miércoles, 6 de junio de 2018

De la Brevedad de la vida


Solo el sabio es el único capaz de disfrutar íntegramente de la vida.

La mayor pérdida de vida es la dilación: elimina el día actual, escamotea el presente mientras promete lo por venir. El obstáculo mayor para vivir es la espera, que depende del día de mañana, desperdicia el de hoy. Dispones de lo que está puesto en manos de la suerte, desechas lo que está en las tuyas. ¿Adónde miras? ¿Adónde te alargas? Todo lo que ha de venir está en entredicho: vive al día. Así clama el mayor de los vates y, como inspirado por una boca divina, canta un canto saludable: Todos los días mejores de vida a los míseros hombres huyen primero.

No tenemos escaso tiempo, sino que perdemos mucho. Nuestra vida es suficientemente larga y se nos ha dado en abundancia para la realización de las más altas empresas, si se invierte bien toda entera; pero en cuanto se disipa a través del lujo y la apatía, en cuanto no se dedica a nada bueno.

Reclama nuestro último trance nos percatamos de que ya ha transcurrido la vida que no comprendimos que corría. Así es: no recibimos una vida corta, sino que nos la hacemos, y no somos indigentes de ella, sino dilapidadores. 

Salvo muy pocos, a los demás la vida les deja plantados en los propios preparativos de su vida.

Nuestra vida resulta muy extensa para quien se la organiza bien.

Cien o más años te agobian: venga pues, llama a tu vida para echar cuentas. Saca cuánto de ese tiempo se ha llevado tu acreedor, cuánto tu amiga, cuánto tu rey, cuánto tu cliente, cuánto las peleas con tu esposa, cuánto las reprimendas a tus esclavos, cuánto tus oficiosas caminatas por la ciudad; añade las enfermedades que cogemos por culpa nuestra, añade también el tiempo que ha pasado sin provecho: verás que tienes menos años de los que calculas. Haz memoria de cuándo te has mostrado firme contigo mismo en tus propósitos, de cuántos de tus días han terminado como tú habías previsto, de cuándo has tenido provecho de ti mismo, cuándo una expresión natural, cuándo un espíritu intrépido, qué obras tuyas quedan hechas en tan largo tiempo, cuántos te han robado la vida sin que tú te percataras de lo que perdías, cuánto se han llevado el dolor inútil, la alegría necia, la codicia ansiosa, la conversación huera, qué poco te han dejado de lo tuyo: comprenderás 4que mueres prematuramente».

Todo lo teméis como mortales, todo lo queréis como inmortales.

Deplora el tiempo pasado y se queja del presente y desconfía del futuro.

Verás cómo no los dejan respirar, ya sean sus males, ya sean sus bienes.

Un hombre obsesionado no puede ejercer ningún oficio, ni la elocuencia ni las profesiones liberales, ya que su espíritu distraído no deja recalar.

A vivir hay que aprender durante toda la vida y, cosa que quizá te extrañe más, durante toda la vida hay que aprender a morir. Tantos grandísimos hombres, abandonando toda impedimenta, una vez que habían renunciado a las riquezas, a los cargos, a los placeres, hasta sus últimos instantes sólo hicieron esto: ir sabiendo vivir; los más de ellos, sin embargo, se marcharon de la vida tras reconocer que aún no sabían: cuánto menos sabrán ésos.

Es propio del hombre eminente y que está por encima de los extravíos humanos no dejar que le quiten nada de su tiempo, y su vida resulta larguísima precisamente porque todo cuanto se ha prolongado ha quedado enteramente libre para él.

Todo el mundo acelera su vida y se esfuerza por su ansia del futuro, por su hastío del presente.

Resulta tolerable la pérdida de algo cuya merma es invisible. Nadie te restituirá tus años, nadie te devolverá de nuevo a ti mismo. La vida irá por donde empezó y no invertirá ni detendrá su marcha; en absoluto hará alboroto, en absoluto nos advertirá de su velocidad: se deslizará queda. No por mandato de un rey ni por favoritismo a un pueblo se prolongará: tal como desde el primer día se puso en marcha correrá, jamás se desviará, jamás se entretendrá. ¿Qué va a pasar? Que tú estás distraído, la vida se apresura; entre tanto, se presentará la muerte, para la que, quieras o no quieras, hay que tener tiempo.

La vida de los atareados es la más corta.

Contra la fugacidad del tiempo hay que competir con la celeridad en emplearlo, y hay que 3sorberlo como de un torrente rápido y que no va a correr siempre.

Todo lo que nos toca por casualidad es inestable y cuanto más alto se remonta, más expuesto está a la caída.

En tres etapas se divide la vida: la que ha sido, la que es, la que va a ser. De ellas, la que estamos pasando es breve, la que vamos a pasar, incierta, la que hemos pasado, segura.

Para mucha gente la causa de su muerte ha sido enterarse de su enfermedad.

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