sábado, 10 de febrero de 2018

Cómo perdonar / Jean Monbourquette

Cómo Perdonar;  Jean Monbourquette

En el perdón no debemos conformamos con no vengarnos, sino que tenemos que atrevernos a llegar hasta la raíz de las tendencias agresivas desviadas para extirparlas de nosotros mismos y detener sus efectos devastadores antes de que sea demasiado tarde.

Sólo el perdón puede romper estas reacciones en cadena y detener los gestos repetitivos de venganza para transformarlos en gestos creadores de vida.

Quien ha sido dominado y humillado en su infancia determinará no dejarse maltratar nunca más, por lo que estará siempre sobre aviso. Además, tendrá propensión a inventar historias de complots o de posibles ataques contra él. Esta situación interior de tensión sólo podrá solucionarla la curación en profundidad que opera el perdón.

El resentimiento, cólera disfrazada que supura de una herida mal curada.

El estrés creado por el resentimiento puede llegar a afectar al sistema inmunitario, el cual, siempre en estado de alerta, ya no sabe descubrir al enemigo, ya no reconoce los agentes patógenos y llega incluso a atacar órganos sanos, a pesar de estar destinado a protegerlos. Así se explica la génesis de diversas enfermedades, tales como la artritis, la ateroesclerosis, la esclerosis en placas, las enfermedades cardiovasculares, la diabetes...

La persona que no quiere o no puede perdonar difícilmente logra vivir el momento presente. Se aferra con obstinación al pasado y, por eso mismo, se condena a malograr su presente, además de bloquear su futuro.

Al ofensor supone reconocer que el sufrimiento posee un alcance mágico que dista mucho de tener. No cabe duda de que la imagen del ofensor humillado y sufriendo proporciona al vengador un gozo narcisista; extiende un bálsamo temporal sobre su sufrimiento personal y su humillación;  da al ofendido la sensación de ya no estar solo en la desgracia. Pero ¿a qué precio? Es una mínima satisfacción, que no es auténticamente gratificante y carece de creatividad relacional.

El perdón ayuda a la memoria a sanar; con él, el recuerdo de la herida pierde virulencia. El suceso desgraciado está cada vez menos presente y es menos obsesivo; la herida va poco a poco  cicatrizando; el recuerdo de la ofensa ya no inflige dolor. Por eso la memoria curada se libera y puede emplearse en actividades distintas del recuerdo deprimente de la ofensa.
Reducir el perdón, como cualquier otra práctica espiritual, a una obligación moral es contraproducente, porque, al hacerlo, el perdón pierde su carácter gratuito y espontáneo.

Una amiga me confesaba su preferencia por la fórmula siguiente: «Perdona nuestras ofensas para que podamos perdonar a los que nos han ofendido».

Perdonar no significa sentirse como antes de la ofensa.

Con frecuencia confundimos perdón y reconciliación, como si el acto de perdonar consistiese en restablecer unas relaciones idénticas a las que teníamos antes de la ofensa. En las relaciones íntimas de parentesco, de vida común y de trabajo, la reconciliación debería ser la consecuencia normal del perdón. Pero el perdón en sí mismo no es sinónimo de reconciliación, porque puede tener su razón de ser sin que ésta exista. Pero es un error pensar que una vez concedido el perdón es posible relacionarse como antes con el ofensor. ¿Se pueden recuperar los huevos después de haber hecho
una tortilla?; ¿se puede recobrar la harina una vez cocido el pan? Es imposible volver al pasado después de haber sufrido una ofensa.

El perdón que no combate la injusticia, lejos de ser un signo de fuerza y de valor, lo es de debilidad y de falsa tolerancia, lo que incita a la perpetuación del crimen. Es lo que algunos obispos no han entendido y, después de haber sido informados de que algún miembro del clero había cometido abusos sexuales, no han intervenido a tiempo y con firmeza.

«Le perdono, no es culpa suya». Esta frase refleja otro concepto erróneo del perdón. Erróneo porque perdonar no equivale a disculpar al otro, es decir, descargarle de cualquier responsabilidad moral. No faltan los pretextos para justificar esta postura: la influencia de la herencia, de la educación, de la cultura ambiente... En tal caso, nadie sería responsable de sus actos, porque nadie gozaría de suficiente libertad. ¿No se interpreta también con frecuencia de modo equivocado el refrán popular que dice: «Comprender es perdonar», equiparándole a decidir pasar la esponja sobre todos los crímenes?

