz, pero que son incapaces de abrir el camino.  Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, 3.
la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, 4.
La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, 4.
La fe no habita en la oscuridad, sino que es luz en nuestras tinieblas. Carta Encíclica LUMEN FIDEI del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, 4.
La fe está vinculada a la escucha. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo primero, 8.
La fe « ve » en la medida en que camina, en que se adentra en el espacio abierto por la Palabra de Dios. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo primero, 9.
La luz de la fe está vinculada al relato concreto de la vida, al recuerdo agradecido de los beneficios de Dios y al cumplimiento progresivo de sus promesas. La arquitectura gótica lo ha expresado muy bien: en las grandes catedrales, la luz llega del cielo a través de las vidrieras en las que está representada la historia sagrada. La luz de Dios nos llega a través de la narración de su revelación y, de este modo, puede iluminar nuestro camino en el tiempo, recordando los beneficios divinos, mostrando cómo se cumplen sus promesas. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo primero, 9.
La idolatría no presenta un camino, sino una multitud de senderos, que no llevan a ninguna parte, y forman más bien un laberinto.  La idolatría no presenta un camino, sino una multitud de senderos, que no llevan a ninguna parte, y forman más bien un laberinto. Quien no quiere fiarse de Dios se ve obligado a escuchar las voces de tantos ídolos que le gritan: « Fíate de mí ». La fe, en cuanto asociada a la conversión, es lo opuesto a la idolatría; es separación de los ídolos para volver al Dios vivo, mediante un encuentro personal. Creer significa confiarse a un amor misericordioso, que siempre acoge y perdona, que sostiene y orienta la existencia, que se manifiesta poderoso en su capacidad de enderezar lo torcido de nuestra historia. La fe consiste en la disponibilidad para dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios. He aquí la paradoja: en el continuo volverse al Señor, el hombre encuentra un camino seguro, que lo libera de la dispersión a que le someten los ídolos. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo primero, 13.
La fe es un don gratuito de Dios que exige la humildad y el valor de fiarse y confiarse, para poder ver el camino luminoso del encuentro entre Dios y los hombres, la historia de la salvación. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo primero, 14
Recuperar la conexión de la fe con la verdad es hoy aun más necesario, precisamente por la crisis de verdad en que nos encontramos. En la cultura contemporánea se tiende a menudo a aceptar como verdad sólo la verdad tecnológica: es verdad aquello que el hombre consigue construir y medir con su ciencia; es verdad porque funciona y así hace más cómoda y fácil la vida. Hoy parece que ésta es la única verdad cierta, la única que se puede compartir con otros, la única sobre la que es posible debatir y comprometerse juntos. Por otra parte, estarían después las verdades del individuo, que consisten en la autenticidad con lo que cada uno siente dentro de sí, válidas sólo para uno mismo, y que no se pueden proponer a los demás con la pretensión de contribuir al bien común. La verdad grande, la verdad que explica la vida personal y social en su conjunto, es vista con sospecha. ¿No ha sido esa verdad —se preguntan— la que han pretendido los grandes totalitarismos del siglo pasado, una verdad que imponía su propia concepción global para aplastar la historia concreta del individuo? Así, queda sólo un relativismo en el que la cuestión de la verdad completa, que es en el fondo la cuestión de Dios, ya no interesa. En esta perspectiva, es lógico que se pretenda deshacer la conexión de la religión con la verdad, porque este nexo estaría en la raíz del fanatismo, que intenta arrollar a quien no comparte las propias creencias. A este respecto, podemos hablar de un gran olvido en nuestro mundo contemporáneo. En efecto, la pregunta por la verdad es una cuestión de memoria, de memoria profunda, pues se dirige a algo que nos precede y, de este modo, puede conseguir unirnos más allá de nuestro « yo » pequeño y limitado. Es la pregunta sobre el origen de todo, a cuya luz se puede ver la meta y, con eso, también el sentido del camino común. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo segundo, 25.
En esta situación, ¿puede la fe cristiana ofrecer un servicio al bien común indicando el modo justo de entender la verdad? Para responder, es necesario reflexionar sobre el tipo de conocimiento propio de la fe. Puede ayudarnos una expresión de san Pablo, cuando afirma: « Con el corazón se cree » (Rm 10,10). En la Biblia el corazón es el centro del hombre, donde se entrelazan todas sus dimensiones: el cuerpo y el espíritu, la interioridad de la persona y su apertura al mundo y a los otros, el entendimiento, la voluntad, la afectividad. Pues bien, si el corazón es capaz de mantener unidas estas dimensiones es porque en él es donde nos abrimos a la verdad y al amor, y dejamos que nos toquen y nos transformen en lo más hondo. La fe transforma toda la persona, precisamente porque la fe se abre al amor. Esta interacción de la fe con el amor nos permite comprender el tipo de conocimiento propio de la fe, su fuerza de convicción, su capacidad de iluminar nuestros pasos. La fe conoce por estar vinculada al amor, en cuanto el mismo amor trae una luz. La comprensión de la fe es la que nace cuando recibimos el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da ojos nuevos para ver la realidad. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo segundo, 26.
