jueves, 2 de julio de 2015

Ninguna carga es mía si no me la echo a los hombros.

Por eso creo que para escribir, como para vivir o para amar, no hay que apretar, sino soltar, no retener, sino desprenderse. La clave de casi todo está en la magnanimidad del desprendimiento. El amor, el arte y la meditación, al menos esas tres cosas, funcionan así.


Cuando digo que conviene estar sueltos o desprendidos me refiero a la importancia de confiar. Cuanta más confianza tenga un ser humano en otro, mejor podrá amarle.

No podemos rastrear la felicidad pasada.

Es absurdo condenar la ignorancia pasada desde la sabiduría presente.

Lo que realmente mata al hombre es la rutina; lo que le salva es la creatividad, es decir, la capacidad para vislumbrar y rescatar la novedad.

Tanto el arte como la meditación nacen siempre de la entrega; nunca del esfuerzo.

El respeto es para mí el primer signo del amor.

Cuanto menos somos, más queremos tener.

Podemos tomar lo que la vida nos ofrece como obstáculos, pero es más razonable, más saludable, tomarlo como oportunidades para avanzar. En cuanto damos la bienvenida al sufrimiento, este se desvanece, pierde su veneno y se convierte en algo mucho más puro, más inocuo y, al tiempo, más intenso

Es maravilloso constatar cómo conseguimos grandes cambios en la quietud más absoluta. Porque no es solo que el silencio sea curativo, también lo es la quietud. Ante todo hay que decir que el silencio en quietud es muy diferente al silencio en movimiento.

Ninguna carga es mía si no me la echo a los hombros.

Podemos no secundar una emoción; podemos hacer frente a un estado de ánimo. Podemos crear el estado de ánimo que deseemos. Podemos escoger qué papel representar en la función o, incluso, no representar ninguno y asistir a ella cual espectadores. La función puede continuar y nosotros marcharnos, o terminar y nosotros quedarnos. El potencial de nuestra soberanía es sobrecogedor.

Al fin y al cabo por eso vamos al cine o leemos novelas: para que nos cuenten cómo somos, para identificarnos con el protagonista.

El simple hecho de colocarse ante una persona auténtica rejuvenece.

Casi todos los frutos de la meditación se perciben fuera de la meditación. Algunos de estos frutos son, por ejemplo, una mayor aceptación de la vida tal cual es, una asunción más cabal de los propios límites y de los achaques o dolores que se arrastren, una mayor benevolencia hacia los semejantes, una más cuidada atención a las necesidades ajenas, un superior aprecio a los animales y a la naturaleza, una visión del mundo más global y menos analítica, una creciente apertura a lo diverso, humildad, confianza en uno mismo, serenidad… La lista podría alargarse.

En el zen se enseña a dejar a los demás en paz, porque poco de lo que les sucede es realmente asunto tuyo. Casi todos nuestros problemas comienzan por meternos donde no nos llaman.

En el zen no se intenta nada: se hace o no se hace, pero no se intenta. Y hay en el zen —como en El taoísmo en general— una singular preferencia por el no-hacer, convencido como está de que buena parte de las cosas en este mundo funcionaría mejor sin la intervención humana, que tiende a violentar su ritmo natural o a crear efectos secundarios de incalculables proporciones.

Siempre que sufrimos algún embate serio en la vida, estamos llamados a renacer de nuestras cenizas, a reinventarnos.”

Solo sufrimos porque pensamos que las cosas deberían ser de otra manera. En cuanto abandonamos esta pretensión, dejamos de sufrir

La vida como culto, cultura y cultivo.