Por tanto, lejos de ser una manifestación de poder, el verdadero perdón es, en primer término, un gesto de fuerza interior. En efecto, se necesita mucha firmeza interior para reconocer y aceptar la propia vulnerabilidad y no tratar de camuflarla con aires de falsa magnanimidad. Es posible que al principio el móvil sea la necesidad de mostrarse superior al perdonar; por eso, en el curso del proceso de perdón, el perdonador habrá de estar atento a purificar los motivos que podrían viciar todos sus generosos esfuerzos.

El perdón comienza por la decisión de no vengarse.

Como una patada a un hormiguero, la ofensa provoca confusión y pánico. La apacible armonía de la persona herida se ve trastornada; su tranquilidad, perturbada; su integridad interior, amenazada. Sus deficiencias personales, hasta entonces camufladas, afloran de repente; sus ideales, por no decir sus ilusiones de tolerancia y de generosidad, se ponen a prueba; la sombra de su personalidad emerge; las emociones, que se creían bien controladas, enloquecen y se desencadenan. Ante esta confusión, la persona se siente impotente y humillada. Y las viejas heridas mal curadas suman sus voces discordantes a esta cacofonía.

Para Christian Duquoc, el perdón es una «invitación a la imaginación». Aunque parezca extraño, no se puede definir mejor, pues, en efecto, la imaginación representa un papel esencial en el proceso del perdón.

En ese momento habrá aprendido a dejar de mirar con los «malos ojos» del resentimiento y comenzará a ver con ojos nuevos. En psicoterapia esto se denomina «reenfoque». Como la palabra indica, se trata de ver el suceso infortunado en un marco más amplio. Hasta ese momento, se estaba aferrado a la herida, incapaz de ver otra cosa, con el corazón lleno de resentimiento. Y ahora se levanta la cabeza para juzgarlo todo desde una perspectiva más justa y más amplia. La visión se dilata, se extiende sobre una realidad mayor y hace retroceder los límites del horizonte. La ofensa, que había ido invadiendo cada vez más espacio, empieza a perder importancia ante las nuevas posibilidades de ser y de actuar. Pero el trabajo no termina aquí. El agresor nos parecerá un ser malvado al que condenaremos. Pero una vez lograda la curación, puede que se modifique nuestra imagen perversa del otro. Detrás del monstruo descubriremos un ser frágil y débil como nosotros mismos, un ser capaz de cambiar y evolucionar.

Perdonar no sólo supone liberarse del peso del dolor, sino también liberar al otro del juicio malintencionado y severo que de él nos hemos forjado; es rehabilitarlo a sus ojos en su dignidad humana. Jean Delumeau ha encontrado unas palabras muy adecuadas para expresarlo:
«El perdón es liberación, emancipación y recreación. Nos renueva. [...] Devuelve la alegría y la libertad a quienes estaban oprimidos por el peso de su culpabilidad. Perdonar [...] es un gesto de confianza hacia un ser humano; es un 'sí' a nuestro hermano» 

En el mismo sentido, Jon Sobrino ve en el perdón un acto de amor al enemigo capaz de convertir a ese mismo enemigo: «Perdonar a quien nos ofende es un acto de amor hacia el pecador a quien queremos liberar de su infortunio personal y al que no queremos cerrar definitivamente el futuro»

El verdadero perdón exige vencer el miedo a ser humillado una vez más. Esto hace escribir a Jean Marie Pohier: «Por eso es duro el perdón, porque se tiene miedo»

Perdonamos en la medida en que amamos . (HONORÉ DE BALZAC)

El perdón sólo puede practicarse en los casos de ofensas injustificadas, que es lo que habría ocurrido si, en las mismas circunstancias, el policía me hubiera puesto de vuelta y media, el croupier hubiera hecho trampas o el jefe me hubiera humillado en público.

Los casos de expectativas desmesuradas son abundantes. Los niños idealizan a sus padres y exigen de ellos una tolerancia y un amor incondicionales. En contrapartida, la mayoría de los padres esperan que sus hijos se plieguen por completo á su disciplina y realicen en su lugar los sueños que ellos no han podido plasmar en su propia vida. Del mismo modo, el amor pasional está lleno de sueños no realistas. Los cónyuges y los enamorados esperan que sus deseos sean siempre adivinados sin tener que expresarlos. Querrían ser siempre comprendidos, amados, apreciados y tranquilizados por la presencia constante de su pareja. Voy a dispensar al lector de la lista de las expectativas y esperanzas implícitas mantenidas por los enamorados, los padres, los hijos, las hermanas, los hermanos y los amigos. En este aspecto, lo importante es percatarse de que el perdón representa un papel indispensable en las relaciones íntimas, por su intensidad y por las numerosas ocasiones de divergencia a que dan lugar.

