viernes, 28 de septiembre de 2018

El Adversario


De regreso en mi coche hacia París para empezar mi trabajo, yo no veía ya misterio alguno en la larga impostura de Jean-Claude, sino tan sólo una pobre mezcla de ceguera, aflicción y cobardía.

A pesar de todo, hace que rueden por sus mejillas lágrimas de alegría, ¿no sigue siendo el adversario quien le engaña? Pensé que escribir esta historia sólo podía ser un crimen o una plegaria.

Un amigo, un verdadero amigo, es también un testigo, alguien cuya mirada permite evaluar mejor la propia vida, y desde hacía veinte años, sin desmayo ni grandes palabras, ambos habían cumplido esa función recíproca.

El guión de los hechos desvariaba, revelaba lo que era: una pesadilla.

Cuando acaban de decirte que tu mejor amigo, el padrino de tu hija, el hombre más recto que conoces ha matado a su mujer, a sus hijos, a sus padres y que además te mentía en todo desde hacía años, ¿no es normal que sigas confiando en él, a pesar incluso de pruebas aplastantes? ¿Qué sería una amistad que se dejase convencer de su error tan fácilmente? Jean-Claude no podía ser un asesino. Por fuerza faltaba una pieza en el rompecabezas. En cuanto la encontrasen todo recobraría su sentido.

Tuvieron que admitir que su esperanza era vana y que deberían vivir con aquello: no solamente la pérdida de los fallecidos, sino el duelo de la confianza, la vida entera gangrenada por la mentira.

Quién era, si no era quien fingía ser?

La conmoción era tal, les precipitaba en semejante torbellino de preguntas y de dudas, que cortocircuitaba el duelo.

Preguntaban: ¿cómo hemos podido vivir tanto tiempo al lado de este hombre sin sospechar nada?

Nadie podía recogerse interiormente, encontrar en el fondo de sí mismo un rincón de calma, de aflicción aceptable donde refugiar su alma.

Los rostros colorados y rugosos de aquellos campesinos del Jura

Ostentaban la huella del insomnio

Le admiraban por haber prosperado tanto y por seguir siendo, pese a ello, tan sencillo, tan cariñoso con sus ancianos padres. Les telefoneaba todos los días. Se decía que había rechazado, por no alejarse de ellos, un puesto de prestigio en América.

«¿Quién hubiese creído que el muchacho ejemplar llegaría a ser un monstruo?»

Para los creyentes, el instante de la muerte es aquel en que ven a Dios, no ya oscuramente, como en un espejo, sino cara a cara. Incluso los no creyentes creen algo parecido: que en el momento de pasar al otro lado los moribundos ven desfilar en un relámpago la película completa de su vida, por fin inteligible. Y esta visión que hubiese debido poseer para los ancianos Romand la plenitud de las cosas cumplidas, había sido el triunfo de la mentira y el mal. Deberían haber visto a Dios y en su lugar habían visto, adoptando los rasgos de su hijo bienamado, a aquel a quien la Biblia llama Satán, es decir, el adversario.

Que él, Jean-Claude, la muerte personificada, permaneciera en el mundo de los vivos era una amenaza aterradora, en suspenso, la garantía de que la paz no volvería nunca, de que el horror no conocería fin.

Me gustaría que comprendiese que no me dirijo a usted movido por una curiosidad malsana o por el gusto del sensacionalismo. Lo que usted ha hecho no es, a mi entender, la obra de un criminal ordinario, ni tampoco la de un loco, sino la de un hombre empujado hasta el fondo por fuerzas que le superan, y son esas fuerzas terribles las que yo desearía mostrar en acción.

Esta historia y sobre todo mi interés por ella más bien me repugnaban. Por otro lado, no iba a decirle que no, que ahora ya no deseaba conocerle.

No existen sin duda treinta y seis mil maneras de dirigirse a alguien que ha matado a su mujer, a sus hijos y a sus padres y les ha sobrevivido

Viéndolo no como a alguien que ha hecho algo horrible, sino como a alguien a quien le ha sucedido algo espantoso, el juguete infortunado de fuerzas demoníacas.

Me hacía a mí mismo tantas preguntas que no me atrevía a hacerle ninguna

Entendí que contaba más conmigo que con los psiquiatras para hacerle inteligible su propia historia, y más que con los abogados para hacerla comprensible al mundo.

Pregunta: «¿Es usted creyente? Quiero decir: ¿piensa que existe, por encima de nosotros, una instancia que comprende lo que usted no llega a comprender en esta tragedia, y que quizá pueda absolverlo?»

