viernes, 4 de enero de 2019

Ataduras

Tú eres incapaz de tomar la iniciativa, lo sé, o te arrastran o no te mueves.

Todo lo que hablamos me parece falso. Mejor dicho, hago un esfuerzo por llegar a la verdad que me destruye, mientras tú me mientes y, al mentirme, demuestras que ya no me tienes ningún aprecio, que me rechazas.

Quieres dejar atrás nuestro pequeño mundo y entrar en el grande con tu nueva mujer. A tus ojos somos la prueba de cómo has desperdiciado la juventud. Nos consideras una enfermedad que te ha impedido crecer, y esperas recuperarte sin nosotros.

Al marcharte has destruido nuestra vida contigo. Has destruido nuestra manera de verte, lo que creíamos que eras.

Eres realmente un hombre débil y confundido, falto de sensibilidad, superficial, lo opuesto de lo que durante casi doce años creí que eras. A ti no te interesan las personas, cómo cambian, cómo evolucionan. Tú utilizas a las personas. A las personas solo les das espacio si te ponen en un pedestal. Solo te vinculas a ellas con la condición de que te reconozcan un prestigio y un papel dignos de ti, solo con la condición de que, alabándote, te impidan ver que en realidad estás vacío y asustado de tu vacuidad. Cada vez que este mecanismo se atasca, cada vez que las personas toman distancia e intentan crecer, las destruyes y sigues tu camino. 

Trajiste al mundo dos hijos pero solo porque como eras marido también te pareció necesario ser padre, es lo que se suele hacer.

Hace tiempo que me mataste, y no solo en mi papel de esposa, sino como ser humano que se encontraba en su momento más pleno, más sincero.

Lo cerca que estaba de perder el control de todo el delicado sistema de pesos y contrapesos que durante cincuenta años había mantenido mi vida en equilibrio.

Mi mujer rebosaba un placer de vivir que la hacía cautivadora.
Las cartas conservaban los restos de un dolor tan fuerte que, si se liberaba, habría podido cruzar el cuarto, extenderse por la sala, irrumpir tras las puertas cerradas, volver a adueñarse de Vanda, sacudiéndola, sacándola del sueño, impulsándola a gritar o a cantar a voz en cuello. 

No le importaba que la institución del matrimonio estuviera en crisis, que la familia agonizara, que la fidelidad fuera un valor pequeño-burgués. Quería que nuestro matrimonio fuese una milagrosa excepción. Quería que nuestra familia gozara de buena salud. Quería que fuéramos siempre fieles el uno al otro.

Nos pasamos toda la noche discutiendo en voz baja, y su dolor sin gritos, un dolor que le agigantaba los ojos y le torcía las facciones, me aterrorizó mucho más que el dolor con gritos. Me aterrorizó pero no me afectó, su tormento nunca se me clavó en el pecho como si fuera mío. Me encontraba en un estado de ebriedad que me envolvía como un traje ignífugo. Retrocedí, me tomé mi tiempo. 

Dije que me parecía importante que entendiera, dije que los dos necesitábamos reflexionar, dije que estaba confundido y que debía ayudarme.

Estar casado, tener una familia a una edad tan temprana, había pasado a ser no un signo de autonomía, sino de retraso.

Aunque tenía una fuerte relación con mi mujer y los dos niños, no tardé en someterme a la fascinación de formas de vida que programáticamente cortaban todos los vínculos tradicionales.

Para salir de la desesperación, Vanda exigía que le dijera: entiendo que me equivoqué, volvamos a estar juntos. Ese era el callejón sin salida.

Largas ausencias y brevísimas presencias.

Los hijos no necesitan de sus padres «también», los necesitan «siempre».

Aunque los espacios de la casa seguían siendo los mismos, ni mis hijos ni yo conseguíamos estar juntos con la desenvoltura de antes. Ahora todo era artificial.

Es difícil sufrir de un modo agradable.

Hay una distancia que vale más que los kilómetros y quizá más que los años luz, es la distancia de los cambios.

Mientras había vivido con ellos había sido un padre distraído que, para reconocerlos, no sentía la necesidad de conocerlos.

De la crisis de hace tantos años los dos aprendimos que para vivir juntos debemos decirnos mucho menos de lo que nos callamos. Ha funcionado.

Qué sentido habría tenido la sumisión de todos estos años, las mil precauciones, el reprimirnos sin cesar si ahora, al final, en la vejez, cuando somos especialmente frágiles, cuando más necesidad tenemos de ayudarnos el uno al otro, acabamos matándonos?

El amor es un contenedor en el que metemos de todo

Cuando me dejaste, sufrí sobre todo por aquellas cosas de mí que había sacrificado por ti.

Jamás creí que te hubieras arrepentido, que te hubieras dado cuenta de que me querías a mí y a ninguna otra. A diario pensaba en cuánto me habías engañado. No sentías absolutamente nada por mí, ni siquiera ese sentimiento de proximidad, de simpatía, que impide a un ser humano quedarse de brazos cruzados cuando otro ser humano sufre lo indecible. Habías demostrado de todas las maneras posibles que querías a Lidia como nunca me habías querido a mí, y yo ya sabía que cuando un hombre quiere a otra nunca vuelve con su mujer por amor. Así que me dije: vamos a ver cuánto aguanta antes de volver a marcharse con ella. Pero cuanto más te atormentaba, más te doblegabas. La «labes», sí, tienes razón. Han pasado los años y los decenios con este juego y lo hemos convertido en costumbre: vivir en el desastre, disfrutar de la ignominia, ese ha sido nuestro aglutinante. ¿Por qué? Tal vez por los hijos. Pero esta mañana ya no estoy segura, ellos también me son indiferentes. Ahora que estoy rozando los ochenta años puedo decir que no me gusta nada de mi vida. No me gustas tú, no me gustan ellos, no me gusto a mí misma. Tal vez por eso cuando te fuiste me lo tomé tan a mal. Me sentí estúpida, no había sido capaz de irme antes que tú. Y con todas mis fuerzas quise que volvieras solamente para poder decirte: ahora soy yo la que se va. Pero, fíjate tú, aquí sigo. En cuanto te esfuerzas por decir una cosa con claridad, te das cuenta de que está clara por el mero hecho de que la has simplificado.

No me fío de ti, nunca más me fiaré de ti, jamás me voy a creer que volviste por mí y tus hijos; no te voy a creer, porque sé en mis carnes, en los rincones más secretos de mi mente, lo que cuesta una decisión tan definitiva. Por eso, te pondré a prueba cada minuto, cada hora. Pondré a prueba tu paciencia y tu constancia. Lo haré delante de los niños, para que vean, para que sepan qué clase de hombre eres. Contesta sí o no: ¿quieres sacrificar tu vida por nosotros como yo la sacrifico por vosotros, te ves con fuerzas para ponernos siempre a los tres en primer lugar?

De todos modos, a los hijos siempre acabas haciéndoles daño, por lo tanto, debes esperar que te lo devuelvan con creces.