Los hombres no pueden vivir juntos si no se perdonan unos a otros el no ser más que lo que son (FRANCOIS VARILLON)

Dios, lejos de querer o incluso de permitir el mal en el mundo, es su primera víctima, si estamos hablando del Dios de Jesucristo.

Pero ¿qué tengo que perdonarme?: Haberme puesto en una situación en la que he permitido que me hirieran. No haber sabido qué hacer ni qué decir. Haberme enamorado sin reflexionar. Haberme menospreciado con las palabras del que me ha insultado. Haberme hecho reproches y haberme puesto de parte de mi ofensor. Haber soportado demasiado tiempo una mala relación. Sentirme vulnerable y desear seguir amando. Mi carácter perfeccionista que no permite ningún error.

Leer un libro sobre el perdón puede ser de gran utilidad, pero nada sustituye a la experiencia. Para prepararte, te propongo una vivencia en forma de meditación. En el perdón, al igual que en todas las demás prácticas espirituales como la meditación o la oración, no se improvisa. No sé de dónde ha salido la idea de que se puede perdonar de inmediato, sin haberse preparado antes.

Descubrirás que para ti la ofensa ha concluido, ha quedado zanjada, que ya no influye en ti.

Luego, con tu bendición, déjale marcharse como una persona liberada, transformada, rejuvenecida por tu perdón. Déjale seguir su camino, deseándole la mayor felicidad posible. Date tiempo para saborear la curación. Agradece a Dios que te haya concedido esta gracia.
Por tanto, ésta es la lista de las tareas que es preciso realizar para llegar a un perdón auténtico:
1. Decidir no vengarse y hacer que cesen los gestos ofensivos.
2. Reconocer la herida y la propia pobreza interior.
3. Compartir la herida con alguien.
4. Identificar la pérdida para hacerle el duelo.
5. Aceptar la propia cólera y el deseo de venganza.
6. Perdonarse a sí mismo.
7. Empezar a comprender al ofensor.
8. Encontrar el sentido de esa ofensa en la propia vida.
9. Saberse digno de perdón y ya perdonado.
10. Dejar de obstinarse en perdonar.
11. Abrirse a la gracia de perdonar.
12. Decidir acabar con la relación o renovarla.

La decepción es aún más aguda cuando la humillación procede de la misma persona de la que se esperaba afecto y estima.

Cuando cuentas tu historia a alguien que acepta representar el papel de confidente, ya no estás solo; hay otra persona compartiendo no sólo tu secreto, sino también el peso de tu sufrimiento.

Pregúntate que parte de ti se ha visto afectada. ¿Qué has perdido?; ¿en qué valores te has sentido atacado o engañado?;¿qué expectativas o qué sueños se han visto súbitamente aniquilados? He aquí algunos de los valores que han podido sufrir daños: tu autoestima, tu reputación, tu confianza en ti mismo, tu fe en el otro, tu apego a tus familiares, tu ideal, tu sueño de felicidad, tus bienes físicos, tu salud, tu belleza, tu imagen social, tus expectativas frente a la autoridad, tu necesidad de discreción respecto a tus secretos, tu admiración por los que amas, tu honestidad...
Después de haber puesto al descubierto y nombrado tu pérdida, toma conciencia de que no se ha visto afectado todo tu ser, sino sólo una parte de ti. Te resultará beneficioso repetir: «No se ha visto afectado todo mi ser, sino sólo mi reputación (por ejemplo)». Hace algún tiempo, escuché en televisión el testimonio de una mujer que había sido víctima de una violación y afirmaba: «I was raped but not violated» («He sido violada, pero no envilecida»); en otras palabras: «La esencia de mi ser sigue sana e íntegra; a pesar de la violación, no he perdido la capacidad de sanar».
Hay una diferencia enorme en la percepción de la ofensa. Cuando digo: «Tengo una herida», doy a entender que hay una distancia entre la herida y yo, lo que me permite reaccionar y curarme. Pero, cuando afirmo: «Estoy herido», me identifico por completo con la herida y, como consecuencia, pierdo la capacidad de reacción.