De lo contrario no podría afrontar una historia tan atroz como la suya. Para mirar de frente, sin complacencia morbosa, la oscuridad en que ha estado usted, en la que todavía se halla inmerso, hay que creer que existe una luz bajo la cual todo lo que ha sido, incluso la desdicha y el mal excesivos, se nos hará inteligible.»

Algunas trabas de la vida carcelaria le pesaban, pero en conjunto la prisión le convenía.

Al lado del sufrimiento, disfrutaba de una libertad psíquica totalmente nueva

El horror en estado bruto, que te induce a cerrar los ojos instintivamente, a sacudir la cabeza para que eso no haya existido.

«No se tiene todos los días la ocasión de ver la cara del diablo»:

Trabajan de firme, son temerosos de Dios y su palabra equivale a un contrato.

No supe hablar… y cuando estás cogido en ese engranaje de no querer defraudar, la primera mentira llama a la siguiente y es así toda la vida…

Tan arraigada estaba la costumbre de la mentira piadosa en aquella familia donde la regla era no mentir jamás.

Tiene en esas fotos un aire de embeleso atontolinado que debía de enternecer a su mujer y persuadirla de que al fin y al cabo había elegido bien al amar a un hombre que les amaba así, a ella y a sus hijos.

Pero el misterio consiste en que no hay explicación y en que, por inverosímil que parezca, las cosas fueron así.

Una mentira, normalmente, sirve para encubrir una verdad, algo vergonzoso, quizá, pero real.

Es notorio que los hombres más notables son también los más modestos, los que menos se preocupan de la opinión que se tiene de ellos.

Al mentirles a las dos, podía contarles la misma mentira.

Falso médico pero auténtico espía, auténtico traficante de armas, verdadero terrorista, sin duda la habría seducido. Falso médico únicamente, encallado en el miedo y la rutina, estafando a pequeños jubilados cancerosos, no tenía la menor posibilidad, cosa que no era culpa de Corinne.

Ninguna mujer accedería a besar a aquella bestia que nunca se transformaría en un príncipe encantado. Ninguna mujer podía amar lo que él era realmente. Se preguntaba si habría en la tierra una verdad más inconfesable, si otros hombres se sentían avergonzados hasta aquel punto de sí mismos. Quizá algunos pervertidos

El silencio es el peor enemigo de las parejas

Una crisis superada, por el contrario, puede resultar su mejor aliado. Si él no lo hacía o tardaba en hacerlo, sería él, Luc, quien hablaría con Florence, por el bien de ambos.

Habría sido dulce y cálida, aquella vida en familia. Ellos creían que lo era. Pero él sabía que estaba podrida por dentro, que ni un solo instante, ni un gesto, ni siquiera el sueño de los cuatro escapaban a la podredumbre. Había crecido en el interior de Jean-Claude, poco a poco lo había devorado todo desde dentro sin que desde fuera se viese nada, y ahora no quedaba nada más que hacer, no quedaba más que la ponzoña que iba a reventar la cáscara y mostrarse a plena luz. Iban a encontrarse desnudos, indefensos, en el frío y el horror, y en eso consistiría la única realidad. Era ya, aunque no lo supiesen, la única realidad. Entornaba la puerta y se acercaba de puntillas a los niños. Dormían.

Les sorprendió la precisión de sus palabras y su afán constante de ofrecer de sí mismo una imagen favorable.

Soy un asesino, tengo la imagen más vil que pueda existir en la sociedad, pero es más fácil de soportar que los veinte años anteriores de mentiras.» Después de algunos tanteos, el cambio de programa pareció tener éxito. Al personaje del investigador respetado suplanta el no menos gratificante de gran criminal en el camino de la redención mística.

Miente. Es su manera de ser, no puede evitarlo, y pienso que lo hace más para engañarse a sí mismo que para engañar a otros.

Al cabo de cinco horas de deliberación, Jean-Claude Romand fue condenado a cadena perpetua, acompañada de una pena de prisión firme de veinte años. Si todo va bien, saldrá de la cárcel en 2015, a la edad de sesenta y un años.

Como yo había predicho sin creerlo demasiado, nuestra correspondencia se volvió más fácil en cuanto abandoné el libro.

Esas dos horas de oración al mes, a una hora muy tardía en que la diferencia entre el mundo exterior y el interior se atenúa, son momentos benditos

«Al descubrir que la Gracia no está en el cumplimiento de mis deseos, por generosos y altruistas que fuesen, sino en la fuerza de aceptarlo todo con alegría, desde el fondo de mi celda mi De Profundis se convierte en Magníficat, y todo es Luz.»

De que Jean-Claude Romand no representa una farsa para los demás, de eso estoy seguro; pero el mentiroso que hay en él, ¿no la representa para sí mismo? Cuando Cristo entra en su corazón, cuando la certeza de ser amado,