jueves, 12 de abril de 2018

Job / Joseph Roth


Joseph Roth; Job

Hace muchos años vivía en Zuchnow un hombre llamado Mendel Singer. Era piadoso, temeroso de Dios y muy sencillo: un judío común y corriente, que ejercía la modesta profesión de maestro. En su casa, que se reducía toda ella a una amplia cocina, enseñaba la Biblia a un grupo de niños. Lo hacía con verdadero celo, pero sin notables resultados. Antes que él, miles de hombres habían vivido y enseñado de la misma manera.

Parecía un hombre más bien falto de tiempo y lleno de quehaceres urgentes.

El gris cortejo de los días laborables, dispuestos como en una ronda de fatigas.

Comprendía todas las palabras que se escondían tras aquella única palabra.

Estaba viviendo algo así como un segundo matrimonio, pero esta vez con la fealdad, la amargura y la senilidad progresiva de su mujer. La sentía más próxima que nunca, casi como en su propio cuerpo, inseparable y eterna; pero insoportable, atormentadora y hasta un poco odiosa. De una mujer con la que sólo se unía en la oscuridad, se había transformado en una enfermedad unida a él día y noche, que le pertenecía totalmente, que ya no necesitaba compartir con el mundo y cuya fiel enemistad lo iba aniquilando.

Te has vuelto tonto a fuerza de enseñar a esos niños. Tú les pasas toda tu inteligencia y ellos te dejan su ignorancia.

Era de noche en su corazón y cada una de sus alegrías ocultaba una pena desde que nació Menuchim.

Incluso para los milagros hay que tener suerte.

Temblaba ya la despedida en ese amor.

Lanzó un grito sin enterarse siquiera: su corazón tenía boca propia, y de ella salió el grito. El carro se detuvo, y Deborah saltó a tierra con la agilidad de una joven. Menuchim seguía en el umbral. La madre se dejo caer a su lado. —¡Mamá! ¡Mamá! —balbuceó el niño. Ella no se movió.

Pero ¿quién podría expresar la tempestad de miedos y tribulaciones que el alma de Menuchim, escondida por Dios bajo el impenetrable velo de la estupidez, debía de estar sufriendo en esos días?

No tenía ya la fuerza necesaria para creer; poco a poco la iban abandonando también las que se necesitan para soportar la desesperanza.

Un judío no podía desear nada mejor que irse a América.

Su corazón se fue enfriando lentamente y empezó a latir como un mazo metálico contra una superficie helada.

Le habían dicho que América era el God’s own country, el país de Dios, como en otros tiempos lo fue Palestina, y que Nueva York era the wonder city, la ciudad de los milagros, como la antigua Jerusalén. La oración se llamaba service, lo mismo que la beneficencia.

Todo lo repentino es malo; lo bueno llega siempre lentamente.

Un golpe de suerte suele traer otro.

Ya era demasiado viejo para gozar de lo nuevo, y demasiado débil para celebrar triunfos.

El calor del amor ya no existía entre nosotros, sino sólo el hielo de la rutina, todo se fue muriendo a nuestro alrededor.

De mí no se compadece, porque soy un muerto y estoy vivo.

Se dio cuenta que en realidad estaba solo hacía muchos años. Estaba solo desde que entre él y su mujer cesó todo placer.

Se está infantilizando, ya es viejo.

Es la alegría que precede a la muerte

Y descansó del peso de la dicha y de la magnitud de los milagros.

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