En lugar de atormentarte ante un fracaso, intenta descubrir la lección que puedes sacar de él. Muchos fracasos han sido la causa de experiencias enriquecedoras, de nuevos comienzos y de éxito en la vida. Y, finalmente, hay otro aspecto positivo de tus errores: te harán mucho más tolerante con los demás.

La vida en común comporta, junto a alegrías, una parte de frustraciones, y cómo la acumulación de frustraciones después de pequeñas disputas, junto con las exasperaciones posteriores, constituyen, en mi opinión, uno de los principales obstáculos a la buena comunicación en la pareja.

Por eso aconsejaba a los esposos que no dejasen pudrirse en su interior sus pequeñas cóleras, sino que las expresasen de la manera más constructiva posible. Porque, en mi opinión, lo que destruye el amor no es la cólera, sino el miedo a sincerarse y la indiferencia.

El resentimiento se implanta en el corazón humano como un cáncer y camufla una cólera sorda y tenaz, que sólo se aplaca cuando el ofensor es castigado o humillado. Puede revestir diversas formas: sarcasmo, odio duradero, actitudes despectivas, hostilidad sistemática, crítica reprobatoria y pasividad agresiva que mata cualquier posible alegría en las relaciones. En tanto no se quiera reconocer la cólera y sacar de ella el mayor provecho posible, se correrá el riesgo de que se pudra en el interior y se transforme en resentimiento y odio.

Perdonarse a sí mismo es, en mi opinión, el momento decisivo del proceso del perdón. El perdón a Dios y al prójimo habrá de pasar por el perdón que tú te concedas. Quien quiere perdonar pero no logra perdonarse a sí mismo se parece a un nadador al que la resaca lleva constantemente mar adentro, lejos de la orilla. Todos los esfuerzos que despliegues para perdonar al otro se verán neutralizados por tu odio hacia ti mismo. Aun en el caso de no haber sufrido una ofensa o un insulto concreto, el perdonarse a sí mismo es una de las grandes prácticas psicoespirituales de curación.

Cuando estás profundamente herido, no puedes dudar en perdonarte: te sientes obligado a ello. El duro golpe recibido, sobre todo si procede de una persona querida, habrá hecho añicos tu armonía interior, y entonces se desencadenarán en ti unas fuerzas antagónicas. Sólo el humilde
perdón que te otorgues logrará restablecer la paz y la armonía en tu interior y hará posible que te abras al perdón al otro.

Perdonarme a mi misma por “por haberme casado con un hombre tan desquiciado” por haber elegido mal, Por haberme dejado llevar de las apariencias físicas y materiales, por haber sido tan confiada de su status, por haber confiado tanto en él, Por no reparar en el nefasto grupo de amigos que tenía. Por no haberme fijado en los malos hábitos del suegro. Por el intenso deseo de casarme, por creer que era lo mejorcito, por eclipsarme el hecho de que estudiara medicina. Estoy enfadado conmigo mismo por haber creído tanto en el, en su probidad y creencias católicas, por haberse hecho pasar por un hombre de bien, por no haber captado para nada su doble vida.
Por haber sido tan ingenua, tan pava, por no haberle achuntado a lo más importante de mi vida.

Las personas, bajo el efecto de una gran decepción, tienden a culparse a sí mismas. No se perdonan el haberse expuesto a esas desgracias, y la ofensa que han sufrido exhibe a plena luz sus deficiencias y sus debilidades. Además de estar humilladas, se sienten llenas de vergüenza y de culpabilidad, mezcladas con un sinfín de humillaciones del pasado.

La génesis del desprecio a sí mismo: Se pueden identificar tres fuentes básicas de desprecio a sí mismo: primero, la decepción por no haber estado a la altura del ideal soñado; a continuación, los mensajes negativos recibidos de los padres y de las personas importantes para uno; y, finalmente, los ataques de la sombra personal, formada en gran parte por el potencial humano y espiritual reprimido y, por tanto, no desarrollado.

«Humildad». Esta virtud ayuda a valorarse con precisión y permite perdonarse, no sólo el ser limitado y falible, sino también haberse creído omnipotente, omnisciente, irreprochable y perfecto en todos los aspectos.

El precio que se paga por la falta de aceptación y de autoestima es muy alto. En el hombre descubriendo su alma, el gran psicólogo Carl Jung sostiene que la neurosis provoca falta de aceptación y de autoestima: «La neurosis es un estado de guerra consigo mismo —afirma—. Todo cuanto acentúa la división que hay en él empeora el estado del paciente, y todo cuanto reduce dicha división contribuye a sanarlo»

Hasdai Ben Ha-Melekh: «Si alguien es cruel consigo mismo, ¿cómo se puede esperar de él compasión por los demás?