Esta descripción del amor ¿es verdaderamente adecuada? En realidad, el amor no se puede reducir a un sentimiento que va y viene. Tiene que ver ciertamente con nuestra afectividad, pero para abrirla a la persona amada e iniciar un camino, que consiste en salir del aislamiento del propio yo para encaminarse hacia la otra persona, para construir una relación duradera; el amor tiende a la unión con la persona amada. Y así se puede ver en qué sentido el amor tiene necesidad de verdad. Sólo en cuanto está fundado en la verdad, el amor puede perdurar en el tiempo, superar la fugacidad del instante y permanecer firme para dar consistencia a un camino en común. Si el amor no tiene que ver con la verdad, está sujeto al vaivén de los sentimientos y no supera la prueba del tiempo. El amor verdadero, en cambio, unifica todos los elementos de la persona y se convierte en una luz nueva hacia una vida grande y plena. Sin verdad, el amor no puede ofrecer un vínculo sólido, no consigue llevar al « yo » más allá de su aislamiento, ni librarlo de la fugacidad del instante para edificar la vida y dar fruto. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo segundo, 27.
Si el amor necesita la verdad, también la verdad tiene necesidad del amor. Amor y verdad no se pueden separar. Sin amor, la verdad se vuelve fría, impersonal, opresiva para la vida concreta de la persona. La verdad que buscamos, la que da sentido a nuestros pasos, nos ilumina cuando el amor nos toca. Quien ama comprende que el amor es experiencia de verdad, que él mismo abre nuestros ojos para ver toda la realidad de modo nuevo, en unión con la persona amada. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo segundo, 27.
Cuando estamos configurados con Jesús, recibimos ojos adecuados para verlo. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo segundo, 31
Una verdad común nos da miedo, porque la identificamos con la imposición intransigente de los totalitarismos. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo segundo, 34.
La verdad de un amor no se impone con la violencia, no aplasta a la persona. Naciendo del amor puede llegar al corazón, al centro personal de cada hombre. Se ve claro así que la fe no es intransigente, sino que crece en la convivencia que respeta al otro. El creyente no es arrogante; al contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee. En lugar de hacernos intolerantes, la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo segundo, 34.
El hombre religioso intenta reconocer los signos de Dios en las experiencias cotidianas de su vida, en el ciclo de las estaciones, en la fecundidad de la tierra y en todo el movimiento del cosmos. Dios es luminoso, y se deja encontrar por aquellos que lo buscan con sincero corazón. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo segundo, 35.
Quien se pone en camino para practicar el bien se acerca a Dios, y ya es sostenido por él, porque es propio de la dinámica de la luz divina iluminar nuestros ojos cuando caminamos hacia la plenitud del amor. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo segundo, 35.
 La fe recta orienta la razón a abrirse a la luz que viene de Dios, para que, guiada por el amor a la verdad, pueda conocer a Dios más profundamente. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo segundo, 36
La fe se transmite, por así decirlo, por contacto, de persona a persona, como una llama enciende otra llama. Los cristianos, en su pobreza, plantan una semilla tan fecunda, que se convierte en un gran árbol que es capaz de llenar el mundo de frutos.. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo tercero, 37.
Es imposible creer cada uno por su cuenta. La fe no es únicamente una opción individual que se hace en la intimidad del creyente, no es una relación exclusiva entre el « yo » del fiel y el « Tú » divino, entre un sujeto autónomo y Dios. Por su misma naturaleza, se abre al « nosotros », se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia. Nos lo recuerda la forma dialogada del Credo, usada en la liturgia bautismal. El creer se expresa como respuesta a una invitación, a una palabra que ha de ser escuchada y que no procede de mí, y por eso forma parte de un diálogo; no puede ser una mera confesión que nace del individuo. Es posible responder en primera persona, « creo », sólo porque se forma parte de una gran comunión, porque también se dice « creemos ». Esta apertura al « nosotros » eclesial refleja la apertura propia del amor de Dios, que no es sólo relación entre el Padre y el Hijo, entre el « yo » y el « tú », sino que en el Espíritu, es también un « nosotros », una comunión de personas. Por eso, quien cree nunca está solo, porque la fe tiende a difundirse, a compartir su alegría con otros. Quien recibe la fe descubre que las dimensiones de su « yo » se ensanchan, y entabla nuevas relaciones que enriquecen la vida. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo tercero, 39
El cristiano sabe que siempre habrá sufrimiento, pero que le puede dar sentido, puede convertirlo en acto de amor, de entrega confiada en las manos de Dios, que no nos abandona y, de este modo, puede constituir una etapa de crecimiento en la fe y en el amor.. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo cuarto, 56.

La luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar. Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña, con una historia de bien que se une a toda historia de sufrimiento para abrir en ella un resquicio de luz. Carta Encíclica LUMEN FIDEI , del sumo pontífice francisco, Roma, 29 de junio de 2013, capítulo cuarto, 57.

Dios se hace sentir en el corazón de cada persona

A Dios se lo encuentra caminando, andando, buscando y dejándose buscar por El. Son dos caminos que se encuentran. Por un lado, el nuestro que lo busca, impulsado por este instinto que fluye del corazón, y después, cuando nos encontramos, nos damos cuenta de que El nos buscaba desde antes, nos primereó. Bergoglio en Jorge Bergoglio, Abraham Skorka; Sobre el Cielo y la Tierra, Sobre Dios, Sudamericana, Bueno Aires, http://www.calameo.com, p.20.

Lo fundamental que hay que decirle a todo hombre es que entre dentro de sí. La dispersión es un quiebre en el interior. Bergoglio en Jorge Bergoglio, Abraham Skorka; Sobre el Cielo y la Tierra, Sobre Dios, Sudamericana, Bueno Aires, http://www.calameo.com, p.22.

El trabajo del hombre frente a Dios y frente a sí mismo debe mantenerse en una tensión constante entre el don y la tarea. Cuando el hombre se queda sólo con el don y no hace la tarea, no cumple su mandato y queda primitivo. Cuando el hombre se entusiasma demasiado con la tarea, se olvida del don, crea un ética constructivista: piensa que todo es fruto de sus manos y que no hay don. Esto es lo que yo llamo el síndrome de Babel. Bergoglio en Jorge Bergoglio, Abraham Skorka; Sobre el Cielo y la Tierra, Sobre Dios, Sudamericana, Bueno Aires, http://www.calameo.comp.25.

Cuando me encuentro con personas ateas comparto las cuestiones humanas, pero no les planteo de entrada el problema de Dios, excepto en el caso de que me lo planteen a mì. Si eso ocurre, les cuento por qué yo creo. Pero lo humano es tan rico para compartir, para trabajar, que tranquilamente podemos complementar mutuamente nuestras riquezas. Como soy creyente, sé que esas riquezas son un don de Dios. También sé que el otro, el ateo, eso no lo sabe. Bergoglio en Jorge Bergoglio, Abraham Skorka; Sobre el Cielo y la Tierra, Sobre los ateos, Sudamericana, Bueno Aires, http://www.calameo.comp.35.

Todo hombre es imagen de Dios, sea creyente o no. Por esa sola razón cuenta con una serie de virtudes, cualidades, grandezas. Bergoglio en Jorge Bergoglio, Abraham Skorka; Sobre el Cielo y la Tierra, Sobre las religiones, Sudamericana, Bueno Aires, http://www.calameo.comp.36.

Dios se hace sentir en el corazón de cada persona. Bergoglio en Jorge Bergoglio, Abraham Skorka; Sobre el Cielo y la Tierra, Sobre las religiones, Sudamericana, Bueno Aires, http://www.calameo.com, p.44.


Las cuestiones de fe se transmiten con humildad. Skorka en Jorge Bergoglio, Abraham Skorka; Sobre el Cielo y la Tierra, Sobre los líderes religiosos, Sudamericana, Bueno Aires, http://www.calameo.com.,  p.63.