El perdón lleva a suspender todo juicio sobre el ofensor y a descubrir el verdadero Yo, que es creador y un destello de divinidad. (JOAN BORYSENKO)

La humillación y el dolor causados por la ofensa influyen en la percepción del ofensor y pueden falsearla. Se está predispuesto a ver en él a un ser execrable, engañoso, agresivo, infiel, peligroso, amenazador, odioso, irresponsable... El recuerdo obsesivo de la afrenta condiciona la mirada del ofendido, hasta el punto de que el ofensor deja de ser una persona capaz de evolucionar, ya que está marcado para siempre por su delito. Con frecuencia es la malevolencia y la maldad personificadas.
No juzgar en el proceso del perdón lleva, de algún modo, a una reconciliación con el ofensor, pero sobre todo a una reconciliación con el lado oscuro y tenebroso de uno mismo, que puede revelarse como un inmensa fuente de recursos personales.

«Dios lo perdona todo, porque lo comprende todo», dice un viejo adagio. Se trata de una profunda verdad que es importante tener presente para superar esta etapa. Es obvio que una mejor comprensión de los antecedentes familiares, sociales y culturales de una persona ayudará a perdonarla. Y aunque esos condicionamientos no justifiquen su conducta agresiva, al menos la explicarán en parte.

Comprender es buscar la intención positiva del ofensor. Aunque se quiera saber todo sobre el ofensor, nunca se podrá descubrir por completo el secreto que encierra su persona, ni siquiera todas las razones de sus actos; razones que con frecuencia él mismo ignora. Nos encontramos ante el misterio de una persona viva, de manera que comprender al ofensor es aceptar que no se comprende todo.

Por ejemplo, después de haber dicho: «Odio su agresividad», piensa: «Yo también soy agresivo». Quizá descubras, bajo el defecto que le reprochas, una parte mal amada de ti.

Te invito a ir más allá del punto de vista puramente psicológico para descubrir el sentido positivo de la ofensa recibida o para dárselo. ¿Qué te enseñará esta injuria, esta ofensa, esta traición o esta infidelidad?; ¿cómo piensas utilizarla para crecer y realizarte en profundidad? Te pido que descubras los posibles efectos positivos que la ofensa haya producido en tu vida. ¿Cómo vas a beneficiarte de ese fracaso?

Encontrar el sentido positivo del fracaso consiste en descubrir su fecundidad oculta. Que no te detengan los que dicen: «De una desgracia no se puede esperar nada bueno». Yo puedo asegurarte lo contrario, es decir, que tu herida puede ser fuente de crecimiento. ¡Cuántas personas han dado un nuevo rumbo a sus vidas y han alcanzado su plenitud tras una gran prueba...!

El primer efecto de la ofensa sobre la víctima es un «shock» y una profunda perturbación. Se siente duramente sacudida; todo se tambalea: sus ideas preconcebidas, sus opiniones más firmes, sus convicciones, sus prejuicios y sus planteamientos vitales. Ahora bien, por lamentable que sea
la situación, no deja de ser prometedora de vida. Puede resultar un momento precioso de lucidez y una ocasión propicia para salir de la miopía habitual.

El «shock» de la ofensa es saludable. Libera al ofendido de sus anteojeras y hace que abandone sus posturas inflexibles. Y esto es aún más verdadero en el caso de una ofensa causada por un ser querido; porque el ofendido, al ver frustradas sus expectativas irreales, tendrá que rectificarlas para llegar a apreciar y amar a ese familiar o amigo por lo que realmente es.

Invito a mis oyentes a reflexionar sobre lo que les ha aportado la experiencia de haber sido injuriados, insultados o víctimas de una infidelidad o una injusticia. Les hago interrogarse del siguiente modo: «¿Qué has aprendido de esa experiencia?; ¿cómo te ha hecho crecer esa prueba?; ¿hasta qué punto ha tomado tu vida un nuevo rumbo?». Éstos son algunos ejemplos de las respuestas: «Me conozco mucho mejor». «He adquirido mayor libertad interior». «Me ha hecho descubrir mis valores. Después de mi divorcio, me di cuenta de que podía ser más yo misma y vivir según mis valores». «Mi pena de amor me ha enseñado a conocerme mejor. Ahora, en lugar de depender del amor ajeno, he empezado a dármelo a mí mismo». «Se acabó: no volveré a dejarme herir por los demás. Voy a aprender a protegerme mejor». «He aprendido a decir 'no' cuando algo no está de acuerdo con mis valores». «Cuando mi mujer me dejó, me dije: 'No me queda más remedio: tengo que poner en orden mi vida'. Entonces, a pesar de mi orgullo, pedí ayuda por primera vez». «Mi prueba me ha forjado un corazón amante». «Soy mucho más compasivo y comprensivo con los demás». «He dejado de correr detrás de maridos alcohólicos para salvarlos. Me he dado cuenta de que quien necesitaba ayuda era yo». «En mi angustia he encontrado el amor y la fidelidad del Señor, después de haber estado muy enfadado con él».

Cuando pregunto a distintas personas sobre los nuevos rumbos que han tomado sus vidas después de una ofensa, siempre me asombran la variedad y la calidad de las respuestas. A veces, el efecto positivo de la ofensa y de la injusticia de que han sido víctimas se manifestó espontáneamente. Otras veces, el descubrimiento de las aportaciones positivas y la profundización en ellas les ha llevado varias semanas o incluso meses. Al principio, estas personas veían su vida como un «puzzle» indescifrable; pero, después de descubrir el sentido de la ofensa, se formó y configuró una nueva visión de su vida.

Nadie, sino uno mismo, puede conseguir encontrarle un sentido a la pérdida que acaba de sufrir, aunque esto no signifique que no se necesite de alguien que impulse a hacerlo. Pero, desgraciadamente, son escasos los guías que saben llevar a un mayor conocimiento personal y abrir a las posibilidades de crecimiento que ofrece la desgracia.

La reorganización de la vida de cara a un nuevo comienzo.
— ¿Qué he aprendido de la ofensa sufrida?
— ¿Qué nuevos conocimientos sobre mí mismo he adquirido?
— ¿Qué limitaciones o debilidades he descubierto en mí?
— ¿Me he vuelto más humano?
— ¿Qué nuevos recursos y fuerzas vitales he descubierto en mí?
— ¿Qué nuevo grado de madurez he alcanzado?
— ¿En qué me ha iniciado esta prueba?
— ¿Qué nuevas razones para vivir me he dado?
— ¿Hasta qué punto ha hecho la herida emerger el fondo de mi alma?
— ¿En qué medida he dedidido modificar mis relaciones con los demás, y especialmente con Dios?
— ¿Cómo voy a proseguir ahora el curso de mi vida?
— ¿Con qué gran personaje actual, histórico o mítico me lleva a identificarme la ofensa sufrida?

El perdón se revela como una tarea humana por la actividad psicológica que tú despliegas, y como un don por la gracia divina que compensa tus carencias.

«Jesús, me siento incapaz de perdonar a este hombre. Perdóname».

Date la oportunidad de recibir y acoger todo lo que hoy te ofrece la vida en forma de sensaciones agradables: el olor del asado, el aroma del café, el calor del sol, la visión de un hermoso paisaje, las formas de un árbol, los colores del otoño, la sensación de estar vivo, la audición de una buena pieza musical... Deja que estas sensaciones inunden todo tu ser, aunque no sea más que unos minutos cada día.

Adopta una postura cómoda; luego, recuerda las atenciones que has recibido durante el día: saludos, cumplidos, rostros felices de verte, signos de reconocimiento, la alegre acogida de tu gato o de tu perro, la carta de un amigo... ¿Cómo has acogido estos dones banales de la vida?; ¿te diste tiempo para que penetrase en ti la alegría de recibir, con el fin de que arraigase en tu afectividad y pudieras celebrarla?
El perdón implica la conversión del corazón y la opción por un estilo de vida que concuerda con la conducta divina.

Las amistades renovadas exigen más cuidados que las que nunca se han roto. (LA ROCHEFOUCAULD)

Después de una ofensa grave, no se puede reemprender la relación del pasado, por la sencilla razón de que ya no existe y no puede existir. Todo lo más, se puede pensar en profundizarla o en darle otro carácter.

Lo que no se celebra tiene tendencia a atenuarse y desvanecerse sin dejar rastro (ANÓNIMO)

Hablar del perdón supone más que disertar simplemente sobre el amor; es hablar de un amor muy particular, de un amor dispuesto a superarse hasta llegar a recrear un nuevo universo de relaciones.